No es necesario, para el propósito actual, decidir si el sentimiento del deber es innato o adquirido. Suponiéndolo innato, queda por ver a qué objetos se une naturalmente; pues los defensores filosóficos de esa teoría coinciden ahora en que la percepción intuitiva se refiere a los principios de la moralidad, y no a los detalles.
Si hay algo innato en esta cuestión, no veo razón por la cual el sentimiento innato no deba ser el de la consideración hacia los placeres y dolores de los demás. Si hay algún principio moral que sea intuitivamente obligatorio, yo diría que debe ser ese. Si es así, la ética intuitiva coincidiría con la utilitarista, y no habría más disputa entre ellas.
Aun tal como están las cosas, los moralistas intuitivos, aunque creen que hay otras obligaciones morales intuitivas, ya creen que esta es una de ellas; pues sostienen unánimemente que una gran parte de la moralidad gira en torno a la consideración debida a los intereses de nuestros semejantes. Por lo tanto, si la creencia en el origen trascendental de la obligación moral confiere alguna eficacia adicional a la sanción interna, me parece que el principio utilitarista ya se beneficia de ello.
Por otra parte, si, como es mi propia opinión, los sentimientos morales no son innatos, sino adquiridos, no son por ello menos naturales. Es natural para el hombre hablar, razonar, construir ciudades, cultivar la tierra, aunque estas sean facultades adquiridas. Los sentimientos morales no forman ciertamente parte de nuestra naturaleza, en el sentido de estar presentes en todos nosotros en un grado perceptible; pero este es, por desgracia, un hecho admitido por quienes creen con mayor firmeza en su origen trascendental. Al igual que las otras capacidades adquiridas antes mencionadas, la facultad moral, si no es una parte de nuestra naturaleza, es un brote