Descubrí entonces, con mi extremo deleite, que habría podido hablar si mi boca no hubiera estado atada con el pañuelo de bolsillo.
Consolándome con esta reflexión, iba repitiendo mentalmente algunos pasajes de la «Omnipresencia de la Divinidad», según es mi costumbre antes de entregarme al sueño, cuando dos gatos, de índole codiciosa y vituperativa, entrando por un agujero en la pared, saltaron con un floreo a la Catalani y, posándose el uno frente al otro sobre mi rostro, se enfrascaron en una indecorosa contienda por la mezquina consideración de mi nariz.
Pero, así como la pérdida de sus orejas demostró ser el medio de elevar al trono de Ciro al mago o Mige-Gush de Persia, y así como el corte de su nariz le dio a Zopiro la posesión de Babilonia, de igual manera la pérdida de unas pocas onzas de mi semblante resultó ser la salvación de mi cuerpo.
Incitado por el dolor, y ardiendo de indignación, rompí de un solo esfuerzo las ataduras y la venda. Cruzando la habitación a zancadas, lancé una mirada de desprecio a los beligerantes y, abriendo el marco de la ventana hasta el extremo horror y desengaño de ellos, me precipité, con gran destreza, por el balcón.
El asaltante de correos W⸺, con quien guardaba un parecido singular, iba en ese momento de la cárcel de la ciudad al cadalso erigido para su ejecución en los suburbios. Su extrema debilidad y prolongada salud quebrantada le habían concedido el privilegio de permanecer sin esposas; y ataviado con su indumentaria de horca —muy similar a la mía—, yacía a lo largo en el fondo del carro del verdugo (que casualmente se hallaba bajo las ventanas del cirujano en el momento de mi precipitación) sin más custodia que el cochero, que estaba dormido, y dos reclutas del sexto de infantería, que estaban borrachos.