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Bon-Bon

Cuando un buen vino puebla mi estómago Soy más sabio que Balzac⁠— Más cuerdo que Pibrac; Mi solo brazo al emprender el ataque De la nación cosaca, La saquearía por completo; El lago de Charón cruzaría, Durmiendo en su barcaza; Iría ante el altivo Éaco, Sin que mi corazón latiera en absoluto, A ofrecerle tabaco.

Que Pierre Bon-Bon era un restaurador de cualidades poco comunes, ningún hombre que, durante el reinado de ⸻, frecuentara el pequeño café del cul-de-sac Le Febre en Ruan, se sentirá, me imagino, con la libertad de disputarlo.

Que Pierre Bon-Bon era, en igual medida, un experto en la filosofía de aquel período es, supongo, todavía más indiscutible.

Sus pâtés à la fois eran sin duda impecables; pero ¿qué pluma puede hacer justicia a sus essays sobre la Nature —sus pensamientos sobre el Ame—, sus observaciones sobre el Esprit? Si sus tortillas —si sus fricandeaux eran inestimables, ¿qué littérateur de aquella época no habría dado el doble por una «Idée de Bon-Bon» que por toda la basura de «Idées» de todos los demás savants?

Bon-Bon había saqueado bibliotecas que ningún otro hombre había saqueado; había leído más de lo que a cualquier otro se le habría ocurrido la noción de leer; había comprendido más de lo que cualquier otro habría concebido la posibilidad de comprender; y aunque, en su época de mayor esplendor, no faltaron algunos autores en Ruan que afirmaron «que sus dichos no evidenciaban ni la pureza de la Academia, ni la profundidad del Liceo», aunque, óyeme bien, sus doctrinas no eran en absoluto muy generalmente comprendidas, no se seguía de ello que fueran difíciles de comprender. Fue, creo yo, debido a su absoluta evidencia que muchas personas se vieron llevadas a considerarlas abstrusas.

Es a Bon-Bon⁠—pero que esto no salga de aquí⁠—, es a Bon-Bon a quien el propio Kant debe principalmente su metafísica. El primero no era ciertamente platónico, ni estrictamente aristotélico⁠—ni tampoco gastaba, como el moderno Leibniz, esas preciosas horas que podrían emplearse en la invención de un fricasé o, facili gradú, en el análisis de una sensación, en fútiles intentos de reconciliar los tozudos aceites y aguas de la discusión ética. En absoluto. Bon-Bon era jónico⁠—Bon-Bon era asimismo itálico. Razonaba a priori⁠—razonaba también a posteriori. Sus ideas eran innatas⁠—o de otro modo. Creía en Jorge de Trebisonda⁠—creía en Basarión. Bon-Bon era enfáticamente un⁠—Bon-bonista.

He hablado del filósofo en su calidad de restaurador. No quisiera, sin embargo, que ninguno de mis amigos imagine que, al cumplir con sus deberes hereditarios en esa línea, nuestro héroe carecía de una estimación adecuada de su dignidad e importancia. Ni mucho menos. Era imposible decir en qué rama de su profesión se enorgullecía más. En su opinión, las facultades del intelecto guardaban una íntima conexión con las capacidades del estómago. No estoy seguro, en verdad, de que estuviera muy en desacuerdo con los chinos, quienes sostienen que el alma reside en el abdomen. Los griegos, en todo caso, tenían razón, pensaba él, al emplear las mismas palabras para la mente y el diafragma. Con esto no pretendo insinuar una acusación de glotonería, ni en verdad ninguna otra acusación grave en perjuicio del metafísico. Si Pierre Bon-Bon tenía sus debilidades —¿y qué gran hombre no tiene un millar?—, si Pierre Bon-Bon, digo, tenía sus debilidades, estas eran debilidades de muy poca importancia; faltas en verdad que, en otros temperamentos, a menudo han sido vistas más bien a la luz de virtudes. En cuanto a uno de estos puntos débiles, ni siquiera lo habría mencionado en esta historia de no ser por la notable prominencia —el extremo alto relievo— con que sobresalía del plano de su disposición general. Jamás dejaba pasar la oportunidad de hacer un buen negocio.

