O breathe not, etc.
La desgracia más pertinaz debe al fin ceder al valor infatigable de la filosofía —como la ciudad más terca a la incesante vigilancia de un enemigo. Salmanasar, como lo tenemos en las Sagradas Escrituras, sitió Samaria durante tres años; sin embargo, cayó. Sardanápalo —véase a Diodoro— se mantuvo siete en Nínive; pero de nada le sirvió. Troya expiró al término del segundo lustro; y Azoto, como Aristeo declara bajo su palabra de caballero, abrió por fin sus puertas a Psamético, tras haberlas cerrado a cal y canto durante la quinta parte de un siglo.
“¡Miserable! —¡megera! —¡arpía!”, le dije a mi mujer la mañana después de nuestra boda; “¡bruja! —¡bruja vieja! —¡mocosa! —¡sumidero de iniquidad! —¡quintaesencia de cara encendida de todo lo abominable! —¡tú— tú—” aquí, poniéndome de puntillas, cogiéndola por el garguero y acercando mi boca a su oreja, me disponía a lanzar un nuevo y más rotundo epíteto de oprobio que no dejaría de convencerla, de ser exclamado, de su insignificancia, cuando con mi extremo horror y asombro descubrí que había perdido el aliento.
Las expresiones «estoy sin aliento», «he perdido el aliento», etc., se repiten con bastante frecuencia en la conversación común; ¡pero nunca se me había ocurrido que el terrible accidente del que hablo pudiera ocurrir de manera genuina y real! Imaginad —si tenéis una vena fantasiosa—, imaginad, repito, ¡mi asombro, mi consternación, mi desesperación!
Hay un buen genio, sin embargo, que nunca me ha abandonado del todo. En mis estados de ánimo más incontrolables aún conservo un sentido del decoro, et le chemin des passions me conduit —como dice lord Edouard en la Julie que le condujo a él— à la philosophie veritable.
Aunque no pude averiguar al principio con precisión hasta qué punto me había afectado el suceso, determiné en todo caso ocultar el asunto a mi esposa, hasta que una mayor experiencia me revelara el alcance de esta mi inaudita calamidad. Mudando por lo tanto mi semblante en un instante, de su aspecto abotagado y disforme, a una expresión de picaresca y coqueta benignidad, le di a mi señora una palmada en una mejilla y un beso en la otra, y sin decir una sola sílaba (¡Furias!, no podía), la dejé asombrada de mi bufonada, mientras salía pirueteando de la habitación en un pas de Zephyr.
He aquí, pues, que me hallo cómodamente instalado en mi tocador privado, un temible ejemplo de las nefastas consecuencias que conlleva la irascibilidad; vivo, con las aptitudes de los muertos; muerto, con las propensiones de los vivos; una anomalía sobre la faz de la tierra; muy tranquilo, pero sin aliento.
¡Sí! sin aliento. Hablo muy en serio al afirmar que mi aliento se había ido por completo. No habría podido mover con él ni una pluma de haber estado mi vida en juego, ni empañar siquiera la delicadeza de un espejo. ¡Cruel destino!—, sin embargo, hubo cierto alivio para el primer abrumador paroxismo de mi dolor. Comprobé, al hacer la prueba, que las facultades de la palabra que, al verme incapaz de continuar la conversación con mi esposa, di entonces por totalmente destruidas, estaban de hecho solo parcialmente impedidas, y descubrí que si en aquella interesante crisis hubiera bajado la voz hasta un tono gutural singularmente profundo, aún habría podido seguir comunicándole mis sentimientos; pues este tono de voz (el gutural) depende, según veo, no de la corriente del aire, sino de cierta acción espasmódica de los músculos de la garganta.
Arrojándome sobre una silla, permanecí durante algún tiempo absorto en mis pensamientos. Mis reflexiones, como es de suponer, no tenían nada de consoladoras. Mil vagas y lacrimógenas fantasías se apoderaron de mi alma; y hasta la idea del suicidio cruzó por mi cerebro; pero es rasgo de la perversidad humana rechazar lo obvio y asequible en favor de lo lejano y equívoco. Así, me estremecí ante el autoasesinato considerándolo la más atroz de las crueldades, mientras el gato atigrado ronroneaba con energía sobre la alfombra y el mismísimo perro de aguas jadeaba con ahínco debajo de la mesa, atribuyéndose cada uno gran mérito por la potencia de sus pulmones, y haciéndolo todo, evidentemente, en burla de mi propia incapacidad pulmonar.
