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nydus/Short FictionPublic
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El hombre de negocios

verdad, era excelente, por céntrica, y disponía de betún y cepillos de primera. Mi perrito, además, estaba bien gordo y se conocía todos los trucos. Llevaba mucho tiempo en el gremio y, puedo decir que lo entendía. Nuestra rutina general era esta: Pompeyo, tras revolcarse bien en el fango, se sentaba sobre sus cuartos traseros en la puerta de la tienda hasta que veía venir a un dandy con botas relucientes. Entonces salía a su encuentro y les daba un par de pasadas a las Wellington con la lana. Luego el dandy maldecía profusamente y buscaba con la mirada a un limpiabotas. Allí estaba yo, a su entera vista, con el betún y los cepillos. Era cuestión de un minuto y luego venía un penique de plata. Esto funcionó moderadamente bien durante un tiempo; de hecho, yo no era avaricioso, pero mi perro sí. Le permitía un tercio de las ganancias, pero le aconsejaron que exigiera la mitad. Eso no lo pude soportar; así que nos peleamos y nos separamos.

A continuación probé suerte con el Organillo durante un tiempo, y puedo decir que no me fue nada mal.

Es un negocio llano, directo, que no requiere ninguna habilidad en particular. Se puede conseguir una caja de música por cuatro perras, y para ponerla a punto, no hay más que abrir el mecanismo y darle tres o cuatro buenos martillazos. Mejora el tono del cacharro, para fines comerciales, más de lo que se pueden imaginar.

Hecho esto, uno solo tiene que pasearse, con el molinillo a la espalda, hasta que ve corteza de árbol en la calle y un llamador envuelto en ante. Entonces uno se detiene y hace girar la manivela; con cara de estar dispuesto a seguir girando hasta el día del juicio.

Al poco se abre una ventana y alguien le arroja a uno un sixpence, con la petición de que «se calle y se largue», etc. Sé que algunos organilleros se han podido permitir «largarse» por esa cantidad; pero, por mi parte, el desembolso de capital necesario me pareció demasiado grande como para permitirme «largarme» por menos de un chelín.

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