Haré ahora el papel de Edipo ante el enigma de Rattleborough. Os explicaré —como solo yo puedo hacerlo— el secreto de la maquinaria que obró el milagro de Rattleborough: el único, el verdadero, el admitido, el indiscutido, el indiscutible milagro que puso fin definitivamente a la infidelidad entre los habitantes de Rattleborough, y convirtió a la ortodoxia de las abuelas a todos los mentalmente carnales que se habían atrevido a ser escépticos antes.
Este acontecimiento—del que lamento hablar con un tono de ligereza inadecuada—ocurrió en el verano de 18—. El señor Barnabas Shuttleworthy—uno de los ciudadanos más ricos y respetables del municipio— llevaba varios días desaparecido en circunstancias que hacían sospechar de un crimen. El señor Shuttleworthy había salido de Rattleborough muy temprano un sábado por la mañana, a caballo, con la intención declarada de dirigirse a la ciudad de ⸻, situada a unas quince millas de distancia, y de regresar la misma noche. Dos horas después de su partida, sin embargo, su caballo regresó sin él y sin las alforjas que llevaba atadas a la espalda al salir. El animal estaba herido, además, y cubierto de barro. Estas circunstancias despertaron naturalmente una gran alarma entre los amigos del desaparecido; y cuando se descubrió, el domingo por la mañana, que aún no había aparecido, todo el municipio se levantó en masse para ir a buscar su cadáver.
El más destacado y enérgico en instituir esta búsqueda era el amigo íntimo del señor Shuttleworthy: un tal señor Charles Goodfellow, o, como le llamaban universalmente, «Charley Goodfellow» o «el viejo Charley Goodfellow».
Ahora bien, ya sea por una coincidencia maravillosa, ya sea porque el nombre en sí ejerce un efecto imperceptible sobre el carácter, nunca he podido averiguarlo con certeza; pero el hecho es indiscutible de que jamás ha existido persona alguna llamada Charles que no fuese un tipo abierto, varonil, honesto, bondadoso y franco, con una voz rica y clara que daba gusto escuchar, y una mirada que te sostenía siempre los ojos de frente, como queriendo decir: «Tengo la conciencia tranquila, no le temo a nadie y estoy por encima de cometer cualquier bajeza».
Y de este modo, todos los cordiales y descuidos «galanes jóvenes» de los escenarios se llaman casi siempre Charles.
Ahora bien, el «viejo Charley Goodfellow», aunque no llevaba en Rattleborough más de seis meses más o menos, y aunque nadie sabía nada de él antes de que viniera a establecerse en el vecindario, no había experimentado la menor dificultad del mundo en hacer amistad con toda la gente respetable del burgo.
No había un solo hombre entre ellos que no hubiera aceptado su mera palabra por mil en cualquier momento; y en cuanto a las mujeres, no hay palabras para decir lo que no habrían hecho para complacerlo.
Y todo esto provenía de que lo hubieran bautizado con el nombre de Carlos y de que poseyera, en consecuencia, ese rostro ingenuo que es proverbial y auténticamente la «mejor carta de recomendación».
Ya he dicho que el señor Shuttleworthy era uno de los hombres más respetables y, sin duda, el más adinerado de Rattleborough, mientras que el «viejo Charley Goodfellow» mantenía una relación de tanta confianza con él como si hubieran sido hermanos. Los dos viejos caballeros eran vecinos colindantes y, aunque el señor Shuttleworthy rara vez, por no decir nunca, visitaba al «viejo Charley», y jamás se le vio probar bocado en su casa, esto no impedía que los dos amigos fueran sumamente íntimos, tal como acabo de señalar; pues el «viejo Charley» no dejaba pasar un solo día sin pasarse tres o cuatro veces para ver cómo le iban las cosas a su vecino, y muy a menudo se quedaba a desayunar o a merendar, y casi siempre a cenar, y en cuanto a la cantidad de vino que se tragaban los dos amigotes en una sola sentada, la verdad es que sería difícil de averiguar. La bebida favorita del «viejo Charley» era el Château Margaux, y parecía regocijarle el corazón al señor Shuttleworthy ver al viejo tragárselo, como lo hacía, cuartillo tras cuartillo; de modo que, un día, al calor del vino y del ingenio que, por consiguiente, andaba algo escaso, le dijo a su amigote, dándole una palmada en la espalda: —Te diré una cosa, «viejo Charley», eres, con mucho, el viejo más cordialmente entrañable con el que me he topado en toda mi vida, y ya que te gusta empinar el codo de esa manera, que me condene si no te hago un regalo de una gran caja de Château Margaux. Válgame Dios —(el señor Shuttleworthy tenía la mala costumbre de maldecir, aunque rara vez pasaba de «Válgame Dios», o «Por Dios bendito», o «Por vida de mi madre»),— «Válgame Dios», dijo, «si no mando un pedido a la ciudad esta misma tarde para pedir una caja doble de lo mejor que se pueda conseguir, y te voy a hacer un regalo de ella, ¡te lo juro! —no hace falta que digas ni una palabra ahora—, ¡lo haré, te lo digo yo, y se acabó!; así que espérala, ¡te llegará uno de estos hermosos días, justo cuando menos lo estés esperando!». Menciono este pequeño rasgo de generosidad por parte del señor Shuttleworthy tan solo para mostrarles cuán estrecha era la confianza que existía entre los dos amigos.
