privilegio legal entre individuos o clases, debido a las cuales aún existen grandes porciones de la humanidad cuya felicidad todavía es factible ignorar. En un estado de mejora de la mente humana, aumentan constantemente las influencias que tienden a generar en cada individuo un sentimiento de unidad con todos los demás; sentimiento que, de ser perfecto, haría que jamás pensara en, ni deseara, ninguna condición beneficiosa para sí mismo en cuyos beneficios aquellos no estuviesen incluidos.
Si suponemos ahora que este sentimiento de unidad se enseña como religión, y que toda la fuerza de la educación, de las instituciones y de la opinión se dirige, como lo estuvo en otro tiempo en el caso de la religión, a hacer que cada persona crezca desde la infancia rodeada por todas partes tanto por la profesión como por la práctica del mismo, creo que nadie que pueda formarse esta concepción albergará la menor duda acerca de la suficiencia de la sanción última para la moralidad de la felicidad.
A cualquier estudiante de ética a quien le cueste esta realización, le recomiendo, como medio para facilitarla, la segunda de las dos obras principales del señor Comte, el Système de Politique Positive.
Tengo objeciones muy firmes contra el sistema de política y moral expuesto en ese tratado; pero creo que ha demostrado superabundantemente la posibilidad de conferir al servicio de la humanidad, aun sin la ayuda de la creencia en una Providencia, tanto el poder físico como la eficacia social de una religión; haciendo que se apodere de la vida humana y tiña todo pensamiento, sentimiento y acción de una manera de la cual la mayor ascendencia jamás ejercida por religión alguna apenas sea un símbolo y un anticipo; y cuyo peligro no es que sea insuficiente, sino que sea tan excesivo como para interferir indebidamente con la libertad y la individualidad humanas.