No es que fuera avaricioso⁠—no. No era en modo alguno necesario para la satisfacción del filósofo que el trato redundara en su propio beneficio. Con tal de que pudiera efectuarse un intercambio⁠—un intercambio de cualquier clase, bajo cualquier condición o en cualesquiera circunstancias⁠—, se veía luego iluminarse su rostro durante muchos días con una sonrisa triunfante, y un guiño cómplice de ojo dar testimonio de su sagacidad.

En cualquier época no habría sido muy extraño que un humor tan peculiar como el que acabo de mencionar atrajera la atención y los comentarios.

En la época de nuestra narración, de no haber atraído esta peculiaridad la observación, habría habido motivos para la sorpresa en verdad.

Pronto se corrió la voz de que, en todas las ocasiones de ese tipo, la sonrisa de Bon-Bon solía diferir notablemente de la franca mueca con la que reía de sus propios chistes o saludaba a un conocido.

  • Se lanzaron insinuaciones de naturaleza excitante;
  • se contaron historias de tratos peligrosos hechos a la ligera y de los que uno se arrepentía a su debido tiempo; y
  • se adujeron ejemplos de capacidades inescrutables, anhelos vagos e inclinaciones antinaturales sembradas por el autor de todo mal con sabios propósitos propios.

El filósofo tenía otras debilidades⁠—pero difícilmente son dignas de nuestro serio examen. Por ejemplo, hay pocos hombres de una profundidad extraordinaria a los que no se les encuentre cierta inclinación por la botella. Si esta inclinación es una causa excitante, o más bien una prueba válida de dicha profundidad, es cosa difícil de precisar. Bon-Bon, hasta donde alcanzo a saber, no creía que el tema se prestara a una investigación minuciosa⁠—ni yo tampoco. Sin embargo, en la indulgencia hacia una propensión tan verdaderamente clásica, no ha de suponerse que el restaurador perdiera de vista aquel discernimiento intuitivo que solía caracterizar, al mismo tiempo, sus essais y sus tortillas. En sus retiros, el Vin de Bourgogne tenía su hora asignada, y había momentos apropiados para los Côtes du Rhone. Para él, el Sauterne era al Médoc lo que Catulo a Homero. Jugaba con un silogismo mientras sorbía St. Peray, pero desentrañaba un argumento sobre un Clos de Vougéot, y derribaba una teoría en un torrente de Chambertin. ¡Bien le habría ido de haberle acompañado el mismo agudo sentido de la propiedad en la mezquina propensión a la que aludí anteriormente⁠—pero este no era ni mucho menos el caso. En verdad, a decir verdad, aquel rasgo mental del filosófico Bon-Bon comenzó a la larga a adquirir un carácter de extraña intensidad y misticismo, y parecía profundamente teñido de la diablerie de sus estudios alemanes favoritos.

Entrar en el pequeño café del callejón sin salida Le Febre equivalía, en la época de nuestro cuento, a entrar en el santuario de un hombre de genio. Bon-Bon era un hombre de genio. No había pinche en Ruan que no hubiera podido deciros que Bon-Bon era un hombre de genio. Su propio gato lo sabía, y se guardaba de menear la cola en presencia del hombre de genio. Su gran perro de aguas estaba al tanto del hecho y, ante la aproximación de su amo, traicionaba su sentimiento de inferioridad con una santidad de porte, un abatimiento de las orejas y una caída de la mandíbula inferior que no eran del todo indignos de un perro. Es verdad, sin embargo, que gran parte de este respeto habitual podía atribuirse al aspecto personal del metafísico. Un exterior distinguido, me veo obligado a decir, se impone incluso ante una bestia; y estoy dispuesto a reconocer mucho en la apariencia del restaurador que era capaz de impresionar la imaginación del cuadrúpedo. Hay una majestad peculiar en el aura de los pequeños grandes —si se me permite una expresión tan equívoca— que el mero volumen físico por sí solo resulta siempre incapaz de crear. Si, no obstante, Bon-Bon apenas medía tres pies de altura, y si su cabeza era diminutamente pequeña, aún así era imposible contemplar la redondez de su estómago sin experimentar una sensación de magnificencia que rayaba casi en lo sublime. En su tamaño, tanto los perros como los hombres debieron ver un emblema de sus conocimientos; en su inmensidad, una morada apropiada para su alma inmortal.