Bien, en la mañana del domingo en cuestión, cuando llegó a comprenderse claramente que al señor Shuttleworthy le había ocurrido una desgracia, nunca vi a nadie tan profundamente afectado como «el viejo Charley Goodfellow».
Cuando oyó por primera vez que el caballo había vuelto a casa sin su amo, sin las alforjas de su amo, y todo ensangrentado por un disparo de pistola que había atravesado de parte a parte el pecho del pobre animal sin llegar a matarlo del todo; cuando oyó todo esto, se puso tan pálido como si el hombre desaparecido hubiera sido su propio y querido hermano o padre, y se estremeció y tembló por completo como si le hubiera dado un ataque de paludismo.
Al principio estaba demasiado abrumado por el dolor como para poder hacer nada en absoluto, o idear ningún plan de acción; de modo que durante mucho tiempo se esforzó en disuadir a los demás amigos del señor Shuttleworthy de armar alboroto por el asunto, pues creía que lo mejor era esperar un tiempo —digamos una semana o dos, o un mes, o dos— para ver si surgía algo, o si el señor Shuttleworthy no regresaba de forma natural y explicaba los motivos por los que había enviado su caballo por delante. Me atrevo a decir que a menudo habéis observado esta tendencia a contemporizar, o a procrastinar, en personas que sufren una pena muy aguda. Sus facultades mentales parecen entorpecerse, de modo que sienten horror por cualquier cosa que se parezca a la acción, y no hay nada en el mundo que les guste tanto como quedarse quietos en la cama y «acariciar su pena», como se expresan las ancianas; es decir, rumiar el sufrimiento.
Los habitantes de Rattleborough tenían, en verdad, tan alta opinión de la sabiduría y la discreción del «viejo Charley», que la mayor parte de ellos se inclinaba a estar de acuerdo con él y a no armar revuelo en el asunto «hasta que surgiera algo», según la expresión del honrado viejo caballero; y creo que, después de todo, esa habría sido la decisión general, de no ser por la muy sospechosa injerencia del sobrino del señor Shuttleworthy, un joven de hábitos muy disipados y, por lo demás, de bastante mala conducta.
Este sobrino, cuyo nombre era Pennifeather, no quiso escuchar razones en lo tocante a «permanecer tranquilos», sino que insistió en emprender una búsqueda inmediata del «cadáver del hombre asesinado». Tal fue la expresión de que se valió; y el señor Goodfellow comentó agudamente en aquel momento que era «una expresión singular, por no decir otra cosa».
Este comentario del «viejo Charley» también surtió gran efecto entre la multitud; y a uno de los presentes se le oyó preguntar, con mucha fuerza, «cómo era que el joven señor Pennifeather estaba tan íntimamente al tanto de todas las circunstancias relacionadas con la desaparición de su adinerado tío como para sentirse autorizado a afirmar, neta e inequívocamente, que su tío era "un hombre asesinado"».
A raíz de esto se produjeron algunas pequeñas pullas y disputas entre varios miembros de la muchedumbre, y en especial entre el «viejo Charley» y el señor Pennifeather—aunque esto último no constituía en verdad ninguna novedad, pues apenas había existido buena voluntad entre ambos bandos durante los últimos tres o cuatro meses; y las cosas habían llegado a tal extremo que el señor Pennifeather de hecho había derribado al amigo de su tío debido a un supuesto exceso de confianza que este último se había tomado en la casa del tío, de la cual el sobrino era huésped.
