La realidad supera a la ficción.
Habiendo tenido ocasión, últimamente, en el curso de ciertas investigaciones orientales, de consultar el Tellmenow Isitsöornot , una obra que (al igual que el Zohar de Simeón Jochaides) apenas se conoce, ni siquiera en Europa; y que jamás ha sido citada, que yo sepa, por ningún estadounidense—si exceptuamos, tal vez, al autor de las Curiosidades de la literatura americana—; habiendo tenido ocasión, digo, de hojear algunas páginas de la primeramente mencionada y muy notable obra, no fue pequeña mi sorpresa al descubrir que el mundo literario ha vivido hasta el presente en un extraño error respecto al destino de la hija del visir, Scheherazade, tal como ese destino se describe en Las mil y una noches; y que el desenlace allí ofrecido, si bien no es del todo inexacto en la medida en que abarca, al menos es culpable de no haber ido mucho más lejos.
Para obtener información completa sobre este interesante tema, debo remitir al lector curioso al mismísimo Isitsöornot; pero, entretanto, se me perdonará que ofrezca un resumen de lo que allí descubrí.
Se recordará que, en la versión habitual de los cuentos, cierto monarca, teniendo buenos motivos para estar celoso de su reina, no sólo le da muerte, sino que hace un juramento, por su barba y el profeta, de desposar cada noche a la doncella más hermosa de sus dominios y a la mañana siguiente entregarla al verdugo.
Habiendo cumplido este voto durante muchos años al pie de la letra, y con una religiosa puntualidad y un método que le granjearon gran mérito como hombre de sentimientos devotos y excelente juicio, fue interrumpido una tarde (sin duda en sus oraciones) por la visita de su gran visir, a cuya hija, al parecer, se le había ocurrido una idea.
Se llamaba Sherezade, y su idea era que o bien libraría al país del tributo que despoblaba su belleza, o perecería, según la stilizada costumbre de todas las heroínas, en el intento.
Por consiguiente, y aunque no descubrimos que sea año bisiesto (lo que hace que el sacrificio sea más meritorio), ella comisiona a su padre, el gran visir, para hacerle al rey una oferta de su mano. Esta mano el rey la acepta con entusiasmo —(tenía la intención de tomarla de todos modos, y había postergado el asunto día tras día solo por miedo al visir)—, pero, al aceptarla ahora, da a entender muy claramente a todas las partes que, gran visir o no gran visir, no tiene la más mínima intención de renunciar ni a un ápice de su voto o de sus privilegios. Cuando, por lo tanto, la bella Scherezada insistió en casarse con el rey, y efectivamente se casó con él a pesar del excelente consejo de su padre de no hacer nada por el estilo —cuando quiso y se casó con él, digo, quisiera o no quisiera—, fue con sus hermosos ojos negros tan bien abiertos como la naturaleza del caso lo permitía.
Parece, sin embargo, que esta doncella tan política (que había estado leyendo a Maquiavelo, sin duda alguna) tenía en mente una pequeña e ingeniosa intriga.
En la noche de las bodas, se las ingenió, con no recuerdo qué pretexto especioso, para que su hermana ocupara un lecho lo suficientemente cercano al de la real pareja como para permitir una fácil conversación de cama a cama; y, un poco antes del canto del gallo, se cuidó de despertar al buen monarca, su esposo (quien no le guardaba peor voluntad por el hecho de tener la intención de torcerle el cuello al día siguiente) —se las arregló para despertarlo, digo (a pesar de que, debido a una conciencia inmaculada y a una fácil digestión, dormía bien)— mediante el profundo interés de un cuento (sobre una rata y un gato negro, creo) que le estaba narrando (todo en voz baja, por supuesto) a su hermana.
Cuando rompió el día, da la casualidad de que esta historia no estaba del todo terminada, y que Scherezada, por la propia naturaleza de las cosas, no podía concluirla justo en ese momento, ya que era la hora de levantarse y ser estrangulada con una cuerda de arco —¡una cosa muy poco más agradable que la horca, solo que un ápice más distinguida!
