Y en consecuencia, la norma utilitarista, al mismo tiempo que tolera y aprueba esos otros deseos adquiridos, hasta el punto más allá del cual serian más injuriantes para la felicidad general que promotores de ella, prescribe y exige el cultivo del amor a la virtud hasta alcanzar la mayor fuerza posible, por ser, sobre todas las cosas, importante para la felicidad general.
Se sigue de las consideraciones precedentes que en realidad no se desea otra cosa que la felicidad.
Todo lo que se desea de otro modo que no sea como un medio para algún fin más allá de sí mismo, y en última instancia para la felicidad, se desea como parte misma de la felicidad, y no se desea por sí mismo hasta que ha llegado a serlo.
Quienes desean la virtud por sí misma, la desean o bien porque la conciencia de ella es un placer, o bien porque la conciencia de carecer de ella es un dolor, o por ambas razones unidas; pues, en verdad, el placer y el dolor rara vez se presentan por separado, sino casi siempre juntos, y la misma persona experimenta placer por el grado de virtud alcanzado y dolor por no haber alcanzado más.
Si uno de estos factores no le produjera placer y el otro ningún dolor, no amaría ni desearía la virtud, o solo la desearía por los otros beneficios que pudiera reportarle a sí mismo o a las personas de su cuidado.
Tenemos ahora, por tanto, una respuesta a la pregunta de qué clase de prueba es susceptible el principio de utilidad. Si la opinión que acabo de exponer es psicológicamente verdadera —si la naturaleza humana está constituida de tal modo que no desea nada que no sea una parte de la felicidad o un medio para ella—, no podemos tener ninguna otra prueba, ni requerimos ninguna otra, de que estas son las únicas cosas deseables.