5 de abril. —Me devora casi el hastío. Pundit es la única persona con quien se puede conversar a bordo; y él, ¡pobre alma!, no puede hablar de otra cosa que de antigüedades. ¡Se ha pasado el día entero intentando convencerme de que los antiguos amricanos se gobernaban a sí mismos! —¿se oyó jamás semejante absurdo?—, de que existían en una especie de confederación de sálvese quien pueda, al estilo de los «perros de las praderas» de los que leemos en las fábulas. Dice que empezaron con la ocurrencia más estrambótica imaginable, a saber: que todos los hombres nacen libres e iguales—esto a pesar de las leyes de gradación tan visiblemente impresas en todas las cosas, tanto en el universo moral como en el físico. Cada hombre «votaba», como ellos lo llamaban—es decir, se metía en los asuntos públicos—hasta que al fin se descubrió que lo que es asunto de todos no es de nadie, y que la «República» (así llamaban a esa cosa absurda) se había quedado sin gobierno alguno. Se cuenta, sin embargo, que la primera circunstancia que perturbó, muy particularmente, la autocomplacencia de los filósofos que construyeron esta «República», fue el sorprendente descubrimiento de que el sufragio universal daba pie a maquinaciones fraudulentas, mediante las cuales se podía emitir en cualquier momento un número cualquiera de votos deseados, sin la posibilidad de impedirlo ni siquiera detectarlo, por parte de cualquier facción que fuera simplemente lo bastante villana como para no avergonzarse del fraude. Un poco de reflexión sobre este descubrimiento bastó para hacer evidentes las consecuencias, a saber, que la villanía debía predominar—en una palabra, que un gobierno republicano jamás podría ser otra cosa que un gobierno de bribones. Mientras los filósofos, sin embargo, se afanaban en enrojecer por su estupidez al no haber previsto estos inevitables males, y se dedicaban a inventar nuevas teorías, el asunto tuvo un desenlace abrupto a manos de un sujeto llamado Chusma , que tomó todo en sus propias manos e instauró un despotismo en comparación con el cual los de los fabulosos Zeros y Helofagábalos eran respetables y deleitables. Se dice que esta Chusma (un extranjero, por cierto) fue el más odioso de todos los hombres que han estorbado la tierra. Era un gigante de estatura—insolente, rapaz, inmundo, tenía la hiel de un novillo con el corazón de una hiena y los sesos de un pavo real. Murió, al fin, a fuerza de sus propias energías, que lo agotaron. No obstante, tuvo su utilidad, como todo lo tiene, por vil que sea, y dio a la humanidad una lección que hasta el día de hoy no corre peligro de olvidar: la de no ir jamás directamente en contra de las analogías naturales. En cuanto al republicanismo, no pudo hallarse analogía alguna para él sobre la faz de la tierra—a menos que exceptuemos el caso de los «perros de las praderas», excepción que parece demostrar, si acaso, que la democracia es una forma de gobierno muy admisible... para los perros.
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“Pensaba en esto —continuó el P., interrumpiendo mi meditación—, pensaba en el origen extraordinario de algunas de nuestras leyes más sabias. Por ejemplo, la prohibición del tabaco. ¡Qué absurdo nos parece hoy! Y sin embargo, ¿puedes concebir un disparate mayor que el de nuestros antepasados al fuma
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