Para estar a mano, me quejé de mi debilidad visual y lamenté la necesidad de los anteojos, bajo cuya cobertura examiné con precaución y a fondo todo el apartamento, mientras aparentaba estar atento únicamente a la conversación de mi anfitrión.
Presté especial atención a una gran mesa de escribir cerca de la cual estaba sentado y sobre la cual yacían, en desorden, algunas cartas misceláneas y otros papeles, junto con uno o dos instrumentos musicales y unos pocos libros. Aquí, sin embargo, tras un examen largo y muy deliberado, no vi nada que despertara sospechas particulares.
“Al fin mis ojos, al recorrer el perímetro de la habitación, dieron con una baratija de cartón con filigranas para cartas, que pendía de una sucia cinta azul de un pequeño botón de latón justo debajo del centro de la repisa de la chimenea.
En este receptáculo, que tenía tres o cuatro compartimentos, había cinco o seis tarjetas de visita y una carta solitaria. Esta última estaba muy sucia y arrugada. Estaba rota casi en dos, por la mitad, como si un propósito inicial de destruirla por completo por considerarla inútil hubiera sido alterado, o suspendido, en un segundo momento.
Tenía un gran sello negro, que ostentaba el monograma D⸺ de forma muy conspicua, y estaba dirigida, con una letra femenina diminuta, al propio D⸺, el ministro. Había sido introducida sin cuidado, y hasta, según parecía, con desprecio, en una de las divisiones superiores del receptáculo.
Apenas eché un vistazo a esta carta, dediquérmela que era aquella que iba buscando. Cierto es que, a primera vista, difería radicalmente de la que el Prefecto nos había leído con tan minuciosa descripción. Aquí el sello era