Que incluso esta regla, por sagrada que sea, admite posibles excepciones es algo que reconocen todos los moralistas; la principal de las cuales se da cuando la ocultación de algún hecho (como cierta información a un malhechor, o una mala noticia a una persona gravemente enferma) preservara a alguien (especialmente a otra persona que no sea uno mismo) de un mal grande e inmerecido, y cuando dicha ocultación solo pueda efectuarse mediante una negación.
Pero para que la excepción no se extienda más allá de la necesidad, y tenga el menor efecto posible en el debilitamiento de la confianza en la veracidad, debe ser reconocida y, de ser posible, deben definirse sus límites; y si el principio de utilidad sirve para algo, debe servir para sopesar estas utilidades en conflicto y delimitar la región dentro de la cual una u otra prepondera.
Nuevamente, los defensores de la utilidad se ven a menudo en la necesidad de responder a objeciones como esta: que no hay tiempo, antes de actuar, para calcular y ponderar los efectos de una determinada línea de conducta sobre la felicidad general. Esto es exactamente igual a si alguien dijera que es imposible guiar nuestra conducta por el cristianismo, porque no hay tiempo, en cada ocasión en que hay que hacer algo, de leer de cabo a rabo el Antiguo y el Nuevo Testamento. La respuesta a la objeción es que ha habido tiempo de sobra, a saber, toda la duración pasada de la especie humana. Durante todo ese tiempo, la humanidad ha estado aprendiendo por experiencia las tendencias de las acciones; de cuya experiencia dependen toda la prudencia, así como toda la moralidad de la vida. La gente habla como si el comienzo de este curso de experiencia se hubiera pospuesto hasta ahora, y como si, en el momento en que un hombre se siente tentado a atentar contra la propiedad o la vida de otro,