que le provocaba continuamente, por excesos, el fracaso en el éxito de la honradez. Era en muchos aspectos semejante a Francis Vivian en la novela Los Caxton de Bulwer. La pasión, en él, englobaba muchas de las peores emociones que militan contra la felicidad humana. No se le podía contradecir sin suscitar una cólera inmediata; no se le podía hablar de riqueza sin que su mejilla palideciera con una envidia roedora. Las asombrosas ventajas naturales de este pobre muchacho —su belleza, su presteza, el espíritu audaz que respiraba a su alrededor como una atmósfera de fuego— habían elevado su innata confianza en sí mismo hasta una arrogancia que convertía sus propios títulos a la admiración en prejuicios en su contra. Irascible, envidioso —bastante malo, pero no lo peor, pues todos estos ángulos salientes estaban barnizados con un frío y repulsivo cinismo—, sus pasiones se desahogaban en burlas. No parecía poseer sensibilidad moral alguna; y, lo que era más notable en una orgullosa naturaleza, poco o nada del verdadero sentido del honor. Tenía, hasta un exceso mórbido, ese deseo de ascender que se denomina vulgarmente ambición, pero ningún anhelo de la estima o del amor de su especie; tan solo el duro deseo de triunfar —no de brillar, no de servir—, triunfar para tener el derecho de despreciar a un mundo que irritaba su vanidad. > “Hemos sugerido la influencia de sus propósitos y vicisitudes en su literatura. Fue más notoria en sus escritos tardíos que en los tempranos. Casi todo lo que escribió en los últimos dos o tres años —incluyendo gran parte de su mejor poesía— era en cierto sentido biográfico; en los ropajes de su imaginación, aquellos que se hubieran tomado la molestia de seguir sus pasos podían
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La muerte de Edgar Allan Poe
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