dudaba con quién hablaba. La palidez ahora cadavérica de la piel, y el brillo ahora milagroso de los ojos, sobre todas las cosas me asombraron y hasta me infundieron temor. El cabello sedoso, también, se había dejado crecer sin ningún cuidado, y mientras, en su textura de gasa silvestre, flotaba más bien que caía alrededor del rostro, no pude, ni aun con esfuerzo, asociar su expresión arabesca con ninguna idea de simple humanidad.
En los modales de mi amigo me llamó de pronto la atención una incoherencia—una inconsistencia—; y pronto descubrí que esto provenía de una serie de débiles y fútiles esfuerzos por vencer una trepidación habitual—una excesiva agitación nerviosa. Para algo de esta naturaleza me hallaba, en verdad, preparado, no menos por su carta que por los recuerdos de ciertos rasgos infantiles y por las deducciones sacadas de su peculiar conformación física y temperamento. Su actitud era alternativamente vivaz y hosca. Su voz variaba rápidamente de una tremula indecisión (cuando los ánimos parecían totalmente suspendidos) a esa especie de enérgica concisión—esa enunciación abrupta, pesada, pausada y de eco hueco—, esa dicción gutural, plomiza, equilibrada y perfectamente modulada que puede observarse en el borracho empedernido o en el incorregible consumidor de opio, durante los períodos de su más intenso paroxismo.
Fue así como habló del motivo de mi visita, de su ferviente deseo de verme y del consuelo que esperaba que yo le brindara. Explicó, con cierta extensión, lo que consideraba la naturaleza de su enfermedad. Era, según dijo, un mal constitucional y de familia, y uno para el cual desesperaba hallar remedio; una mera afección nerviosa, añadió de inmediato, que sin duda pasaría pronto. Se manifestaba en una multitud de sensaciones anticuadas. Algunas de éstas, al detallarlas, me interesaron y desconcertaron; aunque, tal vez, los términos y el modo general de la