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Capítulo II.

interés inteligente en estos objetos de contemplación no deba ser la herencia de todos los nacidos en un país civilizado. Tan poco existe una necesidad inherente de que cualquier ser humano deba ser un egoísta mezquino, desprovisto de todo sentimiento o preocupación que no sean aquellos que se centran en su propia y desgraciada individualidad. Algo muy superior a esto es lo suficientemente común incluso ahora como para dar una ample promesa de aquello en lo que se puede convertir la especie humana. Los afectos privados genuinos y un interés sincero en el bien público son posibles, aunque en grados desiguales, para todo ser humano bien educado.

En un mundo en el que hay tanto que interesa, tanto que disfrutar, y tanto también que corregir y mejorar, todo aquel que posea esta moderada cantidad de requisitos morales e intelectuales es capaz de una existencia que puede calificarse de envidiable; y a menos que a dicha persona, por malas leyes o por sujeción a la voluntad de otros, se le niegue la libertad de utilizar las fuentes de felicidad a su alcance, no dejará de hallar esta existencia envidiable, si logra escapar de los males positivos de la vida, las grandes fuentes de sufrimiento físico y mental —tales como la indigencia, la enfermedad y la crueldad, la indignidad o la pérdida prematura de los seres queridos—.

El peso principal del problema radica, por tanto, en la lucha contra estas calamidades, de las que es una rara buena fortuna escapar por completo; las cuales, tal como están las cosas ahora, no pueden evitarse y a menudo no pueden mitigarse en ningún grado material. Sin embargo, nadie cuya opinión merezca un momento de consideración puede dudar de que la mayoría de los grandes males positivos del mundo son en sí mismos eliminables y, si los asuntos humanos siguen mejorando, se reducirán al fin a límites estrechos.

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