Podría aquí —si así me pluguiera— explayarme en cuestiones de atavíos y otras naderías del metafísico externo. Podría insinuar que el cabello de nuestro héroe se llevaba corto, peinado lacio sobre la frente y coronado por un gorro cónico de franela blanca con borlas; que su jubón verde oliva no seguía la moda de los usados por la clase común de los restauradores de la época; que las mangas eran algo más abullonadas de lo que el atuendo reinante permitía; que los puños estaban vueltos, no como era costumbre en aquel periodo bárbaro con tela de la misma calidad y color de la prenda, sino forrados de un modo más caprichoso con el terciopelo multicolor de Génova; que sus zapatillas eran de un púrpura brillante, curiosamente caladas, y habrían podido fabricarse en Japón de no ser por la exquisita punta afilada y los tintes fulgurantes del ribete y el bordado; que sus calzones eran de ese material amarillo semejante al satén llamado aimable; que su capa azul celeste, de forma parecida a una bata y ricamente tachonada por doquier de motivos carmesíes, ondeaba con donaire sobre sus hombros como una niebla matutina; y que su tout ensemble dio pie a las memorables palabras de Benevenuta, la Improvisatrice de Florencia, de que «resultaba difícil decir si Pierre Bon-Bon era en verdad un ave del Paraíso o más bien un paraíso de la perfección».

Podría, repito, explayarme sobre todos estos puntos si me placiera, pero me abstengo; los detalles meramente personales pueden dejarse para los novelistas históricos: están por debajo de la dignidad moral de la cruda realidad.

He dicho que «entrar en el café del callejón sin salida Le Febre era entrar en el santuario de un hombre de genio», pero entonces solo el hombre de genio podía apreciar debidamente los méritos de aquel santuario. Un letrero, que consistía en un inmenso infolio, pendía ante la entrada. En un lado del volumen estaba pintada una botella; en el reverso, un paté. En el lomo se veían en grandes letras Œuvres de Bon-Bon. Así se bosquejaba delicadamente la doble ocupación del propietario.

Al cruzar el umbral, todo el interior del edificio se ofreció a la vista.

Una habitación larga y de techo bajo, de construcción antigua, era en verdad todo el alojamiento que ofrecía el café.

En un rincón del aposento se encontraba la cama del metafísico. Un ejército de cortinas, junto con un dosel à la Grèque, le daban un aire a la vez clásico y confortable.

En el rincón diagonalmente opuesto aparecían, en íntima comunión familiar, los enseres de la cocina y de la bibliothèque.

  • Una fuente de polémicas descansaba pacíficamente sobre el aparador.
  • Aquí yacía una hornada de la más reciente ética; allá, una tetera de misceláneas en dozavo.
  • Volúmenes de moral alemana se llevaban a Gedeón con la parrilla; un tenedor de tostar pan podía descubrirse al lado de Eusebio; Platón reposaba a sus anchas en la sartén, y los manuscritos contemporáneos se ensartaban en el asador.

Por lo demás, podría decirse que el Café de Bon-Bon difería poco de los restaurantes habituales de la época.

Una chimenea se abría como un bostezo enfrente de la puerta. A la derecha de la chimenea, una alacena abierta mostraba una formidable hilera de botellas etiquetadas.

Fue aquí, hacia las doce de una noche del crudo invierno de ⸻, donde Pierre Bon-Bon, tras haber escuchado los comentarios de sus vecinos acerca de su singular propensión —ese Pierre Bon-Bon, digo, habiéndolos echado a todos de su casa, cerró la puerta con llave maldiciendo y se dispuso, no precisamente de muy pacífico humor, a disfrutar de las comodidades de un sillón de rejilla y un fuego de leños ardientes.

Era una de esas noches terribles que solo se encuentran una o dos veces en un siglo.

Nevaba furiosamente, y la casa se tambaleaba hasta sus cimientos con los torrentes de viento que, precipitándose por las rendijas de la pared y cayendo impetuosamente por la chimenea, sacudían espantosamente las cortinas de la cama del filósofo y desorganizaban el orden de sus moldes de paté y sus papeles.

El enorme cartel en folio que pendía afuera, expuesto a la furia de la tempestad, crujía de manera ominosa y emitía un sonido quejumbroso desde sus soportes de roble macizo.