Sin embargo, la curiosidad del rey, prevaleciendo, lamento decirlo, incluso sobre sus sólidos principios religiosos, le indujo por esta única vez a posponer el cumplimiento de su voto hasta la mañana siguiente, con el propósito y la esperanza de escuchar esa noche cómo había terminado el asunto entre el gato negro (un gato negro, creo que era) y la rata.
Llegada la noche, sin embargo, la dama Sherezade no solo dio el toque definitivo al gato negro y a la rata (la rata era azul), sino que, antes de darse bien cuenta de lo que hacía, se vio envuelta de lleno en las complejidades de una narración relacionada (si no me equivoco del todo) con un caballo rosado (con alas verdes) que marchaba, de manera violunta, a través de un mecanismo de relojería, y al que se le daba cuerda con una llave de añil. Con esta historia el rey quedó aún mucho más profundamente interesado que con la otra —y, como el día despuntó antes de su conclusión (a pesar de todos los esfuerzos de la reina por terminarla a tiempo para la decapitación con cuerda de arco), no hubo de nuevo más recurso que posponer dicha ceremonia como antes, por veinticuatro horas. La noche siguiente ocurrió un accidente similar con un resultado similar; y luego la siguiente— y de nuevo la siguiente; de modo que, al final, el buen monarca, viéndose inevitablemente privado de toda oportunidad de cumplir su voto durante un periodo de nada menos que mil y una noches, o bien lo olvida por completo al expirar este tiempo, o logra que lo absoluevan de la manera habitual, o (lo que es más probable) lo infringe abiertamente, así como la cabeza de su confesor. Sea como fuere, Sherezade, quien, al ser descendiente en línea directa de Eva, heredó tal vez las siete cestas de charla enteras que esta última dama, como todos sabemos, recogió bajo los árboles del jardín del Edén; Sherezade, digo, triunfó al fin, y el arancel sobre la belleza quedó abolicionado.
Ahora bien, esta conclusión (que es la del cuento tal como ha llegado hasta nosotros) es, sin duda, sumamente decorosa y agradable; mas, ¡ay!, como tantas cosas agradables, es más agradable que cierta, y se lo debo enteramente al Isitsöornot el medio de corregir el error.
« Le mieux —dice un proverbio francés— est l’ennemi du bien », y, al mencionar que Scherezada había heredado las siete cestas de charla, debí haber añadido que las puso a interés compuesto hasta que sumaron setenta y siete.
“Mi querida hermana”, dijo ella en la milésima segunda noche (cito textualmente, en este punto, el idioma de los Isitsöornot), “mi querida hermana”, dijo, “ahora que este pequeño inconveniente con la cuerda del arco se ha disipado y que este odioso impuesto ha sido felizmente derogado, siento que he cometido una gran indiscreción al ocultarles a ti y al rey (quien, lamento decirlo, ronca, algo que ningún caballero haría) el final completo de Simbad el marino.
Este personaje atravesó muchas otras aventuras, más interesantes aún que aquellas que relaté; pero lo cierto es que tenía sueño en la noche particular de su narración, y así me dejé seducir para abreviarlas, una falta grave por la cual solo confío en que Alá me perdone.
Pero aun ahora no es demasiado tarde para remediar mi gran negligencia; y tan pronto como le haya dado un pellizco o dos al rey para despertarlo lo suficiente como para que deje de hacer ese ruido horrible, de inmediato los entretendré a ti (y a él, si le place) con la continuación de esta historia tan notable”.
A esto la hermana de Sherezade, según lo tengo entendido por el Isitsöornot, no manifestó una intensidad muy particular de satisfacción; pero el rey, habiendo sido lo suficientemente pellizcado, al fin dejó de roncar y finalmente dijo: «¡Hum!» y luego: «¡Jo!», tras lo cual la reina, comprendiendo que estas palabras (que sin duda son árabes) significaban que estaba todo atención y que haría lo posible por no volver a roncar —la reina, digo, habiendo arreglado estos asuntos a su entera satisfacción—, reanudó así, de inmediato, la historia de Simbad el marino:
“ ‘Por fin, en mi vejez’, (estas son las palabras del propio Simbad, tal como las relata Sherezade)—‘por fin, en mi vejez, y tras disfrutar de muchos años de tranquilidad en mi hogar, volví a sentir el deseo de visitar países extranjeros; y un día, sin comunicar mi propósito a ninguno de los miembros de mi familia, empaqueté unos cuantos bultos de la mercancía más preciada y menos voluminosa, y, contratando a un porteador para que los llevara, bajé con él a la orilla del mar, para aguardar la llegada de cualquier barca fortuita que pudiera sacarme del reino rumbo a alguna región que aún no hubiera explorado’.