Oprimido por un tumulto de vagas esperanzas y temores, oí al fin los pasos de mi esposa que bajaban la escalera. Estando ya seguro de su ausencia, volví con el corazón palpitante al escenario de mi desastre.
Cerrando cuidadosamente la puerta por dentro, comencé una búsqueda minuciosa. Era posible, pensé, que, oculto en algún rincón oscuro, o acechando en algún armario o cajón, pudiera encontrarse el objeto perdido de mi indagación. Podría tener una forma vaporosa—incluso podría tener una forma tangible. La mayoría de los filósofos, sobre muchos puntos de la filosofía, siguen siendo muy poco filosóficos. William Godwin, sin embargo, dice en su Mandeville que «las cosas invisibles son las únicas realidades», y esto, como todos admitirán, viene al caso. Recomendaría al lector juicioso que se detenga antes de acusar semejantes aseveraciones de un exceso cuantioso de absurdo. Anaxagoras, como se recordará, sostenía que la nieve es negra, y esto he descubierto después que es así.
Largo y afanosamente proseguí la investigación; pero la desdeñable recompensa de mi laboriosidad y perseverancia resultó ser tan solo una dentadura postiza, dos pares de caderas, un ojo y un manojo de billets-doux del señor Windenough para mi esposa.
Bien podría observar aquí que esta confirmación de la parcialidad de mi dama hacia el señor W. me ocasionó escasa zozobra. Que la señora Lackobreath admirase algo tan desemejante a mí era un mal natural y necesario. Soy, de todos es sabido, de apariencia robusta y corpulenta, y al mismo tiempo un tanto diminuto de estatura.
Qué extrañeza, pues, que la tenuidad parecida a un listón de mi conocido, y su altitud, que se ha convertido en un proverbio, hayan hallado la debida estimación a los ojos de la señora Lackobreath. Pero volviendo al tema.
Mis esfuerzos, como ya he dicho, resultaron infructuosos. Armario tras armario —cajón tras cajón— rincón tras rincón— fueron examinados sin ningún propósito. En un momento dado, sin embargo, me creí seguro de mi botín, tras haber destruido por accidente, al rebuscar en un neceser, un frasco de Aceite de los Arcángeles de Grandjean —el cual, en calidad de perfume agradable, me tomo aquí la libertad de recomendar.
Con el corazón apesadumbrado regresé a mi boudoir—allí a meditar sobre algún método para eludir la penetración de mi esposa, hasta que pudiera hacer los preparativos antes de abandonar el país, pues a esto ya me había decidido. En un clima extranjero, al ser un desconocido, podría, con cierta probabilidad de éxito, esforzarme por ocultar mi infeliz calamidad—una calamidad calculada, aún más que la indigencia, para enajenar los afectos de la multitud y atraer sobre el desdichado la bien merecida indignación de los virtuosos y los felices. No tardé en dudar. Siendo naturalmente avispado, memoricé la tragedia entera de Metamora . Tuve la buena fortuna de recordar que en la acentuación de este drama, o al menos de la porción de él que se le asigna al héroe, los tonos de voz de los que me hallaba carente resultaban del todo innecesarios, y se esperaba que el profundo gutural reinara monótonamente de principio a fin.
Practiqué durante algún tiempo en las orillas de un pantano muy frecuentado;—sin tener en cuenta, sin embargo, ningún procedimiento similar por parte de Demóstenes, sino por un designio peculiar y conscientemente mío. Así armado por completo, determiné hacer creer a mi esposa que de repente me había asaltado una pasión por los escenarios. En esto tuve un éxito milagroso; y ante cada pregunta o sugerencia me vi en libertad de responder con mis tonos más sepulcrales y propios de una rana mediante algún pasaje de la tragedia—cuya porción cualquiera, según pronto sentí gran placer en observar, se aplicaría igualmente bien a cualquier tema en particular. No ha de suponerse, sin embargo, que en la declamación de tales pasajes me faltara en absoluto el mirar de soslayo—el mostrar los dientes—el mover las rodillas—el arrastrar los pies—ni ninguna de esas gracias innombrables que hoy se consideran con justicia las características de un actor popular. Por supuesto que hablaron de encerrarme en una camisa de fuerza—pero, ¡santo Dios! jamás sospecharon que me hubiera quedado sin aliento.