En aquella ocasión se dice que el «viejo Charley» se comportó con ejemplar moderación y caridad cristiana. Se levantó tras el golpe, se arregló las ropas y no intentó en absoluto tomar represalias—limitándose a mascullar unas pocas palabras acerca de «tomar venganza sumaria a la primera oportunidad conveniente»,—una natural y muy justificada efusión de ira que, sin embargo, no significaba nada y que, indudablemente, tan pronto como fue exteriorizada quedó en el olvido.
Sean cuales fueren estos asuntos (los cuales no guardan relación con el punto que ahora se debate), es muy cierto que los habitantes de Rattleborough, principalmente por persuasión del señor Pennifeather, llegaron por fin a la determinación de dispersarse por la comarca adyacente en busca del desaparecido señor Shuttleworthy. Digo que llegaron a esta determinación en un principio. Una vez resuelto por completo que debía hacerse una búsqueda, se consideró casi natural que los buscadores se dispersaran —es decir, que se distribuyeran en partidas— para un examen más minucioso de la región circundante. Olvido, sin embargo, mediante qué ingenioso hilo de razonamiento fue que el «Viejo Charley» terminó por convencer a la asamblea de que este era el plan más imprudente que podía seguirse. No obstante, los convenció —a todos excepto al señor Pennifeather— y, al final, se dispuso que la búsqueda se llevara a cabo, con sumo cuidado y exhaustividad, por los burgueses en masa, guiando el propio «Viejo Charley» la marcha.
En cuanto a eso, no podría haber habido mejor pionero que «el viejo Charley», de quien todo el mundo sabía que tenía ojos de lince; pero, aunque los condujo por toda clase de escondrijos y recovecos, por rutas cuya existencia nadie había sospechado jamás en las inmediaciones, y aunque la búsqueda se mantuvo incesantemente día y noche durante casi una semana, no pudo descubrirse rastro alguno del señor Shuttleworthy.
Sin embargo, cuando digo rastro, no debe entenderse que hablo literalmente; pues rastro, en cierta medida, desde luego que lo había. Al infeliz caballero se le había seguido la pista, por las herraduras de su caballo (que eran peculiares), hasta un punto a unas tres millas al este del municipio, en el camino principal que conducía a la ciudad. Allí, el rastro se desviaba hacia un sendero a través de un trecho de frondosa arboleda; el sendero volvía a salir al camino principal, recortando media milla de la distancia habitual.
Siguiendo las marcas de las herraduras por este callejón, el grupo llegó por fin a un charco de agua estancada, medio oculto por las zarzas, a la derecha del camino, y frente a este charco se perdió todo vestigio del rastro. Parecía, sin embargo, que allí había tenido lugar un forcejeo de algún tipo, y daba la impresión de que algún cuerpo grande y pesado, mucho más grande y pesado que un hombre, había sido arrastrado desde el sendero hasta el charco.
Este último fue rastreado minuciosamente dos veces, pero no se encontró nada; y el grupo estaba a punto de marcharse, desesperado por no llegar a ningún resultado, cuando la Providencia le sugirió al señor Goodfellow la conveniencia de desecar el agua por completo. Este proyecto fue recibido con vítores y muchos grandes cumplidos hacia «el viejo Charley» por su sagacidad y consideración.
Como muchos de los burgueses habían llevado palas consigo, suponiendo que posiblemente se les exigiría desenterrar un cadáver, el desagüe se llevó a cabo fácil y rápidamente; y no bien quedó visible el fondo, justo en medio del lodo restante se descubrió un chaleco de terciopelo de seda negra, que casi todos los presentes reconocieron de inmediato como propiedad del señor Pennifeather.
Este chaleco estaba muy desgarrado y manchado de sangre, y había varias personas entre el grupo que recordaban claramente habérselo visto puesto a su dueño la misma mañana de la partida del señor Shuttleworthy hacia la ciudad; al tiempo que había otros, de nuevo, dispuestos a declarar bajo juramento, si fuera necesario, que el señor P. no había llevado la prenda en cuestión en ningún momento durante el resto de aquel memorable día, ni pudo encontrarse a nadie que dijera haberla visto puesta en el señor P. en ningún momento posterior a la desaparición del señor Shuttleworthy.
Las cosas presentaban ahora un aspecto muy grave para el señor Pennifeather, y se observó, como confirmación indudable de las sospechas que se habían levantado en su contra, que se puso sumamente pálido y que, al preguntársele qué tenía que decir en su defensa, fue incapaz de decir una sola palabra.