“ ‘Habiendo depositado los paquetes sobre la arena, nos sentamos bajo unos árboles y miramos hacia el océano con la esperanza de divisar un barco, pero durante varias horas no vimos ninguno en absoluto. Al fin creí oír un singular zumbido o murmullo; y el porteador, tras escuchar un momento, declaró que él también podía distinguirlo. Al poco rato se hizo más fuerte, y luego aún más fuerte, de modo que no podíamos dudar de que el objeto que lo causaba se nos estaba acercando. Por fin, en el límite del horizonte, descubrimos un punto negro, que aumentó rápidamente de tamaño hasta que pudimos distinguir que era un vasto monstruo, nadando con gran parte de su cuerpo por encima de la superficie del mar. Se acercó a nosotros con rapidez inconcebible, levantando enormes olas de espuma alrededor de su pecho e iluminando toda aquella parte del mar por la que pasaba con una larga línea de fuego que se extendía a lo lejos.
«—A medida que la cosa se acercaba la vimos con mucha distinción. Su longitud era igual a la de tres de los árboles más altos que crecen, y era tan ancha como la gran sala de audiencias de vuestro palacio, ¡oh, sublime y munificiente de los califas! Su cuerpo, que no se parecía al de los peces ordinarios, era tan sólido como una roca, y de una negrura de azabache en toda aquella porción del mismo que flotasé por encima del agua, con la excepción de una estrecha raya rojo sangre que lo ceñía por completo. El vientre, que flotaba bajo la superficie, y del cual solo podíamos captar un vislumbre de vez en cuando a medida que el monstruo subía y bajaba con las olas, estaba enteramente cubierto de escamas metálicas, de un color semejante al de la luna con tiempo brumoso. El dorso era plano y casi blanco, y de él se extendían hacia arriba más de seis espinas, de una longitud aproximada a la mitad de todo el cuerpo.
“—La horrible criatura no tenía boca que pudiéramos percibir; pero, como para compensar esta deficiencia, estaba provista de al menos ochenta ojos, que sobresalían de sus órbitas como los de la libélula verde, y estaban dispuestos alrededor de todo el cuerpo en dos hileras, una encima de la otra, y paralelas a la raya rojo sangre, que parecía cumplir la función de ceja. Dos o tres de estos espantosos ojos eran mucho más grandes que los demás, y tenían la apariencia de oro macizo.
“Aunque esta bestia se nos acercó, como he dicho antes, con la mayor rapidez, debía de estar movida enteramente por nigromancia, pues no tenía ni aletas como un pez, ni patas membranosas como un pato, ni alas como la concha marina que se impulsa a la manera de una embarcación; ni tampoco se arrastraba retorciéndose como hacen las anguilas. Su cabeza y su cola tenían exactamente la misma forma, solo que, no lejos de esta última, había dos pequeños agujeros que servían de fosas nasales, y a través de los cuales el monstruo expulsa su aliento espeso con prodigiosa violencia y con un ruido chillón y desagradable.
“‘Nuestro terror al contemplar esta cosa espantosa fue muy grande, pero se vio superado con creces por nuestro asombro cuando, al acercarnos más, percibimos sobre el lomo de la criatura una gran cantidad de animales del tamaño y la forma de los hombres, y en todo muy parecidos a ellos, excepto en que no llevaban ropas (como los hombres), estando provistos (por la naturaleza, sin duda) de una cubierta fea e incómoda, bastante parecida a la tela, pero tan ceñida a la piel que volvía a los pobres infelices ridículamente torpes y, al parecer, los sometería a un dolor intenso. En las puntas mismas de sus cabezas había ciertas cajas de aspecto cuadrado que, a primera vista, pensé que podrían haber tenido la intención de servir como turbantes, pero pronto descubrí que eran excesivamente pesadas y macizas, por lo que deduje que eran ingenios diseñados, por su gran peso, para mantener las cabezas de los animales firmes y seguras sobre sus hombros. Alrededor de los cuellos de las criaturas iban atados collares negros (insignias de servidumbre, sin duda), como los que ponemos a nuestros perros, solo que mucho más anchos e infinitamente más rígidos, de modo que era totalmente imposible para estas pobres víctimas mover la cabeza en cualquier dirección sin mover el cuerpo al mismo tiempo; y así estaban condenados a la contemplación perpetua de sus narices, una vista remetida y chata en un grado maravilloso, si no positivamente espantoso’.
