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Capítulo IV.

ninguna otra cosa sería y permanecería indiferente, llega a ser deseada por sí misma —y ello con la máxima intensidad— debido a su asociación con aquello de lo que es medio. ¿Qué diremos, por ejemplo, del amor al dinero? Originalmente no hay nada más deseable en el dinero que en cualquier montón de guijarros brillantes. Su valor es únicamente el de las cosas que puede comprar; los deseos de otras cosas distintas de él mismo, que es un medio para gratificar. Sin embargo, el amor al dinero no solo es una de las fuerzas motrices más fuertes de la vida humana, sino que el dinero es, en muchos casos, deseado en sí mismo y por sí mismo; el deseo de poseerlo es a menudo más fuerte que el deseo de usarlo, y sigue aumentando cuando todos los deseos que apuntan a fines más allá de él, que deben alcanzarse mediante él, van decayendo. Puede decirse, pues, con verdad, que el dinero no se desea en pro de un fin, sino como parte del fin. De ser un medio para la felicidad, ha llegado a ser en sí mismo un ingrediente principal de la concepción que el individuo tiene de la felicidad.

Lo mismo puede decirse de la mayoría de los grandes objetos de la vida humana —el poder, por ejemplo, o la fama—, salvo que a cada uno de ellos va anexa una cierta cantidad de placer inmediato, que tiene al menos la apariencia de serles naturalmente inherente; cosa que no puede decirse del dinero. No obstante, la atracción natural más fuerte, tanto del poder como de la fama, es la inmensa ayuda que prestan para la consecución de nuestros otros deseos; y es la fuerte asociación así generada entre ellos y todos nuestros objetos de deseo lo que confiere al deseo directo de los mismos la intensidad que a menudo adquiere, hasta el punto de superar en fuerza, en algunos caracteres, a todos los demás deseos.

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