tuviera que empezar a considerar por primera vez si el asesinato y el robo son perjudiciales para la felicidad humana. Incluso entonces, no creo que le resultara una cuestión muy desconcertante; pero, en cualquier caso, el asunto ya está resuelto para él.
Es verdaderamente una suposición caprichosa la de que, si la humanidad estuviera de acuerdo en considerar la utilidad como la prueba de la moralidad, permanecería sin ningún acuerdo sobre qué es útil, y no tomaría ninguna medida para que sus nociones sobre el tema fueran enseñadas a los jóvenes y reforzadas por la ley y la opinión.
No hay dificultad alguna en demostrar que cualquier norma ética que sea funciona mal, si suponemos que la idiotez universal va unido a ella, pero bajo cualquier hipótesis que no sea esa, la humanidad ya debe haber adquirido creencias positivas sobre los efectos de ciertas acciones en su felicidad; y las creencias que así han legado son las reglas de la moralidad para la multitud, y para el filósofo hasta que logre encontrar otras mejores.
Que los filósofos puedan hacer esto fácilmente, aun ahora, sobre muchos temas; que el código ético recibido no sea de ningún modo de derecho divino, y que la humanidad aún tenga mucho que aprender en cuanto a los efectos de las acciones sobre la felicidad general, lo admito, o más bien, lo sostengo firmemente.
Los corolarios del principio de utilidad, al igual que los preceptos de cualquier arte práctico, admiten una mejora indefinida y, en un estado progresivo de la mente humana, dicha mejora se lleva a cabo de manera perpetua.
Pero una cosa es considerar que las reglas de la moralidad son susceptibles de mejora, y otra muy distinta pasar por alto por completo las generalizaciones intermedias y esforzarse por someter cada acción individual directamente a la prueba del principio primero.