“ —Cuando el monstruo casi había llegado a la orilla donde estábamos, de repente sacó uno de sus ojos a gran distancia, y emitió desde él un terrible destello de fuego, acompañado de una densa nube de humo y de un ruido que no puedo comparar con nada más que con el trueno. Al disiparse el humo, vimos a uno de los extraños hombres-animales de pie cerca de la cabeza de la gran bestia con una trompeta en la mano, a través de la cual (llevándosela a la boca) se dirigió a nosotros al poco rato en tonos altos, ásperos y desagradables que, tal vez, habríamos tomado por lenguaje de no haber salido por completo a través de la nariz”.
—Siendo de este modo evidentemente interpelado, no sabía qué responder, pues de ningún modo podía comprender lo que se decía; y en esta dificultad me volví hacia el porteador, que estaba a punto de desmayarse de terror, y le exigí su opinión acerca de qué especie de monstruo era, qué quería y qué clase de criaturas eran aquellas que tanto hormigueaban en su lomo.
A esto respondió el porteador, tan bien como pudo debido al temblor, que había oído hablar una vez antes de esta bestia marina; que era un demonio cruel, con entrañas de azufre y sangre de fuego, creado por genios malvados como medio para infligir miseria a la humanidad; que las cosas sobre su lomo eran alimañas, como las que a veces infestan a los gatos y a los perros, solo que un poco más grandes y más salvajes; y que estas alimañas tenían sus usos, por malvados que fuesen —pues, a través de la tortura que causaban a la bestia con sus mordiscos y aguijones, era aguijoneada hasta alcanzar el grado de ira necesario para hacerla rugir y cometer maldades, cumpliendo así con los designios vengativos y maliciosos de los genios malvados.
“Este relato me determinó a huir a la desbandada y, sin mirar atrás ni una sola vez, corrí a toda velocidad hacia las colinas, mientras el porteador corría con igual rapidez, aunque casi en dirección opuesta, de modo que, por estos medios, logró finalmente escapar con mis bultos, de los cuales no dudo que cuidó excelentemente —aunque este es un punto que no puedo precisar, ya que no recuerdo haber vuelto a verlo jamás.
“—Por mi parte, fui tan acosado por un enjambre de hombres-alimaña (que habían venido a la orilla en botes) que muy pronto fui alcanzado, atado de pies y manos, y conducido a la bestia, la cual inmediatamente nadó de nuevo hacia mitad del mar.
“ —Ahora me arrepentía amargamente de mi locura al haber abandonado un hogar confortable para arriesgar mi vida en aventuras como esta; pero, como el arrepentimiento era inútil, me resigné a mi suerte y me esforcé por ganarme la buena voluntad del hombre-animal que poseía la trompeta, y que parecía ejercer autoridad sobre sus semejantes. Tuve tanto éxito en este empeño que, en pocos días, la criatura me concedió varias muestras de su favor y, al final, se tomó incluso la molestia de enseñarme los rudimentos de lo que tenía la vanidad de denominar su idioma; de modo que, a la postre, pude conversar con él con fluidez y logré hacerle comprender mi ardiente deseo de ver el mundo.