A esto, los pocos amigos que su disipado modo de vida le había dejado lo abandonaron al instante, hasta el último hombre, y exigieron con aún más gritos que sus antiguos y declarados enemigos su arresto inmediato. Pero, por otra parte, la magnanimidad del señor Goodfellow brilló con un brillo aún más deslumbrante por el contraste.
Hizo una defensa cálida e intensamente elocuente del señor Pennifeather, en la que aludió más de una vez a su propio y sincero perdón hacia aquel joven descarriado —«el heredero del digno señor Shuttleworthy»— por el ultraje que él (el joven) había tenido a bien, sin duda en el calor de la pasión, dirigirle a él (el señor Goodfellow).
«Lo perdonaba por ello», dijo, «desde el fondo de su corazón; y en cuanto a él (el señor Goodfellow), muy lejos de llevar al extremo las circunstancias sospechosas que, sentía decirlo, realmente habían surgido contra el señor Pennifeather, él (el señor Goodfellow) haría todos los esfuerzos a su alcance, emplearía toda la pequeña elocuencia que poseía para—para—para—atenuar, tanto como pudiera hacerlo en conciencia, los aspectos más graves de este asunto realmente sumamente desconcertante».
Mr. Goodfellow continuó durante una media hora más en este tono, muy en honor tanto a su cabeza como a su corazón; pero las personas de buen corazón rara vez son oportunas en sus observaciones—incurren en toda clase de desatinos, contratiempos y malapropismos, en el arrebato de su celo por servir a un amigo—, haciendo así, a menudo con las mejores intenciones del mundo, infinitamente más para perjudicar su causa que para promoverla.
Así, en el presente caso, sucedió con toda la elocuencia del «Viejo Charley»; pues, aunque trabajó con empeño en favor del sospechoso, ocurrió, de un modo u otro, que cada sílaba que pronunciaba cuya tendencia directa pero inconsciente no fuera la de exaltar al orador en la buena opinión de su audiencia, tuvo el efecto de profundizar la sospecha que ya pesaba sobre el individuo cuya causa defendía, y de despertar contra él la furia de la turba.
Uno de los errores más inexplicables cometidos por el orador fue su alusión al sospechoso como «el heredero del digno viejo señor Shuttleworthy». La gente en realidad nunca había pensado en esto antes. Solo recordaban ciertas amenazas de desheredamiento pronunciadas uno o dos años antes por el tío (que no tenía pariente vivo excepto el sobrino), y por lo tanto siempre habían considerado este desheredamiento como un asunto zanjado —tan ingenuas eran las criaturas que formaban la raza de los rattleburghianos—, pero el comentario del «Viejo Charley» los llevó de inmediato a considerar este punto, y así les hizo ver la posibilidad de que las amenazas no hubieran sido más que una amenaza. Y de inmediato, a raíz de esto, surgió la natural pregunta de cui bono? —una pregunta que tendía aún más que el chaleco a atribuir el terrible crimen al joven hombre—. Y aquí, para no ser malinterpretado, permítanme diferir por un momento meramente para observar que la extremadamente breve y simple frase en latín que he empleado es invariablemente mal traducida y malinterpretada. «Cui bono?» en todas las novelas de moda y en otras partes —en las de la señora Gore, por ejemplo (la autora de Cecil), una dama que cita todas las lenguas desde el caldeo hasta el chikasaw, y a quien el señor Beckford le proporciona su erudición, «según se necesita», siguiendo un plan sistemático—, en todas las novelas de moda, digo yo, desde las de Bulwer y Dickens hasta las de Turnapenny y Ainsworth, las dos pequeñas palabras en latín cui bono se traducen como «¿con qué propósito?» o (como si fuera quo bono) «¿de qué sirve?». Su verdadero significado, sin embargo, es «en beneficio de quién». Cui, para quién; bono, es para un beneficio. Es una frase puramente jurídica, aplicable precisamente en casos como el que ahora tenemos bajo consideración, donde la probabilidad del autor de un hecho depende de la probabilidad del beneficio que se derive para este o aquel individuo a partir de la realización del hecho. Ahora bien, en el presente caso, la pregunta cui bono? implicaba muy claramente al señor Pennifeather. Su tío lo había amenazado, tras hacer un testamento a su favor, con desheredarlo. Pero la amenaza en realidad no se había cumplido; el testamento original, al parecer, no había sido alterado. De haber sido alterado, el único motivo concebible para el asesinato por parte del sospechoso habría sido el ordinario de la venganza; e incluso este se habría visto contrarrestado por la esperanza de ser restituido en las gracias del tío. Pero al no estar alterado el testamento, mientras la amenaza de alterarlo permanecía pendiente sobre la cabeza del sobrino, aparece de inmediato el incentivo más fuerte posible para la atrocidad, y así lo concluyeron, con mucha sagacidad, los dignos ciudadanos del municipio de Rattle.