No fue de humor apacible, digo, cuando el metafísico arrastró su silla hasta su habitual puesto junto al hogar. Muchas circunstancias de naturaleza desconcertante habían ocurrido durante el día, turbando la serenidad de sus meditaciones. Al intentar unos œufs à la Princesse, había perpetrado por desgracia una omelette à la Reine; el descubrimiento de un principio ético se había visto frustrado por el vuelco de un guiso; y por último, que no es lo de menos, había fracasado en una de esas admirables transacciones que en todo momento le producía tan especial deleite llevar a un término exitoso. Pero en la irritación de su mente ante estas vicisitudes inexplicables, no dejó de mezclarse cierto grado de esa ansiedad nerviosa que la furia de una noche tempestuosa es tan propicia a producir. Silbando para atraer más cerca de sí al gran perro de aguas negro del que ya hemos hablado antes, y acomodándose con inquietud en su silla, no pudo evitar arrojar una mirada cautelosa y desasosegada hacia aquellos lejanos recesos de la estancia cuyas sombras implacables ni siquiera la roja luz del fuego lograba disipar más que a medias. Habiendo completado un escrutinio cuyo propósito exacto tal vez él mismo no comprendía, acercó a su asiento una pequeña mesa cubierta de libros y papeles, y pronto quedó absorto en la tarea de corregir un voluminoso manuscrito, destinado a ser publicado al día siguiente.

Se hallaba así ocupado desde hacía algunos minutos, cuando «No tengo prisa, Monsieur Bon-Bon», susurró de repente una voz quejumbrosa en la estancia.

—¡El diablo! —exclamó nuestro héroe, poniéndose de pie de un salto, derribando la mesa que tenía al lado y mirando a su alrededor con asombro.

—Muy cierto —replicó calmadamente la voz.

“¡Muy cierto!⁠—¿qué es muy cierto?⁠—¿cómo ha venido usted aquí?”, vociferó el metafísico, al posar sus ojos sobre algo que yacía tendido a lo largo sobre la cama.

“Decía —dijo el intruso, sin prestar atención a las preguntas—, decía que no tengo prisa en absoluto, que el asunto por el que me he tomado la libertad de llamar no es de importancia urgente; en suma, que bien puedo esperar hasta que haya terminado su Exposición”.

«¡Mi Exposición!⁠—¡ahí tienes!⁠—¿cómo lo sabes?⁠—¿cómo llegaste a comprender que estaba escribiendo una Exposición?⁠—¡santo Dios!»

«¡Silencio!», respondió la figura en un susurro agudo; y, levantándose rápidamente de la cama, dio un solo paso hacia nuestro héroe, mientras una lámpara de hierro que pendía en lo alto se apartaba con sacudidas convulsivas a su paso.

El asombro del filósofo no impidió un examen minucioso de la vestimenta y la apariencia del extraño.

Los contornos de su figura, sumamente delgada, pero muy por encima de la altura común, se hacían minuciosamente distinguibles por medio de un traje desteñido de paño negro que se ceñía a la piel, pero que por lo demás estaba cortado muy al estilo de hacía un siglo.

Estas prendas habían estado destinadas evidentemente a una persona mucho más baja que su actual dueño. Sus tobillos y muñecas quedaban al descubierto varias pulgadas. En sus zapatos, sin embargo, un par de hebillas muy brillantes desmentían la extrema pobreza insinuada por las demás partes de su atuendo.

Tenía la cabeza descubierta y completamente calva, a excepción de la parte posterior, de la cual pendía una coleta de considerable longitud.

Un par de gafas verdes, con cristales laterales, protegían sus ojos de la influencia de la luz y, al mismo tiempo, impedían a nuestro héroe averiguar tanto su color como su forma.

En toda su persona no había rastro de camisa, pero una corbata blanca, de aspecto mugriento, aparecía atada con extrema precisión alrededor del cuello y sus extremos, colgando formalmente uno al lado del otro, daban (aunque me atrevo a decir que sin intención) la impresión de un eclesiástico.

En efecto, muchos otros aspectos tanto de su apariencia como de su comportamiento habrían podido justificar muy bien una idea de esa naturaleza.

Sobre la oreja izquierda llevaba, a la manera de un empleado moderno, un instrumento parecido al estilete de los antiguos.

En el bolsillo del pecho de su casaca asomaba ostensiblemente un pequeño volumen negro sujeto con broches de acero. Este libro, ya fuese por accidente o no, estaba vuelto de tal modo hacia el exterior que dejaba ver las palabras Rituel Catholique en letras blancas sobre el lomo.

