El corazón se estremecía, la mente se asombraba, ante el poder del predicador: ninguno de los dos se ablandaba. De principio a fin hubo una extraña amargura; una ausencia de dulce consolación; las alusiones severas a las doctrinas calvinistas—la elección, la predestinación, la reprobación— fueron frecuentes; y cada referencia a estos puntos sonaba como una sentencia dictada para la perdición. Cuando hubo terminado, en vez de sentirme mejor, más calmada, más iluminada por su sermón, experimenté una tristeza inefable; pues me parecía—no sé si a los demás les ocurría lo mismo— que la elocuencia que había estado escuchando había brotado de una profundidad donde yacían los posos turbios de la desilusión—donde se movían los impulsos perturbadores de anhelos insaciables y aspiraciones inquietantes. Estaba segura de que St. John Rivers—por muy intachable, concienzudo y fervoroso que fuera— aún no había hallado esa paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento: no la había hallado más, pensaba, que yo con mis ocultos y lacerantes pesares por mi ídolo roto y mi elíseo perdido—pesares a los que últimamente había evitado aludir, pero que se apoderaban de mí y me dominaban sin piedad.
Mientras tanto había pasado un mes. Diana y Mary no tardarían en dejar Moor House para regresar a la muy distinta vida y escenario que las aguardaba, como institutrices en una gran ciudad del sur de Inglaterra, elegante y populosa, donde cada una ocupaba un puesto en familias cuyos miembros, ricos y altivos, las consideraban meras criadas humildes; personas que ni conocían ni trataban de descubrir sus excelencias innatas, y que solo valoraban sus logros adquiridos tal como valoraban la destreza de su cocinera o el buen gusto de su doncella. El señor St. John aún no me había dicho nada sobre el empleo que me había prometido conseguir; sin embargo, se volvía urgente que tuviera una ocupación de algún tipo. Una mañana, al quedarme a solas con él unos minutos en el salón, me