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Capítulo I.

la mayor importancia, e incluso predominante, en muchos de los detalles de la moral, por muy reacia que sea a reconocerlo como el principio fundamental de la moralidad y la fuente de la obligación moral.

Podría ir mucho más allá y afirmar que para todos esos moralistas à priori que consideran necesario argumentar en absoluto, los argumentos utilitaristas son indispensables. No es mi propósito actual criticar a estos pensadores; pero no puedo dejar de remitir, a modo de ilustración, a un tratado sistemático de uno de los más ilustres de entre ellos, la Fundamentación de la metafísica de las costumbres de Kant. Este notable hombre, cuyo sistema de pensamiento seguirá siendo durante mucho tiempo uno de los hitos en la historia de la especulación filosófica, establece, en efecto, en el tratado en cuestión, un primer principio universal como origen y fundamento de la obligación moral; es el siguiente: «Obra de tal modo que la máxima de tu acción pueda ser adoptada como ley por todos los seres racionales».

Pero cuando empieza a deducir de este precepto cualquiera de los deberes reales de la moralidad, no logra demostrar, de manera casi grotesca, que hubiese contradicción alguna, ni imposibilidad lógica (por no decir física), en la adopción por parte de todos los seres racionales de las reglas de conducta más indignamente inmorales. Todo lo que demuestra es que las consecuencias de su adopción universal serian tales que nadie elegiría afrontar.

En la presente ocasión, intentaré, sin discutir más las otras teorías, contribuir en algo a la comprensión y valoración de la teoría utilitarista o de la felicidad, y a la clase de prueba de que es susceptible. Es evidente que esta no puede ser una prueba en el sentido ordinario y popular del término.

Las cuestiones sobre los fines últimos no son susceptibles de prueba directa. Todo aquello de lo que pueda probarse que es bueno, debe serlo

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