“ —«Washish squashish squeak, Simbad, hey-diddle diddle, grunt unt grumble, hiss, fiss, whiss», me dijo un día después de cenar... pero pido mil perdones, había olvidado que vuestra majestad no está familiarizada con el dialecto de los Cock-neighs (así llamaban a los hombres-animales; supongo que porque su idioma formaba el eslabón perdido entre el del caballo y el del gallo). Con vuestro permiso, traduciré. «Washish squashish» y demás: es decir, «Me alegra comprobar, mi querido Simbad, que en verdad eres un muchacho excelente; ahora estamos a punto de hacer algo que se llama circunnavegar el globo; y ya que tienes tantas ganas de ver mundo, haré un esfuerzo y te daré un pasaje gratis a lomos de la bestia» ”.
Cuando la señora Sherezade hubo avanzado hasta este punto, relata el Isitsöornot, el rey se volvió de su costado izquierdo al derecho y dijo:
—Es, en realidad, muy sorprendente, querida reina, que hayas omitido hasta ahora estas últimas aventuras de Simbad. ¿Sabes que las encuentro sumamente entretenidas y extrañas?
Habiéndose expresado el rey de este modo, según se nos cuenta, la bella Scheherezade continuó su historia con las siguientes palabras:
—Simbad prosiguió de este modo con su relato—: «Le agradecí al hombre-animal su bondad, y pronto me hallé muy a gusto sobre la bestia, que nadaba a una velocidad prodigiosa a través del océano; aunque la superficie de este último no es, en esa parte del mundo, en modo alguno plana, sino redonda como una granada, de modo que íbamos —por decirlo así— ya fuera cu cuesta arriba o cu cuesta abajo todo el tiempo»."
—Eso, según creo, fue muy singular —interrumpió el rey.
—Sin embargo, es muy cierto —respondió Sherezade.
—Tengo mis dudas —replicó el rey—; pero, por favor, tenga la bondad de continuar con la historia.
—Lo haré —dijo la reina.
«“La bestia —prosiguió Simbad dirigiéndose al califa— nadó, tal como he contado, cuesta arriba y cuesta abajo hasta que, por fin, llegamos a una isla de muchos cientos de millas de circunferencia, pero que, sin embargo, había sido construida en medio del mar por una colonia de pequeñas criaturas parecidas a orugas”.»
—¡Hum! —dijo el rey.
—«Dejando esta isla —dijo Simbad (pues hay que entender que Scheherezade no hizo caso de la grosera exclamación de su esposo)—, dejamos esta isla y llegamos a otra donde los bosques eran de piedra maciza, y tan dura que hacían añicos los hachas mejor templadas con las que intentábamos derribarlos».
—¡Hum! —dijo de nuevo el rey; pero Sherezade, sin prestarle atención, continuó en el lenguaje de Simbad.
“ —Pasando más allá de esta última isla, llegamos a un país donde había una cueva que se adentraba treinta o cuarenta millas en las entrañas de la tierra, y que contenía un número mayor de palacios, mucho más espaciosos y magníficos, que los que se encuentran en todo Damasco y Bagdad. De los techos de estos palacios colgaban miríadas de gemas, parecidas a diamantes, pero más grandes que los hombres; y entre las calles de torres, pirámides y templos, fluían inmensos ríos tan negros como el ébano y repletos de peces que no tenían ojos. — ”
—¡Hum! —dijo el rey.
“ —Luego nadamos hacia una región del mar donde encontramos una altísima montaña, por cuyas laderas corrían torrentes de metal fundido, algunos de los cuales tenían doce millas de ancho y sesenta de largo; mientras que de un abismo en la cumbre brotaba una cantidad tan inmensa de cenizas que el sol quedó completamente borrado del cielo, y se volvió más oscuro que la más oscura medianoche; de modo que, aun estando a una distancia de ciento cincuenta millas de la montaña, era imposible ver el objeto más blanco, por muy cerca que lo tuviéramos de los ojos. —”
—¡Hum! —dijo el rey.
“ ‘Después de abandonar esta costa, la bestia continuó su viaje hasta que dimos con una tierra en la que la naturaleza de las cosas parecía invertida pues vimos aquí un gran lago, en cuyo fondo, a más de cien pies bajo la superficie del agua, florecía en plena frondosidad un bosque de árboles altos y lujuriantes.’ ”
—¡Ajá! —dijo el rey.
“ ‘A unas cien millas más adelante llegamos a un clima donde la atmósfera era lo suficientemente densa como para sostener hierro o acero, tal como la nuestra lo hace con una pluma.’ ”
—Pamplinas —dijo el rey.