El señor Pennifeather fue, en consecuencia, arrestado en el acto, y la multitud, tras una búsqueda más exhaustiva, emprendió el camino de regreso a casa llevándolo bajo custodia.
En el trayecto, sin embargo, ocurrió otra circunstancia que tendía a confirmar la sospecha albergada. El señor Goodfellow, cuyo celo lo llevaba a estar siempre un poco adelantado al grupo, fue visto de súbito correr hacia adelante unos pocos pasos, agacharse y luego, Aparentemente, recoger algún objeto pequeño del —césped.
Tras examinarlo con rapidez, se observó también que hacía una especie de intento a medias por ocultarlo en el bolsillo de su abrigo; pero esta acción fue notificada, como digo, y por consiguiente impedida, momento en el cual se descubrió que el objeto recogido era un cuchillo español que una docena de personas reconoció de inmediato como propiedad del señor Pennifeather.
Además, sus iniciales estaban grabadas en el mango. La hoja de este cuchillo estaba abierta y ensangrentada.
No quedaba ya ninguna duda de la culpabilidad del sobrino, e inmediatamente después de llegar a Rattleborough fue llevado ante un magistrado para ser interrogado.
Aquí las cosas volvieron a tomar un giro sumamente desfavorable. El prisionero, al ser interrogado sobre su paradero en la mañana de la desaparición del señor Shuttleworthy, tuvo la absoluta audacia de reconocer que esa misma mañana había estado cazando ciervos con su rifle, en las inmediaciones del estanque donde el chaleco manchado de sangre había sido descubierto gracias a la sagacidad del señor Goodfellow.
Este último se adelantó y, con lágrimas en los ojos, pidió permiso para declarar. Dijo que un severo sentido del deber que debía a su Creador, ni menos que a sus semejantes, ya no le permitía seguir guardando silencio. Hasta entonces, el más sincero afecto por el joven (a pesar del mal trato que este último le había dado a él, el Sr. Goodfellow) le había inducido a formular cuantas hipótesis la imaginación pudiera sugerir, con el fin de intentar explicar lo que parecía sospechoso en las circunstancias que obraban de manera tan grave en contra del Sr. Pennifeather; pero estas circunstancias eran ahora del todo demasiado convincentes—demasiado lapidarias—; no vacilaría más—lo diría todo, aunque su corazón (el del Sr. Goodfellow) se partiese en dos de plano en el empeño. Continuó manifestando que, en la tarde del día anterior a la partida del Sr. Shuttleworthy hacia la ciudad, ese digno viejo le había mencionado a su sobrino, en presencia suya (la del Sr. Goodfellow), que su propósito al ir a la ciudad al día siguiente era hacer un depósito de una suma de dinero inusualmente grande en el «Banco de Granjeros y Mecánicos», y que, en ese mismo momento y lugar, el citado Sr. Shuttleworthy le había declarado rotundamente al citado sobrino su irrevocable determinación de revocar el testamento hecho originalmente y de desheredarle por completo. Él (el testigo) instó entonces solemnemente al acusado a declarar si lo que él (el testigo) acababa de afirmar era o no la verdad en todos sus aspectos sustanciales. Para gran asombro de todos los presentes, el Sr. Pennifeather admitió francamente que así era.
El magistrado consideró entonces su deber enviar a un par de alguaciles a registrar la habitación del acusado en la casa de su tío.
De este registro regresaron casi de inmediato con la conocida cartera de cuero rojizo y cantos de acero que el anciano había tenido la costumbre de llevar durante años.
Sin embargo, su valioso contenido había sido extraído, y el magistrado se esforzó en vano por arrancarle al prisionero el uso que se le había dado, o el lugar de su ocultación. En efecto, él negó obstinadamente todo conocimiento del asunto.
Los alguaciles también descubrieron, entre el colchón y el somier del infeliz, una camisa y un pañuelo de cuello, ambos marcados con las iniciales de su nombre y ambos horrendamente manchados con la sangre de la víctima.
