Aunque solo en un estado muy imperfecto de la organización del mundo puede alguien servir mejor a la felicidad de los otros mediante el sacrificio absoluto de la propia, con todo, mientras el mundo se halle en ese estado imperfecto, reconozco plenamente que la disposición a hacer tal sacrificio es la virtud más alta que puede hallarse en el hombre.
Añadiré que en esta condición del mundo, por paradójica que sea la afirmación, la consciente capacidad de prescindir de la felicidad ofrece la mejor perspectiva de realizar aquella felicidad que es alcanzable. Pues nada salvo esa conciencia puede elevar a una persona por encima de los azares de la vida, haciéndole sentir que, por mucho que el destino y la fortuna hagan de las suyas, no tienen el poder de someterle: lo cual, una vez sentido, lo libera del exceso de ansiedad respecto a los males de la vida y le permite, como a tantos estoicos en los peores tiempos del Imperio romano, cultivar con tranquilidad las fuentes de satisfacción a su alcance, sin preocuparse por la incertidumbre de su duración, ni más ni menos que por su inevitable final.
Entre tanto, que no cesen los utilitaristas de reivindicar la moralidad de la abnegación como una propiedad que les pertenece con tanto derecho como al estoico o al trascendentalista. La moralidad utilitarista sí reconoce en los seres humanos el poder de sacrificar su propio bien máximo por el bien de los demás. Tan solo se niega a admitir que el sacrificio sea en sí mismo un bien.
Un sacrificio que no aumenta, o tiende a aumentar, la suma total de la felicidad, lo considera como desperdiciado.
La única renuncia a uno mismo que aplaude es la devoción a la felicidad, o a algunos de los medios para la felicidad, de los demás; ya sea de la humanidad colectivamente, o de los individuos dentro de los límites impuestos por los intereses colectivos de la humanidad.