Ahora bien, este más indispensable de todos los bienes necesarios, después del sustento físico, no puede obtenerse a menos que el mecanismo destinado a proporcionarlo se mantenga ininterrumpidamente en activo funcionamiento.
Nuestra noción, por tanto, acerca del derecho que nos asiste para exigir a nuestros semejantes que contribuyan a asegurarnos el fundamento mismo de nuestra existencia, congrega en torno a sí sentimientos tan intensos, muy superiores a los implicados en cualquiera de los casos más comunes de utilidad, que la diferencia de grado (como sucede a menudo en psicología) se convierte en una auténtica diferencia de clase.
La pretensión asume ese carácter de absolutismo, esa aparente infinidad e inconmensurabilidad con todas las demás consideraciones, que constituyen la distinción entre el sentimiento de lo correcto y lo incorrecto y el de la mera conveniencia o inconveniencia ordinaria.
Los sentimientos en cuestión son tan poderosos, y contamos tan positivamente con hallar un sentimiento receptivo en los demás (estando todos igualmente interesados), que el debería y el habría que se convierten en un tiene que ser, y la indispensabilidad reconocida se torna en una necesidad moral, análoga a la física, y a menudo no inferior a esta en fuerza vinculante.
Si el análisis precedente, o algo que se le asemeje, no es la explicación correcta de la noción de justicia; si la justicia es totalmente independiente de la utilidad y constituye una norma per se, que la mente puede reconocer mediante una simple introspección en sí misma; resulta difícil comprender por qué ese oráculo interno es tan ambiguo, y por qué tantas cosas parecen justas o injustas según la luz con que se las mire. Se nos informa continuamente que la utilidad es una norma incierta, que cada persona interpreta de diferente manera, y que no hay seguridad sino en los dictados inmutables, indelebles e inequívocos de la justicia, los cuales