En este momento, se anunció que el caballo del hombre asesinado acababa de expirar en el establo a causa de la herida que había recibido, y el señor Goodfellow propuso que se le hiciera inmediatamente una autopsia a la bestia, con el fin de descubrir la bala, si fuera posible.
Así se hizo en consecuencia; y, como para demostrar fuera de toda duda la culpabilidad del acusado, el señor Goodfellow, tras una considerable búsqueda en la cavidad torácica, pudo localizar y extraer una bala de un tamaño muy extraordinario que, al probarla, se vio que se adaptaba exactamente al calibre del rifle del señor Pennifeather, mientras que era demasiado grande para el de cualquier otra persona del buró o sus cercanías.
Sin embargo, para dejar el asunto aún más seguro, se descubrió que esta bala tenía una imperfección o marca perpendicular a la costura habitual y, al examinarla, dicha marca coincidía exactamente con un saliente o relieve accidental en un juego de moldes que el propio acusado reconoció como de su propiedad.
Tras el hallazgo de esta bala, el magistrado instructor se negó a escuchar más testimonios y remitió inmediatamente al prisionero a juicio, negándose rotundamente a aceptar fianza alguna en el caso, aunque contra esta severidad el señor Goodfellow protestó con mucha calidez y se ofreció a ser fiador por la cantidad que fuera necesaria.
Esta generosidad por parte del «viejo Charley» no hacía sino concordar con toda la tónica de su conducta amable y caballeresca durante todo el periodo de su estancia en el buró de Rattle. En esta ocasión, el digno hombre estaba tan completamente llevado por el calor excesivo de su simpatía, que parecía haber olvidado por completo, al ofrecerse para pagar la fianza de su joven amigo, que él mismo (el señor Goodfellow) no poseía ni un solo dólar de propiedad sobre la faz de la tierra.
El resultado del auto de procesamiento puede preverse fácilmente. El señor Pennifeather, en medio de las fuertes execraciones de todo Rattleborough, fue llevado a juicio en las siguientes sesiones criminales, cuando la cadena de pruebas circunstanciales (fortalecida como estaba por algunos datos incriminatorios adicionales, que la sensible escrupulosidad del señor Goodfellow le impidió retener ante el tribunal) se consideró tan ininterrumpida y tan completamente concluyente, que el jurado, sin levantarse de sus asientos, emitió un veredicto inmediato de «Guilty of murder in the first degree» [1].
Poco después, el infeliz desgraciado recibió sentencia de muerte y fue recluido en la cárcel del condado para aguardar la inexorable venganza de la ley.
Entre tanto, la noble conducta del «viejo Charley Goodfellow» lo había hecho doblemente querido para los honrados ciudadanos del municipio. Se convirtió en un favorito diez veces mayor que antes y, como resultado natural de la hospitalidad con la que era agasajado, relajó, por decirlo así y a la fuerza, los hábitos sumamente parsimoniosos que su pobreza lo había llevado a observar hasta entonces, celebrando muy a menudo pequeñas reuniones en su propia casa, donde el ingenio y la alegría reinaban soberanos, aunque empañados un poco, por supuesto, por el recuerdo ocasional del desdichado y melancólico destino que se cernía sobre el sobrino del difunto y lamentado amigo del alma del generoso anfitrión.
Un buen día, este magnánimo anciano se vio gratamente sorprendido al recibir la siguiente carta:—
Charles Goodfellow, Esq. , Rattleborough. From H. , F. , B. , & Co. Chat. Mar. A— No. 1.—6 doz. bottles (½ Gross).
“Charles Goodfellow, Esquire.
“ Dear Sir —In conformity with an order transmitted to our firm about two months since, by our esteemed correspondent, Mr. Barnabus Shuttleworthy, we have the honor of forwarding this morning, to your address, a double box of Château Margaux of the antelope brand, violet seal. Box numbered and marked as per margin.
“We remain, sir,
“Your most ob’nt ser’ts,
“Hoggs, Frogs, Bogs, & Co.
“City of ⸻, June 21, 18—.
“ P.S. —The box will reach you, by wagon, on the day after your receipt of this letter. Our respects to Mr. Shuttleworthy.
“ H. , F. , B. , & Co. ”
El caso es que el señor Goodfellow, desde la muerte del señor Shuttleworthy, había abandonado toda esperanza de recibir jamás el prometido Château Margaux; y, por consiguiente, lo consideraba ahora como una especie de especial dispensación de la Providencia en su favor.
