tienden necesariamente a producir felicidad, y cuáles a producir infelicidad. Con la excepción de la palabra «necesariamente», no tengo disensión que expresar respecto a esta doctrina; y (omitiendo esa palabra) no tengo conocimiento de que ningún defensor moderno del utilitarismo sea de una opinión diferente. Bentham, ciertamente, a quien en los Social Statics el Sr. Spencer se refirió particularmente, es, de entre todos los escritores, el menos susceptible de ser acusado de falta de voluntad para deducir el efecto de las acciones sobre la felicidad a partir de las leyes de la naturaleza humana y de las condiciones universales de la vida humana. El cargo común en su contra es el de confiar demasiado exclusivamente en tales deducciones, y negarse por completo a quedar sujeto por las generalizaciones de la experiencia específica a las que el Sr. Spencer piensa que los utilitaristas por lo general se limitan. Mi propia opinión (y, según infiero, la del Sr. Spencer) es que en la ética, como en todas las demás ramas del estudio científico, la coincidencia de los resultados de ambos procesos, corroborando y verificando cada uno al otro, es requisito indispensable para otorgar a cualquier proposición general la clase y el grado de evidencia que constituye la prueba científica.]
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Capítulo V. De la conexión entre la justicia y la utilidad
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