Su entera e interesante fisonomía era saturnina⁠—hasta cadavéricamente pálida. La frente era alta, y estaba profundamente surcada por los pliegues de la contemplación. Las comisuras de los labios se curvaban hacia abajo en una expresión de la más sumisa humildade. Hubo además un entrecruzamiento de manos al dar un paso hacia nuestro héroe⁠—un suspiro profundo⁠—y, en conjunto, un aire de tan absoluta santidad que no habría podido dejar de resultar inequívocamente cautivador.

Toda sombra de ira se desvaneció del rostro del metafísico cuando, tras haber completado una satisfactoria inspección de la persona de su visitante, le apretó cordialmente la mano y lo condujo a un asiento.

Sin embargo, se incurriría en un error radical si se atribuyera esta transición instantánea de sentimiento en el filósofo a cualquiera de esas causas que de manera natural se supondría que tuvieron influencia. En efecto, Pierre Bon-Bon, por lo que he podido comprender de su temperamento, era de entre todos los hombres el menos propenso a dejarse engañar por la superficialidad de un porte exterior. Era imposible que un observador tan sagaz de los hombres y las cosas dejara de descubrir, al instante, el verdadero carácter del personaje que de este modo se había inmiscuido en su hospitalidad. Para no decir más, la conformación de los pies de su visitante era lo suficientemente notable; llevaba ligeramente sobre la cabeza un sombrero desmedidamente alto; había un abultamiento tembloroso en la parte trasera de sus calzones; y la vibración de las faldas de su levita era un hecho palpable.

Juzguese, pues, con qué sentimientos de satisfacción se vio nuestro héroe arrojado de este modo y de golpe en la sociedad de una persona por la que en todo momento había sentido el más incondicional respeto.

Era, sin embargo, demasiado diplomático como para dejar escapar la menor insinuación de sus sospechas respecto al verdadero estado de las cosas. No entraba en su juego mostrarse en modo alguno consciente del alto honor del que así disfrutaba de forma inesperada; sino que, induciendo a su huésped a entablar conversación, pretendía sonsacarle algunas ideas éticas importantes que, al conseguir un lugar en su proyectada publicación, iluminaran al género humano y al mismo tiempo lo inmortalizaran a él —ideas que, debo haber añadido, la gran edad de su visitante y su muy conocida competencia en la ciencia de la moral bien podrían haberle permitido aportar—.

Animado por estas ilustradas miras, nuestro héroe invitó al caballero a sentarse, mientras él mismo aprovechaba la ocasión para echar unos sarmientos al fuego y colocar sobre la ya restablecida mesa unas botellas de Mousseux.

Habiendo completado rápidamente estas operaciones, acercó su silla vis-à-vis a la de su compañero y aguardó a que este último iniciara la conversación. Pero los planes más hábilmente madurados suelen verse frustrados en los inicios de su aplicación, y el restaurador se quedó desconcertado por las primeras palabras del discurso de su visitante.

—Ya veo que me conoces, Bon-Bon —dijo—; ¡ja! ¡ja! ¡ja!⁠—¡je! ¡je! ¡je!⁠—¡ji! ¡ji! ¡ji!⁠—¡jo! ¡jo! ¡jo!⁠—¡ju! ¡ju! ¡ju!⁠—; y el diablo, abandonando de golpe la santidad de su porte, abrió hasta más no poder una boca de oreja a oreja para mostrar una dentadura afilada y parecida a colmillos, y, echando la cabeza hacia atrás, rió larga, alta, malvada y estruendosamente, mientras el perro negro, agachándose sobre sus ancas, se sumaba con entusiasmo al coro, y la gata atigrada, saliendo disparada en dirección tangencial, se puso de dos patas y maulló chillona en el rincón más alejado de la estancia.

No así el filósofo; era demasiado hombre de mundo como para reírse como el perro, o traicionar con gritos la indecorosa trepidación del gato.

Debe confesarse que sintió un poco de asombro al ver que las letras blancas que formaban las palabras Rituel Catholique en el libro del bolsillo de su huésped cambiaban por momentos de color y de significado, y en pocos segundos, en lugar del título original, las palabras Regître des Condamnés brillaban con caracteres rojos.