Habiendo puesto por fin mis asuntos en orden, tomé asiento muy temprano una mañana en el coche correo con destino a ⸻, dando a entender a mis conocidos que un negocio de la más alta importancia exigía mi inmediata presencia personal en dicha ciudad.
El carruaje iba lleno hasta los topes; pero en la penumbra incierta no se distinguían los rasgos de mis compañeros.
Sin ofrecer resistencia eficaz, me dejé colocar entre dos caballeros de dimensiones colosales; mientras un tercero, de mayor volumen todavía, pidiendo perdón por la libertad que iba a tomar, se echó sobre mi cuerpo a todo lo largo y, quedándose dormido al instante, ahogó mis guturales exclamaciones de auxilio en un ronquido que habría hecho enrojecer los bramidos del toro de Falaris.
Por fortuna, el estado de mis facultades respiratorias hacía de la asfixia un accidente totalmente improbable.
Al aclarar el día, sin embargo, con más nitidez a medida que nos acercábamos a las afueras de la ciudad, mi atormentador, levantándose y arreglándose el cuello de la camisa, me dio las gracias de manera muy amistosa por mi amabilidad.
Al ver que yo permanecía inmóvil (tenía todos los miembros dislocados y la cabeza torcida hacia un lado), empezaron a inquietarse sus sospechas; y despertando al resto de los pasajeros, expresó, de un modo muy categórico, su opinión de que durante la noche nos habían metido de contrabando un muerto por un compañero de viaje vivo y solvente; propinándome en ese momento un puñetazo en el ojo derecho, a modo de demostración de la verdad de su conjetura.
A esto siguió que todos, uno tras otro (eran nueve en compañía), consideraron su deber tirarme de la oreja.
Un joven médico en prácticas, además, habiéndome aplicado un espejo de bolsillo en la boca y hallándome sin aliento, la afirmación de mi perseguidor fue declarada verídica; y todo el grupo expresó su determinación de no tolerar mansamente semejantes imposiciones en el futuro, ni de seguir avanzando por el presente con tales carroñas.
Fui, en consecuencia, arrojado aquí, ante la señal del «Cuervo» (frente a cuya taberna pasaba casualmente el carruaje), sin sufrir más accidente que la fractura de ambos brazos bajo la rueda trasera izquierda del vehículo.
Debo además hacer al cochero la justicia de declarar que no olvidó arrojar tras de mí el mayor de mis baúles, el cual, cayendo desafortunadamente sobre mi cabeza, me fracturó el cráneo de una manera a la vez interesante y extraordinaria.
El posadero del «Cuervo», que es un hombre hospitalario, al ver que mi baúl contenía lo suficiente para indemnizarle por cualquier pequeña molestia que pudiera tomarse de mi parte, mandó llamar sin demora a un cirujano de su conocimiento y me entregó a su cuidado junto con una factura y un recibo por diez dólares.
El comprador me llevó a sus habitaciones y comenzó las operaciones de inmediato.
Habiéndome cortado las orejas, sin embargo, descubrió signos de animación. Tocó entonces el timbre y mandó a buscar a un boticario vecino con quien consultar ante la emergencia.
En caso de que sus sospechas con respecto a mi existencia resultaran ser finalmente correctas, mientras tanto, me hizo una incisión en el estómago y extrajo varias de mis vísceras para una disección privada.
