unos siete grados y quince minutos. ¡Cuál debió de ser por tanto mi asombro, al despertar de un sueño breve y alterado en la mañana de este día, el diecisiete, al hallar que la superficie bajo mis pies se había visto tan súbita y maravillosamente aumentada en volumen que subtendía nada menos que treinta y nueve grados de diámetro angular aparente! ¡Me quedé de piedra! Ningún poder verbal puede dar una idea adecuada del horror absoluto y extremo con el que fui presa, poseído y por completo abrumado. Mis rodillas flaquearon, mis dientes castañetearon, se me erizó el pelo. ‘¡El globo, pues, había estallado en realidad!’. Estos fueron los primeros pensamientos tumultuosos que cruzaron raudos por mi mente: ‘¡El globo había reventado sin duda! —¡Caía, caía con la velocidad más impetuosa y sin parangón! A juzgar por la inmensa distancia ya recorrida con tanta presteza, ¡no tardaría más de diez minutos, a lo sumo, en estrellarme contra la superficie de la tierra y verme arrojado a la aniquilación!’. Mas a la postre la reflexión vino en mi auxilio. Me detuve; medité; y comencé a dudar. El asunto era imposible. Razonablemente no podía haber descendido con tanta rapidez. Además, aunque me aproximaba de manera evidente a la superficie de abajo, lo hacía con una velocidad que no guardaba proporción con la que de forma tan horrible había concebido al principio. Esta consideración sirvió para calmar la turbación de mi mente y logré por fin contemplar el fenómeno desde su perspectiva adecuada. En verdad, el estupor debió de privarme por completo de los sentidos al no ver la vasta diferencia de aspecto entre la superficie situada bajo mis pies y la de mi madre tierra. Esta última se hallaba en realidad sobre mi cabeza y completamente oculta por el globo, mientras que la luna —la luna misma en todo su esplendor— yacía debajo de mí
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La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall
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