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Capítulo V. De la conexión entre la justicia y la utilidad

Es natural indignarse, y rechazar o tomar represalias, ante cualquier daño hecho o intentado contra nosotros mismos, o contra aquellos con quienes simpatizamos.

El origen de este sentimiento no es necesario discutirlo aquí. Ya sea un instinto o el resultado de la inteligencia, sabemos que es común a toda la naturaleza animal; pues todo animal intenta hacer daño a aquellos que le han hecho daño, o que cree que están a punto de hacérselo, a sí mismo o a sus crías.

Los seres humanos, en este punto, solo se diferencian de los demás animales en dos aspectos.

  • Primero, en ser capaces de simpatizar, no únicamente con su descendencia, o, como algunos de los animales más nobles, con algún animal superior que es bueno con ellos, sino con todos los seres humanos, e incluso con todos los seres sintientes.
  • Segundo, en tener una inteligencia más desarrollada, que otorga un radio de acción más amplio al conjunto de sus sentimientos, ya sean egoístas o simpáticos.

En virtud de su inteligencia superior, aun aparte de su mayor amplitud de simpatía, un ser humano es capaz de aprehender una comunidad de intereses entre él mismo y la sociedad humana de la cual forma parte, de tal manera que cualquier conducta que amenace la seguridad de la sociedad en general, amenaza la suya propia y desencadena su instinto (si es que es instinto) de autodefensa.

Esa misma superioridad de inteligencia, unida al poder de simpatizar con los seres humanos en general, le permite vincularse a la idea colectiva de su tribu, su país o la humanidad, de tal modo que cualquier acto que les resulte perjudicial despierta su instinto de simpatía y lo insta a la resistencia.

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