El boticario tenía la idea de que en realidad yo estaba muerto. Esta idea me esforcé por refutarla, pateando y dando sacudidas con todas mis fuerzas, y haciendo las contorsiones más furiosas; pues las operaciones del cirujano me habían devuelto en cierta medida el uso de mis facultades. Todo, sin embargo, fue atribuido a los efectos de una nueva batería galvánica con la cual el boticario, que es verdaderamente un hombre instruido, realizó varios experimentos curiosos, en los cuales, debido a mi participación personal en su cumplimiento, no pude evitar sentirme profundamente interesado. Fue motivo de humillación para mí, sin embargo, que aunque hice varios intentos de conversación, mis facultades del habla estaban tan enteramente suspendidas que ni siquiera podía abrir la boca; mucho menos, por tanto, responder a algunas ingeniosas pero caprichosas teorías de las cuales, bajo otras circunstancias, mi profundo conocimiento de la patología hipocrática me habría proporcionado una pronta refutación.
No pudiendo llegar a una conclusión, los médicos me remitieron a un nuevo examen. Me llevaron a un desván; y habiéndome provisto la esposa del cirujano de unos calzones y medias, el cirujano mismo me sujetó las manos y me ató las mandíbulas con un pañuelo de bolsillo; luego echó el cerrojo a la puerta por fuera mientras se apresuraba a almorzar, dejándome a solas con el silencio y la meditación.
Descubrí entonces, con mi extremo deleite, que habría podido hablar si mi boca no hubiera estado atada con el pañuelo de bolsillo.
Consolándome con esta reflexión, iba repitiendo mentalmente algunos pasajes de la «Omnipresencia de la Divinidad», según es mi costumbre antes de entregarme al sueño, cuando dos gatos, de índole codiciosa y vituperativa, entrando por un agujero en la pared, saltaron con un floreo a la Catalani y, posándose el uno frente al otro sobre mi rostro, se enfrascaron en una indecorosa contienda por la mezquina consideración de mi nariz.
Pero, así como la pérdida de sus orejas demostró ser el medio de elevar al trono de Ciro al mago o Mige-Gush de Persia, y así como el corte de su nariz le dio a Zopiro la posesión de Babilonia, de igual manera la pérdida de unas pocas onzas de mi semblante resultó ser la salvación de mi cuerpo.
Incitado por el dolor, y ardiendo de indignación, rompí de un solo esfuerzo las ataduras y la venda. Cruzando la habitación a zancadas, lancé una mirada de desprecio a los beligerantes y, abriendo el marco de la ventana hasta el extremo horror y desengaño de ellos, me precipité, con gran destreza, por el balcón.
El asaltante de correos W⸺, con quien guardaba un parecido singular, iba en ese momento de la cárcel de la ciudad al cadalso erigido para su ejecución en los suburbios. Su extrema debilidad y prolongada salud quebrantada le habían concedido el privilegio de permanecer sin esposas; y ataviado con su indumentaria de horca —muy similar a la mía—, yacía a lo largo en el fondo del carro del verdugo (que casualmente se hallaba bajo las ventanas del cirujano en el momento de mi precipitación) sin más custodia que el cochero, que estaba dormido, y dos reclutas del sexto de infantería, que estaban borrachos.
Por desgracia, caí de pie dentro del vehículo.
W⸺, que era un tipo avispado, vio su oportunidad. Saltando de inmediato, salió disparado por detrás y, doblando por un callejón, desapareció de vista en un abrir y cerrar de ojos.
Los reclutas, alborotados por el revuelo, no alcanzaban a comprender exactamente el fondo del asunto. Al ver, sin embargo, a un hombre, clavado al delincuente, de pie en el carro ante sus ojos, opinaron que el bribón (refiriéndose a W⸺) se estaba dando a la fuga (así se expresaron) y, tras comunicarse esta opinión los unos a los otros, se echaron un trago cada uno y luego me derribaron con las culatas de sus mosquetes.
No tardamos mucho en llegar al lugar de destino.
Por supuesto, no había nada que decir en mi defensa. La horca era mi destino inevitable. Me resigné a él con un sentimiento medio estúpido, medio acre. Como era poco cínico, tenía todos los sentimientos de un perro.
El verdugo, sin embargo, ajustó la soga a mi cuello. Cayó la trampilla.