Esta circunstancia desconcertante, cuando Bon-Bon respondió al comentario de su visitante, imprimió a sus modales un aire de desconcierto que tal vez de otro modo no se habría notado.

—Vaya, señor —dijo el filósofo—, vaya, señor, para hablar con sinceridad—, creo que es usted—, bajo mi palabra—, el mald—, es decir, creo—, me imagino—, tengo alguna ligera—, alguna muy ligera idea—, del notable honor—

—¡Oh!—¡ah!—¡sí!—¡muy bien!—interrumpió su Majestad;—no digas más—ya veo cómo es. Y acto seguido, quitándose las gafas verdes, limpió los cristales cuidadosamente con la manga de su casaca y se los guardó en el bolsillo.

Si Bon-Bon se había quedado atónito ante el incidente del libro, su asombro aumentó ahora mucho con el espectáculo que allí se ofreció a su vista. Al levantar los ojos, con un fuerte sentimiento de curiosidad por averiguar el color de los de su huésped, descubrió que no eran en absoluto negros, como había anticipado⁠—ni grises, como cabría haber imaginados⁠—ni tampoco avellana ni azules⁠—ni en verdad amarillos ni rojos⁠—ni púrpuras⁠—ni blancos⁠—ni verdes⁠—ni de ningún otro color en los cielos de arriba, ni en la tierra de abajo, ni en las aguas debajo de la tierra.

En suma, Pierre Bon-Bon no solo vio claramente que su Majestad no tenía ojos en absoluto, sino que no pudo descubrir indicios de que hubiesen existido en ningún período anterior⁠—pues el espacio donde los ojos deberían haber estado por naturaleza era, me veo obligado a decirlo, simplemente una llanura muerta de carne.

No estaba en la naturaleza del metafísico abstenerse de hacer alguna indagación sobre las fuentes de un fenómeno tan extraño, y la respuesta de Su Majestad fue a la vez pronta, digna y satisfactoria.

“¡Ojos! querido Bon-Bon⁠—¿ojos! ¿dijiste?⁠—¡oh!⁠—¡ah!⁠—¡ya caigo! Los grabados ridículos, ¿eh?, que circulan, ¿te han dado una falsa idea de mi aspecto personal? ¿Ojos?⁠—es verdad. Los ojos, Pierre Bon-Bon, están muy bien en su lugar apropiado⁠—eso, dirías tú, es la cabeza⁠—correcto⁠—la cabeza de un gusano.

Para ti, asimismo, estos órganos ópticos son indispensables⁠—sin embargo, te convenceré de que mi visión es más penetrante que la tuya. Hay un gato que veo en el rincón⁠—un gato bonito⁠—míralo⁠—obsérvalo bien. Ahora, Bon-Bon, ¿percibes los pensamientos⁠—los pensamientos, digo⁠—las ideas⁠—las reflexiones⁠—que se están engendrando en su pericráneo? ¡Ahí está, ahora⁠—tú no!

Está pensando que admiramos la longitud de su rabo y la profundidad de su mente. Acaba de deducir que yo soy el más distinguido de los eclesiásticos, y que tú eres el más superficial de los metafísicos. Así ves que no estoy del todo ciego; pero para alguien de mi profesión, los ojos de los que hablas seríansimplemente un estorbo, expuestos en cualquier momento a ser sacados por un hierro de asar o una horquilla.

Para ti, lo reconozco, estos asuntos ópticos son indispensables. Esfuérzate, Bon-Bon, en usarlos bien;⁠—mi visión es el alma.”

A continuación, el invitado se sirvió el vino de la mesa y, sirviéndole una copa llena a Bon-Bon, le rogó que se lo bebiera sin escrúpulos y que se sintiera como en su propia casa.

—Un libro ingenioso ese el suyo, Pierre —retomó su Majestad, dándole a nuestro amigo unos sugerentes golpecitos en el hombro, mientras este dejaba su copa tras obedecer cumplidamente el mandato de su visitante.

—Un libro ingenioso ese el suyo, a fe mía. Es una obra muy de mi agrado. Sin embargo, creo que su ordenación de los asuntos podría mejorarse, y muchas de sus nociones me recuerdan a Aristóteles. Ese filósofo fue uno de mis conocidos más íntimos. Me caía bien tanto por su terrible mal genio como por su feliz talento para cometer disparates. Solo hay una verdad sólida en todo lo que ha escrito, y para esa le di yo la pista por pura compasión ante su absurdo. Supongo que usted, Pierre Bon-Bon, sabe muy bien a qué divina verdad moral me estoy refiriendo.

