—prosiguió—, yo decía cuando el señor Rey Peste metió su pasador de arganeo, que en cuanto al asunto de dos o tres galones más o menos de Black Strap, era una nusgagradabilidad para un barquito marinero como yo, que no va sobrecargado; ¡pero cuando se trata de beber a la salud del Diablo (a quien Dios perdone) y de ponerme de bruces ante su malencarada majestad de ahí, a quien conozco, tan bien como sé que soy un pecador, por no ser nadie en todo el mundo sino a Tim Hurlygurly, el comediante!, pues bien, ¡es otra cosa muy distinta y excede total y absolutamente de mi comprensión!
No le fue permitido terminar este discurso en tranquilidad. Al oír el nombre de Tim Hurlygurly, toda la asamblea saltó de sus asientos.
«¡Treason!» shouted his Majesty King Pest the First.
«¡Traición!», dijo el hombrecito con gota.
—¡Traición! —gritó la archiduquesa Ana-Pest.
—¡Traición! —murmuró el caballero con las quijadas atadas.
—¡Traición! —gruñó el del ataúd.
“¡Traición! ¡Traición!”, chilló su majestad de la boca; y, asiéndolo por la parte trasera de los calzones al desafortunado Lona, que acababa de empezar a servirse un cráneo de licor, lo levantó en alto en el aire y lo dejó caer sin ceremonia en el enorme tonel abierto de su amada cerveza.
Flotando arriba y abajo, durante unos segundos, como una manzana en un cuenco de ponche, al fin desapareció por completo en medio del torbellino de espuma que, en el licor ya efervescente, sus forcejeos lograron crear con facilidad.
No con mansedumbre, sin embargo, contempló el alto marino la derrota de su compañero. Empujando al rey Peste a través de la trampilla abierta,