Me abstengo de describir mis sensaciones en la horca; aunque aquí, sin duda, podría hablar con conocimiento de causa, y es un tema sobre el cual nada se ha dicho adecuadamente. De hecho, para escribir sobre semejante asunto es necesario haber sido ahorcado. Todo autor debería limitarse a los asuntos de su propia experiencia. Así, Marco Antonio compuso un tratado sobre la embriaguez.
Puedo mencionar, sin embargo, que muerto, no morí. Mi cuerpo estaba , pero no me quedaba aliento para ser , suspendido; y a no ser por el nudo bajo mi oreja izquierda (que tenía la sensación de una gargantilla militar) me atrevo a decir que habría experimentado muy poca incomodidad. En cuanto al tirón que se le dio a mi cuello al caer la trampilla, no hizo más que servir de corrección a la torcedura que me había provocado el caballero gordo en el carruaje.
Sin embargo, por buenas razones, hice cuanto pude por darle a la multitud el valor de su molestia. Se decía que mis convulsiones eran extraordinarias. Mis espasmos habrían sido difíciles de superar. El populaje pidió otra. Varios caballeros se desmayaron; y una multitud de damas fueron llevadas a sus casas con ataques de histeria. Pínxit aprovechó la oportunidad para retocar, a partir de un boceto tomado en el acto, su admirable cuadro de Marsias desollado vivo.
Cuando me hubo proporcionado la diversión suficiente, se consideró oportuno retirar mi cuerpo de la horca—esto tanto más cuanto que el verdadero culpable había sido recapturado y reconocido entre tanto, un hecho que yo tuve la mala suerte de ignorar.
Mucho compadecimiento se demostró, por supuesto, en mi favor, y como nadie reclamaba mi cadáver, se dispuso que me dieran sepultura en una cripta pública.
Aquí, transcurrido el intervalo debido, fui depositado. El sextón se marchó, y me quedé a solas. Un verso de El malcontento de Marston —
La muerte es buena moza y tiene casa abierta—
me pareció en ese momento una mentira palpable.
Me deshice, sin embargo, de la tapa de mi ataúd y salí. El lugar era terriblemente lúgubre y húmedo, y comencé a sentirme abrumado por el hastío. A modo de entretenimiento, tanteé mi camino entre los numerosos ataúd colocados en orden alrededor. Los bajé, uno por uno, y rompiendo sus tapas, me entretuve haciendo conjeturas sobre la mortalidad que había dentro.
“Esto”, soliloquié tropezando con un cadáver abotagado, hinchado y redondo; “esto ha sido, sin duda, en todos los sentidos de la palabra, un hombre infeliz, un desgraciado. Ha sido su terrible sino no caminar, sino caminar tambaleándose; pasar por la vida no como un ser humano, sino como un elefante; no como un hombre, sino como un rinoceronte”.
“Sus intentos de progresar han sido meros abortos, y sus andanzas circundantes un fracaso palpable. Al dar un paso al frente, ha tenido la desgracia de dar dos hacia la derecha y tres hacia la izquierda. Sus estudios se han limitado a la poesía de Crabbe. No puede tener idea de la maravilla de una pirueta. Para él, un pas de papillon ha sido una concepción abstracta. Jamás ha ascendido a la cima de una colina. Jamás ha contemplado desde ningún campanario las glorias de una metrópoli. El calor ha sido su enemigo mortal. En la canícula, sus días han sido los de un perro. En ella, ha soñado con llamas y asfixia, con montañas sobre montañas, con el Pelión sobre el Osa. Estaba corto de aliento; para decirlo todo en una palabra, estaba corto de aliento. Consideraba extravagante tocar instrumentos de viento. Fue el inventor de abanicos de automovimiento, mangueras de ventilación y ventiladores. Patrocinó a Du Pont, el fabricante de fuelles, y murió miserablemente al intentar fumar un cigarro. El suyo fue un caso por el que siento un profundo interés, un destino con el que simpatizo sinceramente.
“Pero aquí”—dije—“aquí”—y saqué rencorosamente de su escondrijo una forma esbelta, alta y de aspecto peculiar, cuya notable apariencia me golpeó con una sensación de incómoda familiaridad—“aquí hay un desdichado que no merece ninguna conmiseración terrenal”. Diciendo esto, para obtener una vista más clara de mi sujeto, apliqué mi pulgar y mi índice a su nariz y, haciéndole adoptar una posición sentada en el suelo, lo sostuve así, a la distancia de mi brazo, mientras continuaba mi soliloquio.