“‘Siguiendo todavía en la misma dirección, llegamos al poco tiempo a la región más magnífica de todo el mundo. A través de ella serpenteaba un río glorioso a lo largo de varios miles de millas. Este río era de una profundidad inescrutable y de una transparencia más rica que la del ámbar. Tenía de tres a seis millas de ancho; y sus riberas, que se elevaban a ambos lados hasta una altura perpendicular de mil doscientos pies, estaban coronadas de árboles en floración perpetua y perpetuas flores de dulce aroma, que hacían de todo aquel territorio un jardín espléndido; pero el nombre de esta tierra exuberante era el Reino del Horror, y adentrarse en él significaba la muerte inevitable’”.
—¡Hum! —dijo el rey.
“ —Dejamos este reino con gran prisa y, tras algunos días, llegamos a otro, donde nos vimos asombrados al percibir miríadas de animales monstruosos con cuernos parecidos a guadañas sobre la cabeza. Estas horrendas bestias excavan para sí mismas vastas cavernas en el suelo, en forma de embudo, y forran los costados de estas con rocas, dispuestas de tal modo unas sobre otras que caen al instante, al ser pisadas por otros animales, precipitándolos así a las guaridas del monstruo, donde su sangre es inmediatamente succiónada, y sus cadáveres arrojados después con desdén a una distancia inmensa desde «las cavernas de la muerte». — ”
«¡Bah!», dijo el rey.
“ «Siguiendo nuestro avance, percibimos una comarca con vegetales que no crecían sobre ningún suelo, sino en el aire. Había otros que brotaban de la sustancia de otros vegetales; otros que derivaban su sustancia de los cuerpos de animales vivos; y luego, a su vez, había otros que brillaban por completo con un fuego intenso; otros que se trasladaban de un lugar a otro a voluntad, y lo que era aún más maravilloso, descubrimos flores que vivían, respiraban y movían sus miembros a su antojo y tenían, además, la detestable pasión de la humanidad por esclavizar a otras criaturas y confinarlas en horribles y solitarias prisiones hasta el cumplimiento de las tareas asignadas». ”
—¡Bah! —dijo el rey.
« “Abandonando estas tierras, llegamos pronto a otra en la que las abejas y los pájaros son matemáticos de tal genio y erudición, que imparten diariamente clases de la ciencia de la geometría a los sabios del imperio. Habiendo ofrecido el rey del lugar una recompensa por la solución de dos problemas muy difíciles, fueron resueltos en el acto —el uno por las abejas y el otro por los pájaros—; pero, guardando el rey en secreto su solución, solo tras las más profundas investigaciones y fatigas, y tras escribir una infinidad de grandes libros durante una larga serie de años, los hombres matemáticos llegaron por fin a las idénticas soluciones que habían dado en el acto las abejas y los pájaros”. »
—¡Vaya por Dios! —dijo el rey.
—«Apenas habíamos perdido de vista este imperio, cuando nos hallamos cerca de otro, desde cuyas costas voló sobre nuestras cabezas una bandada de aves de una milla de ancho y doscientos cuarenta de largo; de modo que, aunque volaban a razón de una milla por minuto, tardó nada menos que cuatro horas en pasar por encima de nosotros toda la bandada, la cual constaba de varios millones de millones de aves».
—¡Oh, qué vergüenza! —dijo el rey.
“ «No bien nos habíamos librado de estas aves, que nos causaron gran fastidio, cuando nos aterrorizó la aparición de un pájaro de otra especie, e infinitamente mayor que los mismos rocs que encontré en mis viajes anteriores; pues era más grande que la mayor de las cúpulas de vuestro serrallo, oh, Munificente de los Califas.
Esta terrible ave no tenía cabeza que pudiéramos percibir, sino que estaba formada enteramente por un vientre, de una gordura y redondez prodigiosas, de una sustancia de aspecto blando, liso, brillante y rayado de varios colores.
En sus garras, el monstruo se llevaba a su nido en los cielos una casa a la que había arrancado el tejado, y en cuyo interior vimos claramente a seres humanos que, sin duda alguna, se encontraban en un estado de espantosa desesperación ante el horrible destino que les aguardaba.
