lo tanto poseen una obligación más absoluta, que cualquier otra regla para la guía de la vida; y la noción que hemos hallado como esencial en la idea de justicia —la de un derecho que reside en un individuo— implica y atestigua esta obligación más imperativa.
Las reglas morales que prohíben a la humanidad hacerse daño mutuamente (entre las cuales nunca debemos olvidar incluir la interferencia injusta en la libertad de los demás) son más vitales para el bienestar humano que cualquier máxima, por importante que sea, que solo señale el mejor modo de administrar algún departamento de los asuntos humanos.
Tienen también la peculiaridad de ser el elemento principal para determinar el conjunto de los sentimientos sociales de la humanidad. Su observancia es lo único que preserva la paz entre los seres humanos: si la obediencia a ellas no fuera la regla, y la desobediencia la excepción, cada uno vería en todos los demás a un enemigo probable, contra el cual tendría que protegerse perpetuamente.