«Con derecho —repetí— a ninguna compasión terrenal. ¿Quién, en verdad, pensaría en condolerse de una sombra? Además, ¿no ha tenido acaso su justa porción de las bendiciones de la mortalidad?
Fue el creador de altos monumentos —torres de perdigones—, pararrayos, álamos de Lombardía. Su tratado sobre «Sombras y penumbras» lo ha inmortalizado. Editó con distinguida competencia la última edición de «South sobre los huesos». Fue temprano a la universidad y estudió neumática. Luego volvió a casa, habló eternamente y tocó la trompa francesa. Patentizó su favor a la gaita.
El capitán Barclay, que caminaba contra el Tiempo, no habría querido caminar contra él. Windham y Allbreath eran sus escritores favoritos; su artista favorito, Phiz. Murió gloriosamente mientras inhalaba gas —levique flatu corrupitur, como la fama pudicitiae en Jerónimo. Era indudablemente un...»
—¿Cómo puedes?—¿cómo— puedes —tú?—interrumpió el objeto de mis animadversiones, jadeando y arrancándose, con un esfuerzo desesperado, la venda que le rodeaba las mandíbulas—; ¿cómo puedes, señor Sinresuello, ser tan infernalmente cruel como para pellizcarme de ese modo por la nariz? ¿No viste cómo me habían atado la boca— y debes saber—si es que sabes algo— cuán vasto superfluidad de aire tengo para deshacerme de ella! Si no lo sabes, sin embargo, siéntate y lo verás. En mi situación es realmente un gran alivio poder abrir la boca—poder explayarse— poder comunicarse con una persona como tú, que no te crees llamado en cada punto a interrumpir el hilo del discurso de un caballero. Las interrupciones son molestas y sin duda deberían abolirse—¿no te parece?—ninguna respuesta, te lo ruego—con una persona que hable a la vez es suficiente.—Terminaré dentro de poco, y entonces podrás empezar.—¿Cómo demonios, señor, llegaste a este lugar?—ni una palabra te imploro—¡llevo aquí algún tiempo yo mismo—terrible accidente!—¿has oído hablar de ello, supongo?—¡calamidad espantosa!—paseando bajo tus ventanas—hace un rato—por la época en que te dio por la actuación—¡ocurrencia horrible!—¿has oído hablar de «perder el aliento»*, eh?—¡cierra el pico te digo!—¡yo le cogí el de otro!—siempre tuve demasiado del mío—me encontré a Charlatán en la esquina de la calle—no quiso darme la oportunidad de decir una palabra—no pude meter ni un sílabo de canto—atacado, por consiguiente, de epilepsia—Charlatán se dio a la fuga—¡malditos todos los necios!—me recogieron por muerto y me metieron en este lugar—¡bonitos apaños todos ellos!—oí todo lo que dijiste de mí—cada palabra una mentira—¡horrible!—¡maravilloso!—¡ultrajante!—¡hideous!—¡incomprensible!—etcétera—etcétera—etcétera—etcétera—
Es imposible concebir mi asombro ante un discurso tan inesperado, o la alegría con que me fui convenciendo gradualmente de que el aliento tan afortunadamente atrapado por el caballero (a quien pronto reconocí como mi vecino Windenough) era, de hecho, la idéntica expiración extraviada por mí en la conversación con mi esposa.
El tiempo, el lugar y las circunstancias lo convertían en un asunto fuera de toda duda. No solté, sin embargo, inmediatamente mi presa de la probóscide del señor W. —al menos no durante el largo período en que el inventor de los álamos de Lombardía continuó favoreciéndome con sus explicaciones.
A este respecto me impulsaba esa prudencia habitual que siempre ha sido mi rasgo predominante. Refexioné que aún podían quedar muchas dificultades en el camino de mi supervivencia que solo un esfuerzo extremo por mi parte lograría superar.