¡Gritamos con todas nuestras fuerzas, con la esperanza de asustar al ave para que soltara a su presa, pero esta se limitó a dar un ronquido o soplo, como de rabia, y luego dejó caer sobre nuestras cabezas un pesado saco que resultó estar lleno de arena!» ”
“¡Tonterías!”, dijo el rey.
« „Fue justamente después de esta aventura cuando tropezamos con un continente de inmensa extensión y prodigiosa solidez, pero que, sin embargo, se apoyaba enteramente sobre el lomo de una vaca azul celeste que tenía ni más ni menos que cuatrocientos cuernos“ ».
—Eso, ahora sí lo creo —dijo el rey—, porque ya he leído algo por el estilo antes, en un libro.
— «Pasamos inmediatamente por debajo de este continente (nadando entre las patas de la vaca) y, al cabo de unas horas, nos encontramos en un país en verdad maravilloso, el cual, según me informó el hombre-animal, era su propia tierra natal, habitada por seres de su misma especie. Esto elevó mucho al hombre-animal en mi estima y, de hecho, comencé a avergonzarme de la familiaridad despectiva con la que lo había tratado; pues descubrí que los hombres-animales en general eran una nación de los más poderosos magos, que vivían con gusanos en el cerebro, los cuales, sin duda, servían para estimularlos, mediante sus dolorosos retorcimientos y contorsiones, ¡a los más milagrosos esfuerzos de la imaginación!»
—¡Qué tontería! —dijo el rey.
“ ‘Entre los magos, se domesticaban varios animales de clases muy singulares; por ejemplo, había un caballo enorme cuyos huesos eran de hierro y cuya sangre era agua hirviendo. En lugar de maíz, su alimento habitual eran piedras negras; y sin embargo, a pesar de una dieta tan dura, era tan fuerte y veloz que arrastraba una carga más pesada que el templo más grandioso de esta ciudad, a un ritmo que superaba el del vuelo de la mayoría de las aves.’ ”
«¡Tonterías!», dijo el rey.
“ ‘Vi también, entre esta gente, una gallina sin plumas, pero más grande que un camello; en lugar de carne y hueso tenía hierro y ladrillo; su sangre, como la del caballo (con el que, de hecho, estaba emparentada de cerca), era agua hirviendo; y al igual que él no comía otra cosa que madera o piedras negras. Esta gallina paría muy a menudo, un centenar de polluelos al día; y, tras nacer, se instalaban durante varias semanas en el estómago de su madre’. ”
—¡Fal lal! —dijo el rey.
“ ‘Uno de esta nación de poderosos hechiceros creó un hombre de bronce, madera y cuero, y lo dotó de tal ingenio que habría vencido al ajedrez a toda la raza humana, a excepción del gran califa Harún al-Rashid. Otro de estos magos construyó (con material semejante) una criatura que avergonzó incluso al genio de quien la hizo; pues tan grandes eran sus facultades de razonamiento que, en un segundo, efectuaba cálculos de tan vasta magnitud que habrían requerido la labor unida de cincuenta mil hombres de carne y hueso durante un año. Pero un hechicero aún más maravilloso moldeó para sí mismo una poderosa cosa que no era ni hombre ni bestia, pero que tenía sesos de plomo, entremezclados con una materia negra como la brecha, y dedos que empleaba con tan increíble velocidad y destreza que no habría tenido problema alguno en escribir veinte mil copias del Corán en una hora, y ello con tan exquisita precisión que en todas las copias no se habría hallado una sola que difiriera de otra por el grosor del más fino cabello. Esta cosa era de prodigiosa fuerza, de modo que erigía o derribaba los más poderosos imperios con un solo soplo; pero sus poderes se ejercían por igual para el mal y para el bien.’ ”
—¡Ridículo! —dijo el rey.
