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Capítulo IV.

únicamente en esto: en que la voluntad, como todas las demás partes de nuestra constitución, es susceptible de hábito, y en que podemos querer por hábito lo que ya no deseamos por sí mismo, o desearlo sólo porque lo queremos. No es menos cierto que la voluntad, en un principio, es enteramente producida por el deseo, incluyendo en este término tanto la influencia repulsiva del dolor como la atractiva del placer.

Tomemos en consideración, ya no a la persona que tiene una voluntad confirmada de obrar bien, sino a aquella en la que esa voluntad virtuosa es aún débil, vulnerable a la tentación y en la que no se puede confiar plenamente: ¿por qué medios puede fortalecerse?

¿Cómo se puede implantar o despertar la voluntad de ser virtuoso, cuando esta no existe con la fuerza suficiente?

Únicamente haciendo que la persona desee la virtud —haciendo que piense en ella bajo una luz placentera, o en su ausencia bajo una luz dolorosa—. Es asociando el obrar bien con el placer, o el obrar mal con el dolor, o bien sacando a la luz, imprimiendo y haciendo propia en la experiencia de la persona la satisfacción implícitamente contenida en lo uno o el dolor en lo otro, como es posible evocar esa voluntad de ser virtuoso que, una vez consolidada, actúa sin pensar en el placer ni en el dolor.

La voluntad es hija del deseo, y solo sale del dominio de su progenitor para caer bajo el de la costumbre. Lo que es resultado de la costumbre no ofrece presunción alguna de ser intrínsecamente bueno; y no habría razón para desear que el propósito de la virtud se volviera independiente del placer y del dolor, si no fuera porque no se puede confiar lo suficiente en la influencia de las asociaciones placenteras y dolorosas que impulsan a la virtud para lograr una constancia infalible en la acción hasta que adquiere el apoyo de la costumbre.

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