Estaba sumamente encantado, por supuesto, y en la exuberancia de su alegría invitó a un numeroso grupo de amigos a un petit souper para el día siguiente, con el propósito de descorchar el obsequio del buen viejo señor Shuttleworthy.
No es que dijera nada acerca del «buen viejo señor Shuttleworthy» cuando cursó las invitaciones. El hecho es que lo pensó mucho y decidió no decir nada en absoluto. No le mencionó a nadie —si mal no recuerdo— que había recibido un regalo de Château Margaux. Se limitó a pedir a sus amigos que fueran a ayudarle a beber un poco, de una calidad extraordinariamente fina y rico sabor, que había mandado traer de la ciudad un par de meses atrás, y que recibiría al día siguiente.
A menudo me he quebrado la cabeza imaginando por qué razón «el viejo Charley» llegó a la conclusión de no decir nada acerca de haber recibido el vino de su viejo amigo, pero nunca pude comprender con precisión su motivo para tal silencio, aunque tuviera alguna excelente y muy magnánima razón, sin duda.
Por fin llegó el día siguiente, y con él una compañía muy numerosa y sumamente respetable a la casa del señor Goodfellow. En efecto, la mitad del municipio estaba allí —yo mismo entre ellos—, pero, para gran disgusto del anfitrión, el Château Margaux no llegó hasta una hora avanzada, y cuando los invitados ya le habían hecho los más amplios honores a la suntuosa cena servida por el «Viejo Charley». Llegó por fin, sin embargo —y además era una caja monstruosamente grande—, y como todo el grupo estaba de un humor extraordinariamente bueno, se decidió, por unanimidad, que fuera colocada sobre la mesa y su contenido destripado de inmediato.
Dicho y hecho. Eché una mano; y, en un abrir y cerrar de ojos, pusimos la caja sobre la mesa, en medio de todas las botellas y vasos, no pocos de los cuales resultaron destrozados en el forcejeo.
El «viejo Charley», que estaba bastante ebrio y con el rostro sumamente encendido, tomó asiento entonces, con un aire de fingida dignidad, a la cabecera de la mesa, y golpeó furiosamente sobre ella con una jarra, exigiendo a la concurrencia que guardara silencio «durante la ceremonia de desenterrar el tesoro».
Después de algunas vociferaciones, la calma quedó al fin plenamente restablecida y, como ocurre muy a menudo en casos semejantes, sobrevino un silencio profundo y notable.
Se me pidió entonces que forzara la tapa, a lo cual accedí, por supuesto, «con muchísimo gusto». Introducí un cincel y, dándole unos ligeros golpes con un martillo, la parte superior de la caja saltó de repente y, al mismo instante, incorporándose hasta quedar sentada, justo frente al anfitrión, surgió la maltrecha, sangrienta y casi podrida aparición del mismísimo y asesinado señor Shuttleworthy.
Este contempló durante unos segundos, con fijeza y tristeza, con sus ojos apagados y en descomposición, el rostro del señor Goodfellow; pronunció lenta, pero clara y solemnemente, las palabras: «¡Tú eres el hombre!» y luego, cayendo sobre el borde del arca como si estuviera plenamente satisfecho, estiró sus miembros con un temblor sobre la mesa.
La escena que siguió está por completo más allá de toda descripción. La avalancha hacia las puertas y las ventanas fue tremenda, y muchos de los hombres más robustos de la sala se desmayaron sin contemplaciones debido al puro horror.
Pero tras el primer estallido salvaje y chillón de espanto, todas las miradas se dirigieron al señor Goodfellow. Si viviera mil años, nunca podré olvidar la agonía más que mortal que se retrataba en aquel rostro cadavérico suyo, hasta hace poco rubicundo de triunfo y vino.
Durante varios minutos permaneció sentado, rígido como una estatua de mármol; sus ojos parecían, en la intensa vacuidad de su mirada, estar vueltos hacia adentro y absortos en la contemplación de su propia alma miserable y asesina.
Al fin su expresión pareció estallar repentinamente hacia el mundo exterior cuando, con un rápido salto, se levantó de su silla y, cayendo pesadamente con la cabeza y los hombros sobre la mesa, y en contacto con el cadáver, derramó rápida y vehementemente una confesión detallada del espantoso crimen por el cual el señor Pennifeather estaba entonces encarcelado y condenado a morir.
