A continuación, el Ángel de lo Insólito rellenó mi copa (que estaba llena de Oporto hasta un tercio más o menos) con un líquido incoloro que vertió de una de sus botellas de mano. Observé que estas botellas tenían etiquetas alrededor del cuello y que en dichas etiquetas estaba inscrito «Kirschenwasser».
La considerada amabilidad del Ángel me calmó en no pequeña medida; y, ayudado por el agua con la que él mismo aguó mi Oporto más de una vez, logré al fin recuperar la ecuanimidad suficiente como para escuchar su muy extraordinario discurso.
No puedo pretender relatar todo lo que me dijo, pero deduje de sus palabras que era el genio que presidía los contratiempos de la humanidad, y cuya labor consistía en provocar los extraños accidentes que continuamente desconciertan al escéptico.
Una o dos veces, al atreverme a expresar mi total incredulidad respecto a sus pretensiones, se enfadó muchísimo, de modo que al fin consideré más prudente no decir nada en absoluto y dejar que se saliera con la suya. Continuó hablando, por lo tanto, durante largo rato, mientras yo me limitaba a recostarme en el sillón con los ojos cerrados y me entretenía masticando pasas y lanzando los rabitos por la habitación.
Pero, al poco rato, el Ángel interpretó de repente este comportamiento mío como una muestra de desprecio. Se levantó en un terrible acceso de furia, se encasquetó el embudo hasta los ojos, profirió un gran juramento, lanzó una amenaza de cierta índole que no llegué a comprender del todo y, por último, me hizo una profunda reverencia y se marchó, deseándome, en las palabras del arzobispo de Gil Blas, « beaucoup de bonheur et un peu plus de bon sens. »
Su marcha me produjo alivio. Los poquísimos vasos de Lafitte que había saboreado tuvieron el efecto de adormecerme, y sentí deseos de echar una siesta de unos quince o veinte minutos, tal como es mi costumbre después de cenar.