« “Entre esta nación de nigromantes había también uno que tenía en las venas la sangre de las salamandras, pues no tenía ningún escrúpulo en sentarse a fumar su chibuj en un horno al rojo vivo hasta que su cena estuviera perfectamente asada en el suelo del mismo. Otro tenía la facultad de convertir los metales comunes en oro, sin siquiera mirarlos durante el proceso. Otro tenía una finura de tacto tal que fabricó un alambre tan delgado que era invisible. Otro tenía una agilidad de percepción tal que contaba todos los movimientos separados de un cuerpo elástico, mientras este vibraba hacia adelante y hacia atrás a razón de novecientos millones de veces por segundo.” »
—¡Absurdo! —dijo el rey.
“ ‘Otro de estos magos, por medio de un fluido que jamás nadie ha visto, podía hacer que los cadáveres de sus amigos blandieran los brazos, estiraran las piernas, pelearan o incluso se levantaran y bailaran a su voluntad.
Otro había cultivado su voz hasta tal punto que se habría hecho oír desde un confín del mundo hasta el otro.
Otro tenía el brazo tan largo que podía sentarse en Damasco y redactar una carta en Bagdad—o, en verdad, a cualquier distancia imaginable.
Otro le ordenaba al relámpago que bajara a él desde los cielos, y este acudía a su llamada, y le servía de juguete una vez que llegaba.
Otro tomaba dos sonidos fuertes y de ellos hacía un silencio.
Otro construía una profunda oscuridad a partir de dos luces brillantes.
Otro hacía hielo en un horno al rojo vivo.
Otro le ordenaba al sol que pintara su retrato, y el sol lo hacía.
Otro tomaba este astro junto con la luna y los planetas, y tras pesarlos con escrupulosa exactitud, sondeaba sus profundidades y descubría la solidez de la sustancia de la que estaban hechos.
Pero la nación entera posee, en verdad, una capacidad tan sorprendente para la nigromancia que ni siquiera sus infantes, ni sus gatos y perros más comunes tienen la menor dificultad para ver objetos que no existen en absoluto, o que durante veinte millones de años antes del nacimiento de la propia nación habían sido borrados de la faz de la creación.’ ”
—¡Absurdo! —dijo el rey.
«“Las esposas y las hijas de estos incomparables, grandes y sabios magos”, continuó Sherezade, sin inmutarse en modo alguno por estas frecuentes y poco caballerosas interrupciones por parte de su esposo—, “las esposas y las hijas de estos eminentes conjuradores son todo lo cultas y refinadas que cabe imaginar, y serían todo lo interesantes y bellas que existen, de no ser por una infausta fatalidad que las acosa, y de la cual ni siquiera los poderes milagrosos de sus esposos y padres han sido capaces de librarlas hasta el momento. Algunas fatalidades se presentan de una forma y otras de otra, pero esta de la que hablo ha venido en forma de manía”».
—¿Un qué? —dijo el rey.
—«Un capricho», dijo Sherezade. «Uno de los genios malignos, que acechan perpetuamente para infligir el mal, ha metido en la cabeza de estas damas cultas que aquello que describimos como belleza personal consiste enteramente en la protuberancia de la región que se encuentra no muy lejos de la parte baja de la espalda. La perfección de la hermosura, dicen, está en razón directa de la extensión de este bulto. Habiendo estado poseídas por esta idea durante mucho tiempo, y siendo baratos los cojines en aquel país, hace ya mucho que pasaron los días en que era posible distinguir a una mujer de un dromedario—»
—¡Basta! —dijo el rey—; no lo soporto y no lo haré. Ya me has provocado un dolor de cabeza terrible con tus mentiras. El día, además, me parece que está empezando a aclarar. ¿Cuánto hace que estamos casados?—mi conciencia vuelve a molestarme. Y luego ese toque de dromedario—¿me tomas por tonto? En resumen, bien podrías levantarte y dejar que te estrangulen.
Estas palabras, según me entero por el Isitsöornot, afligieron y asombraron a Sherezade; pero, como sabía que el rey era un hombre de escrupulosa integridad y muy poco dado a faltar a su palabra, se sometió a su destino con buen talante. Extrajo, sin embargo, un gran consuelo (mientras se tensaba la cuerda del arco) del pensamiento de que gran parte de la historia aún quedaba por contar, y de que la petulancia de su marido, que era una bestia, le había deparado un más que justo castigo al privarle de un sinfín de aventuras inconcebibles.