motivos que, si fueran hechas por individuos sin la sanción de la ley, serían calificadas de injustas. Y de ahí que el sentimiento de injusticia pasara a asociarse, no a todas las violaciones de la ley, sino únicamente a las violaciones de aquellas leyes que deberían existir, incluidas las que deberían existir pero no existen; y a las leyes mismas, en caso de suponerse que son contrarias a lo que debería ser ley. De este modo, la idea de la ley y de sus mandatos seguía predominando en la noción de justicia, incluso cuando las leyes realmente vigentes dejaban de ser aceptadas como su norma.
Es verdad que la humanidad considera que la idea de la justicia y sus obligaciones son aplicables a muchas cosas que ni están reguladas por la ley, ni se desea que lo estén.
Nadie desea que las leyes interfieran en todos los detalles de la vida privada; sin embargo, todo el mundo admite que en toda conducta cotidiana una persona puede demostrar, y demuestra, ser justa o injusta.
Pero aun aquí, la idea de la violación de lo que debiera ser ley sigue perdurando bajo una forma modificada. Siempre nos produciría satisfacción, y concordaría con nuestros sentimientos de lo adecuado, que los actos que consideramos injustos fuesen castigados, aunque no siempre nos parezca conveniente que esto sea realizado por los tribunales.
Renunciamos a esa gratificación debido a inconvenientes accidentales. Nos alegraría ver que se impone la conducta justa y se reprime la injusticia, incluso en los detalles más mínimos, si no temiéramos, con razón, confiar al magistrado una cantidad tan ilimitada de poder sobre los individuos.
Cuando pensamos que una persona está obligada en justicia a hacer algo, es una forma ordinaria de lenguaje decir que se le debería compeler a