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nydus/Short FictionPublic
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La caída de la casa de Usher

zaguán. Un ujier de paso furtivo me condujo entonces, en silencio, a través de muchos oscuros y enrevesados pasajes en mi camino hacia el estudio de su amo. Mucho de lo que encontré en el trayecto contribuyó, no sé cómo, a intensificar los vagos sentimientos de los que ya he hablado. Si bien los objetos a mi alrededor —mientras que los tallados de los techos, los sombríos tapices de las paredes, la negrura de ébano de los suelos y los fantasmagóricos trofeos heráldicos que tintineaban al caminar, no eran más que cosas a las cuales, o a otras semejantes, había estado acostumbrado desde mi infancia—, si bien no dudaba en reconocer cuán familiar me era todo aquello, no dejaba de asombrarme al comprobar cuán extrañas resultaban las fantasías que esas imágenes cotidianas despertaban en mí. En una de las escaleras me crucé con el médico de la familia. Su rostro, según creí notar, exhibía una expresión mixta de baja astucia y perplejidad. Me saludó con temor y siguió su camino. El criado abrió de par en par una puerta y me introdujo en la presencia de su amo.

La habitación en la que me hallaba era muy grande y alta. Las ventanas eran largas, estrechas y ojivales, y se encontraban a una distancia tan enorme del negro suelo de roble que resultaban del todo inaccesibles desde el interior. Débiles destellos de luz carmesí se abrían paso a través de los cristales enrejados y servían para distinguir con suficiente claridad los objetos más destacados de alrededor; la vista, sin embargo, se esforzaba en vano por alcanzar los ángulos más remotos de la estancia o los recodos del techo abovedado y artesonado. Oscuros cortinajes colgaban de las paredes. El mobiliario en general era abundante, incómodo, antiguo y destartalado. Muchos libros e instrumentos musicales yacían esparcidos por aquí y por allí, pero no lograban infundir ninguna vitalidad a la escena.

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