“No puedo decir que y⁠—”

“¡En efecto! —pues fui yo mismo quien le dijo a Aristóteles que, mediante los estornudos, los hombres expulsaban las ideas superfluas a través de la probóscide”.

—Lo cual es⁠—¡hip!⁠—indudablemente el caso —dijo el metafísico, mientras se servía otra copa colmada de Mousseux y ofrecía su tabaquera a los dedos de su visitante.

—También estaba Platón —continuó su Majestad, rechazando con modestia la tabaquera y el cumplido que esta llevaba implícito—, también estaba Platón, por quien en una época sentí todo el afecto de un amigo. ¿Conociste a Platón, Bon-Bon? —ah, no, pido mil perdones. Me encontró un día en Atenas, en el Partenón, y me dijo que andaba apurado por una idea. Le aconsejé que escribiera que ό νοῦϛ εστιν αυλοϛ . Dijo que lo haría y se fue a casa, mientras yo me acercaba un momento a las pirámides. Pero la conciencia me remordió por haber pronunciado una verdad, aun para ayudar a un amigo, y volviendo a toda prisa a Atenas, llegué a espaldas de la silla del filósofo justo cuando este estaba redactando el « αυλοϛ ».

“Dándole unapiñita a la letra, la puse del revés. Así que la oración ahora decía ‘ ό νοῦϛ εστιν αυγοϛ ,’ y es, como observan, el dogma fundamental de su metafísica.”

—¿Ha estado usted alguna vez en Roma? —preguntó el restaurador, al terminar su segunda botella de Mousseux y sacar del armario una provisión mayor de Chambertin.

—Pero una vez, monsieur Bon-Bon, pero una vez. Hubo un tiempo —dijo el diablo, como si recitara algún pasaje de un libro—, hubo un tiempo en que ocurrió una anarquía de cinco años, durante la cual la república, despojada de todos sus oficiales, no tuvo más magistratura que la de los tribunos del pueblo, y estos no estaban investidos legalmente de ningún grado de poder ejecutivo; en ese tiempo, monsieur Bon-Bon, solo en ese tiempo estuve en Roma, y por consiguiente no tengo el menor conocimiento terrenal de su filosofía.

“¿Qué opina usted de—qué opina usted de—¡hip!—Epicuro?”

—¿Qué pienso de quién? —dijo el diablo, con asombro—; ¡seguramente no querrá usted poner tacha alguna a Epicuro! ¿Qué pienso de Epicuro? ¿Se refiere usted a mí, señor? —¡Yo soy Epicuro! Soy el mismo filósofo que escribió cada uno de los trescientos tratados consignados por Diógenes Laercio.

—¡Eso es mentira! —dijo el metafísico, pues el vino se le había subido un poco a la cabeza.

—¡Muy bien!⁠—¡muy bien, señor!⁠—¡muy bien, en verdad, señor! —dijo su Majestad, al parecer muy halagado.

—¡Eso es mentura! —repitió el restaurador, con dogmatismo—; ¡eso es... ¡hip!... ¡una mentira!

—¡Bueno, bueno, que sea como quieras! —dijo el diablo, pacíficamente; y Bon-Bon, habiendo vencido a su Majestad en la discusión, creyó que era su deber concluir una segunda botella de Chambertin.

—Como iba diciendo —reanudó el visitante—, como observaba hace un momento, hay ideas de lo más outré en ese libro suyo, Monsieur Bon-Bon. ¿Qué quiere decir, por ejemplo, con toda esa milonga sobre el alma? Dígame, caballero, ¿qué es el alma?

—El... ¡hip!..., el alma —respondió el metafísico, refiriéndose a su manuscrito—, es indudablemente...

“¡No, señor!”

“Indubitablemente⁠—”

“¡No, señor!”

“Indiscutiblemente⁠—”

“¡No, señor!”

“Evidently⁠—”

“¡No, señor!”

“Incontrovertible⁠—”

“¡No, señor!”

“¡Hipo!⁠—”

“¡No, señor!”