Lo que relató fue en esencia esto: —Siguió a su víctima hasta las inmediaciones del cenagal; allí disparó a su caballo con una pistola; despachó al jinete con la culata; se apoderó de la cartera y, creyendo que el caballo estaba muerto, lo arrastró con gran esfuerzo hasta las zarzas junto al estanque. Sobre su propia bestia cargó el cadáver del señor Shuttleworthy y lo llevó así a un lugar de ocultación seguro a gran distancia a través del bosque.
El chaleco, el cuchillo, la cartera y la bala habían sido colocados por él mismo en el lugar donde los encontraron, con el propósito de vengarse del señor Pennifeather. También había urdido el hallazgo del pañuelo y la camisa manchados.
Hacia el final del escalofriante relato, las palabras del infeliz culpable vacilaron y se volvieron huecas. Cuando la grabación por fin terminó, se levantó, retrocedió tambaleándose desde la mesa y cayó— muerto .
Los medios por los cuales esta confesión de tan oportuno momento fue extorsionada, aunque eficaces, eran en verdad sencillos. El exceso de franqueza del señor Goodfellow me había disgustado y despertado mis sospechas desde el principio.
Yo estuve presente cuando el señor Pennifeather le había golpeado, y la expresión diabólica que entonces brotó en su rostro, aunque momentánea, me aseguró que su amenaza de venganza se cumpliría con todo rigor, si ello era posible. Estaba así preparado para ver las maquinaciones del «Viejo Charley» bajo una luz muy diferente de aquella con la que eran consideradas por los buenos ciudadanos de Rattleborough.
Comprendí de inmediato que todos los descubrimientos incriminatorios surgían, ya fuera directa o indirectamente, de él mismo. Pero el hecho que me abrió claramente los ojos sobre el verdadero estado de las cosas fue el asunto de la bala, hallada por el señor G. en el cadáver del caballo. No había olvidado, aunque los habitantes de Rattleborough sí lo hubieran hecho, que había un agujero por donde la bala había entrado en el caballo, y otro por donde había salido.
Si se la encontraba en el animal entonces, tras haber hecho su salida, vi claramente que debió haber sido depositada por la persona que la encontró. La camisa y el pañuelo ensangrentados confirmaron la idea sugerida por la bala; pues la sangre, al ser examinada, resultó ser un clarete de primera, y nada más.
Cuando llegué a pensar en estas cosas, y también en el reciente aumento de generosidad y gastos por parte del señor Goodfellow, abrigué una sospecha que no era menos fuerte por el hecho de guardármela por completo para mí.
Entre tanto, instituí una rigurosa búsqueda privada del cadáver del señor Shuttleworthy y, por buenas razones, busqué en lugares tan divergentes como fue posible de aquellos a los que el señor Goodfellow condujo a su grupo.
El resultado fue que, al cabo de unos días, di con un viejo pozo seco, cuya boca estaba casi oculta por las zarzas; y allí, en el fondo, descubrí lo que buscaba.
Ahora bien, di la casualidad de que yo había escuchado la conversación entre los dos amigotes, cuando el señor Goodfellow se las había ingeniado para embaucar a su anfitrión con la promesa de una caja de Châteaux-Margaux.
Siguiendo esta pista, entré en acción. Conseguí un trozo rígido de ballena, se lo introduje por la garganta al cadáver y deposité a este último en una vieja caja de vino, cuidando de doblar el cuerpo de tal manera que la ballena quedara doblada con él.
De este modo, tuve que hacer presión a la fuerza sobre la tapa para mantenerla baja mientras la aseguraba con clavos; y previsiblemente anticipé que, en cuanto estos últimos fueran retirados, la parte superior saldría disparada y el cuerpo se incorporaría.
Habiendo dispuesto de este modo la caja, la marqué, numeré y rotulé tal como ya he dicho; y luego, escribiendo una carta en nombre de los comerciantes de vino con quienes trataba el señor Shuttleworthy, di instrucciones a mi criado para que llevara la caja en una carretilla hasta la puerta del señor Goodfellow, a una señal convenida por mí.
Para las palabras que pretendía que el cadáver pronunciara, confiaba plenamente en mis habilidades ventrílocuas; en cuanto a su efecto, contaba con la conciencia del mezquino asesino.
Creo que no hay nada más que explicar. El señor Pennifeather fue puesto en libertad en el acto, heredó la fortuna de su tío, aprovechó las lecciones de la experiencia, dio vuelta a la página y llevó felizmente de ahí en adelante una nueva vida.