El negocio de las Agresiones y Palizas, a cuya aventura me veía ahora forzado para ganarme la vida, se adaptaba un tanto mal a la delicada naturaleza de mi constitución; pero me puse a trabajar en él con buen ánimo, y hallé en esto mi provecho, como hasta entonces, gracias a esos severos hábitos de precisión metódica que me habían machacado en la cabeza aquella encantadora anciana nodriza—en verdad sería el más vil de los hombres si no la recordara bien en mi testamento.
Observando, como digo, el más estricto sistema en todos mis tratos y llevando un conjunto de libros bien regulados, pude superar muchas dificultades graves y, a la postre, instalarme muy decentemente en la profesión. La verdad es que pocos individuos, en cualquier ramo, hacían un negocio más próspero que el mío.
Voy a copiar apenas una página más o menos de mi Diario; y esto me ahorrará la necesidad de tocar la trompeta por mí mismo—una práctica despreciable de la que ningún hombre magnánimo se hará culpable. Ahora bien, el Diario es algo que no miente.
“1 de enero.—Año Nuevo. Encontré a Snap en la calle, mareado. Nota: servirá. Encontré a Gruff poco después, borracho perdido. Nota: también servirá. Apunté a ambos caballeros en mi Libro Mayor y les abrí una cuenta corriente a cada uno.
“2 de ene.—Vi a Snap en la Bolsa, me acerqué y le pisé el dedo del pie. Cerró el puño y me derribó de un golpe. ¡Bien!—me volví a levantar. Cierta dificultad sin importancia con Bag, mi abogado. Yo quiero que los daños y perjuicios sean de mil, pero él dice que por una caída tan simple no podemos fijarlos en más de quinientos. Nota—debo deshacerme de Bag—, carece por completo de método.