Basta una breve mención para descartar el ignorante error de suponer que quienes defienden la utilidad como prueba de lo correcto y lo incorrecto utilizan el término en ese sentido restringido y meramente coloquial en el que la utilidad se opone al placer.
Se debe una disculpa a los oponentes filosóficos del utilitarismo por la apariencia, aunque sea momentánea, de confundirlos con alguien capaz de un equívoco tan absurdo; lo cual es tanto más extraordinario cuanto que la acusación contraria —la de remitirlo todo al placer, y además en su forma más grosera— es otro de los cargos habituales contra el utilitarismo: y, como ha señalado agudamente un hábil escritor, ese mismo tipo de personas, y a menudo las mismísimas personas, denuncian la teoría «como impracticablemente árida cuando la palabra utilidad precede a la palabra placer, y como demasiado practicablemente voluptuosa cuando la palabra placer precede a la palabra utilidad».
Quienes saben algo sobre el asunto son conscientes de que todo escritor, desde Epicuro hasta Bentham, que ha defendido la teoría de la utilidad, ha entendido por ella, no algo contrapuesto al placer, sino el placer mismo, junto con la exención de dolor; y en vez de oponer lo útil a lo agradable o a lo ornamental, siempre han declarado que lo útil significa esto, entre otras cosas.
Sin embargo, el común de las gentes, incluida la grey de los escritores, no solo en periódicos y revistas, sino en libros de peso y pretensión, cae perpetuamente en este superficial error. Tras haber aprehendido la palabra utilitarismo, sin saber absolutamente nada de ella salvo su sonido, la emplean habitualmente para expresar el rechazo o el descrédito del placer en alguna de sus formas; de la belleza, del ornamento o de la diversión.