Es una extraña noción que el reconocimiento de un primer principio sea incompatible con la admisión de principios secundarios. Informar a un viajero acerca del lugar de su destino final no es prohibir el uso de mojones e indicadores de dirección en el camino.
La proposición de que la felicidad es el fin y el propósito de la moralidad no significa que no deba trazarse ningún camino hacia esa meta, ni que a las personas que se dirigen allí no se les deba aconsejar que sigan una dirección en lugar de otra.
Los hombres realmente deberían dejar de decir tonterías sobre este tema, algo que no dirían ni escucharían en otros asuntos de interés práctico.
- Nadie sostiene que el arte de la navegación no se fundamente en la astronomía porque los marineros no puedan detenerse a calcular el Almanaque Náutico.
Al ser criaturas racionales, se hacen a la mar con los cálculos ya hechos; y todas las criaturas racionales se lanzan al mar de la vida con la mente decidida sobre las cuestiones comunes del bien y del mal, así como sobre muchas de las cuestiones, mucho más difíciles, de lo prudente y lo imprudente. Y esto, mientras la previsión sea una cualidad humana, es de suponer que seguirán haciéndolo.
Sea cual fuere el principio fundamental de la moralidad que adoptemos, necesitamos principios subordinados para aplicarlo: la imposibilidad de prescindir de ellos, al ser común a todos los sistemas, no puede constituir un argumento en contra de ninguno en particular; pero argumentar gravemente como si no se pudiera disponer de tales principios secundarios, y como si la humanidad hubiera permanecido hasta ahora, y debiera permanecer siempre, sin sacar ninguna conclusión general de la experiencia de la vida humana, es, a mi juicio, el grado más alto de absurdidad al que jamás haya llegado la controversia filosófica.