Tampoco le es necesario al sentimiento que constituye la fuerza obligatoria de la moral utilitaria para quienes la reconocen, aguardar a esas influencias sociales que harían que su obligación fuese sentida por la humanidad en general.
En el estado comparativamente temprano del progreso humano en que vivimos ahora, una persona no puede en verdad sentir esa plenitud de simpatía hacia todos los demás que haría imposible cualquier discordancia real en la dirección general de su conducta en la vida; pero ya una persona en quien el sentimiento social está algo desarrollado, no puede llegar a pensar en el resto de sus semejantes como rivales que luchan con él por los medios de la felicidad, a quienes deba desear ver derrotados en su propósito para poder él triunfar en el suyo.
La concepción profundamente arraigada que cada individuo, incluso ahora, tiene de sí mismo como ser social, tiende a hacerle sentir como una de sus necesidades naturales que haya armonía entre sus sentimientos y fines y los de sus semejantes. Si las diferencias de opinión y de cultura mental hacen imposible que comparta muchos de sus sentimientos actuales —tal vez le lleven a denostar y desafiar dichos sentimientos—, aún necesita ser consciente de que su verdadero fin y el de ellos no entran en conflicto; de que no se está oponiendo a lo que ellos realmente desean, a saber, su propio bien, sino que, por el contrario, lo está promoviendo.
Este sentimiento es en la mayoría de los individuos muy inferior en fuerza a sus sentimientos egoístas, y a menudo falta por completo.
Pero para aquellos que lo poseen, posee todos los caracteres de un sentimiento natural. No se presenta a sus mentes como una superstición de la educación, o como una ley impuesta despóticamente por el poder de la sociedad, sino como un atributo del cual no les convendría carecer.
Esta convicción es la sanción última de la moral de la mayor felicidad.