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XXVII

jamás tuve la intención de herirte de este modo. Si el hombre que solo tenía una pequeña corderita que le era tan querida como una hija, que comía de su pan y bebía de su copa, y reposaba en su seno, la hubiera sacrificado por error en el matadero, no habría lamentado su sangriento error más de lo que yo ahora lamento el mío. ¿Me perdonarás algún día?

Lector, lo perdoné en el acto y allí mismo. Había un remordimiento tan profundo en su mirada, una piedad tan verdadera en su tono, una energía tan varonil en sus modales; y además, había un amor tan inalterable en todo su aspecto y continente⁠—le perdoné todo: mas no con palabras, no exteriormente; solo en lo más hondo de mi corazón.

—¿Sabes que soy un canalla, Jane? —preguntó al poco tiempo con melancolía, extrañándose, supongo, de mi continuo silencio y mansedumbre, fruto más de la debilidad que de la voluntad.

—Sí, señor.

—Pues dígamelo sin rodeos y con dureza; no me perdone.

—No puedo: estoy cansada y enferma. Quiero un poco de agua. Lanzó una especie de suspiro estremecido y, tomándome en brazos, me llevó abajo. Al principio no supo a qué habitación me había transportado; todo era nebuloso ante mi vista vidriosa; al poco rato sentí el calor reconfortante de un fuego; pues, por mucho que fuera verano, me había quedado helada en mi alcoba. Me acercó vino a los labios; lo probé y recobré las fuerzas; luego comí algo que me ofreció y pronto volví a ser yo misma. Estaba en la biblioteca, sentada en su sillón; él se hallaba muy cerca. «Si pudiera salir de la vida ahora, sin un dolor demasiado agudo, sería bueno para mí», pensé; «entonces no tendría que hacer el esfuerzo de romper las

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