no dejaba de haber tres o cuatro escalones, ya de subida o de bajada. Luego, las ramificaciones laterales eran innumerables—inconcebibles— y volvían tan sobre sí mismas que nuestras ideas más exactas respecto a toda la mansión no eran muy diferentes de aquellas con las que reflexionábamos sobre el infinito. Durante los cinco años de mi residencia aquí, nunca fui capaz de averiguar con precisión en qué remoto lugar se hallaba el pequeño dormitorio asignado a mí y a otros dieciocho o veinte escolares.
El aula era la más grande de la casa—yo no podía evitar pensar que del mundo. Era muy larga, estrecha y lúgubremente baja, con ojivales ventanas góticas y un techo de roble. En un rincón remoto y temible había un recinto cuadrado de ocho o diez pies, que abarcaba el santuario, «durante las horas de clase», de nuestro director, el reverendo doctor Bransby. Era una