Muchas personas, consideraba, son propensas a estimar los bienes en su poder —por muy carentes de valor que sean para su actual propietario—, por muy molestos o angustiosos que resulten, en razón directa a las ventajas que otros obtendrían al conseguirlos, o ellas mismas al abandonarlos.
¿No podría ser este el caso del señor Windenough? Al mostrar ansiedad por el aliento del que ahora estaba tan dispuesto a deshacerse, ¿no podría exponerme a las exigencias de su avaricia?
Hay canallas en este mundo, recordé con un suspiro, que no tendrán escrúpulos en aprovecharse injustamente ni siquiera de un vecino de puerta, y (esta observación es de Epicteto) es precisamente en el momento en que los hombres están más ávidos por librarse de la carga de sus propias calamidades cuando sienten el menor deseo de aliviarlas en los demás.
Sobre consideraciones similares a estas, y sin soltar la nariz del señor W., creí por lo tanto oportuno modelar mi respuesta.
“¡Monstruo! —comencé en un tono de la más profunda indignación—, ¡monstruo e imbécil de doble fuelle! —te atreves tú, a quien por tus iniquidades ha placido al cielo maldecir con una doble respiración—, ¿te atreves tú, digo, a dirigirme la familiar palabra de un viejo conocido? —¡«Que miento», nada menos!, y «¡que me calle», por supuesto! —¡bonita conversación, en verdad, para con un caballero de un solo aliento! —¡todo esto, además, cuando tengo en mi poder el remediar la calamidad bajo la cual sufres tan justamente—, el recortar los excesos de tu infeliz respiración!”.
Como Bruto, aguardé una respuesta, con la cual, como un tornado, el señor Windenough me abrumó de inmediato. A las protestas siguieron protestas, y a las disculpas, disculpas. No había condición que no estuviera dispuesto a cumplir, y no hubo ninguna de la cual no me aprovechara al máximo.
Concertadas por fin las preliminarias, mi conocido me entregó la respiración; por la cual (tras haberla examinado cuidadosamente) le di después un recibo.
Tengo conciencia de que muchos me culparán por hablar de manera tan superficial de un asunto tan impalpable. Se pensará que debí haber entrado con mayor minuciosidad en los detalles de un suceso mediante el cual —y esto es muy cierto— podría haber arrojado mucha y nueva luz sobre una rama sumamente interesante de la filosofía física.
A todo esto siento no poder responder. Una insinuación es la única contestación que me está permitido dar. Hubo circunstancias —pero considerándolo bien, creo que es mucho más seguro decir lo tan poco posible sobre un asunto tan delicado—, tan delicado, repito, y que en su momento implicaba los intereses de una tercera parte cuyo sulfuroso resentimiento no tengo el menor deseo, en este momento, de incurrir.
No tardamos mucho después de este arreglo necesario en efectuar una fuga de las mazmorras del sepulcro. La fuerza unida de nuestras voces resucitadas no tardó en hacerse suficientemente patente. Scissors, el redactor whig, republicó un tratado sobre «la naturaleza y el origen de los ruidos subterráneos». Una réplica —contrarréplica— refutación— y justificación— le siguieron en las columnas de una gaceta demócrata. No fue sino hasta la apertura de la bóveda para decidir la controversia, que la aparición del señor Windenough y la mía demostró que ambos partidos estaban decididamente equivocados.
No puedo concluir estos pormenores de algunos episodios singularísimos en una vida en todo momento suficientemente agitada, sin volver a recordar a la atención del lector los méritos de esa filosofía indiscriminada que es escudo seguro y presto contra aquellos dardos de la calamidad que no pueden ser vistos, sentidos ni plenamente comprendidos.
Fue en el espíritu de esta sabiduría que, entre los antiguos hebreos, se creía que las puertas del Cielo se abrirían inevitablemente a aquel pecador, o santo, que, con buenos pulmones y confianza implícita, vociferara la palabra «¡Amén!».
Fue en el espíritu de esta sabiduría que, cuando una gran peste azotó Atenas y se habían intentado en vano todos los medios para erradicarla, Epiménides, como relata Laercio, en su segundo libro sobre aquel filósofo, aconsejó la erección de un altar y un templo «al Dios adecuado».
Lyttleton Barry.