—Y sin género de duda, un⁠—

—¡No señor, el alma no es nada de eso!

(Aquí el filósofo, echando chispas, aprovechó la ocasión para liquidar, sobre la marcha, su tercera botella de Chambertin.)

“Pues⁠—¡hip!⁠—le ruego, señor⁠—qué⁠—¿qué es?”

—Eso ni viene a cuento ni deja de venirlo, Monsieur Bon-Bon —respondió su Majestad, pensativo—. He probado... es decir, he conocido algunas almas muy malas, y otras también... bastante buenas. Aquí se chupó los labios y, habiendo dejado caer inconscientemente la mano sobre el volumen que llevaba en el bolsillo, fue asaltado por un violento acceso de estornudos.

Continuó.

“Allí estaba el alma de Cratino —pasable: Aristófanes —picante: Platón —exquisito— no tu Platón, sino Platón el poeta cómico; tu Platón le habría revuelto el estómago a Cerbero —¡puaf! ¡A ver, entonces! Estaban Nevio, y Andrónico, y Plauto, y Terencio. Luego estaban Lucilio, y Catulo, y Nasón, y Quintus Flaccus —¡querido Quintito! como lo llamaba yo cuando cantó un seculare para mi diversión, mientras lo tostaba, de puro buen humor, en un tenedor. Pero les falta sabor, estos romanos. Un griego gordo vale por una docena de ellos, y además se conserva, cosa que no puede decirse de un quirite. Probemos tu Sauterne”.

Bon-Bon se había decidido ya por el nil admirari y se disponía a alcanzar las botellas en cuestión.

Notó, sin embargo, un extraño ruido en la habitación, semejante al movimiento de una cola. De esto, aunque sumamente indecoroso en su Majestad, el filósofo no hizo caso alguno, limitándose a darle una patada al perro y a pedirle que se callara.

El visitante continuó:

“Encontré que Horacio sabía mucho a Aristóteles;⁠—ya sabes que me gusta la variedad. A Terencio no habría sabido distinguirlo de Menandro. Nasón, para mi asombro, era Nicandro disfrazado. Virgilio tenía un fuerte regusto a Teócrito. Marcial me recordó mucho a Arquíloco⁠—y Tito Livio era positivamente Polibio y ningún otro”.

—¡Hip-o! —replicó aquí Bon-Bon, y su majestad prosiguió:

—Pero si tengo una debilidad, Monsieur Bon-Bon⁠—si tengo una debilidad, es por un filósofo. Sin embargo, déjeme decirle, caballero, que no todo dia⁠—quiero decir que no todo caballero sabe cómo elegir un filósofo. Los largos no son buenos; ¡y los mejores, si no se descascaran con cuidado, tienden a estar un poco rancios por culpa de la hiel!

“¡¡Bombardeados!!”

“Me refiero a sacadas de la canal.”

“¿Qué opina de un⁠—¡hip!⁠—médico?”

“¡Ni los mencione!⁠—¡fuchi! ¡fuchi! ¡fuchi!” (Aquí su Majestad tuvo arcadas violentas.) “¡Jamás probé más que a uno⁠—ese bribón de Hipócrates!⁠—olía a asafétida⁠—¡fuchi! ¡fuchi! ¡fuchi!⁠—pillé un resfriado desgraciado al lavarlo en el Estigia⁠—y después de todo me dio el cólera morbo”.

“¡El⁠—¡hip!⁠—miserable!”, exclamó Bon-Bon, “¡el⁠—¡hip!⁠—aborto de una pastillita!”⁠—y el filósofo derramó una lágrima.

—Al fin y al cabo —continuó el visitante—, al fin y al cabo, si un dia⁠—si un caballero desea vivir, ha de tener más de uno o dos talentos; y entre nosotros una cara regordeta es prueba de diplomacia.

—¿Cómo es eso?

—Vaya, a veces nos vemos en apuros extremos con las provisiones. Debe usted saber que, en un clima tan sofocante como el mío, con frecuencia es imposible mantener un espíritu con vida durante más de dos o tres horas; y después de la muerte, a menos que se ponga en salmuera de inmediato (y un espíritu en salmuera no es bueno), empiezan a—oler—, ya comprende, ¿eh? Siempre hay que temer la putrefacción cuando las almas se nos entregan de la manera habitual.

“¡Hipo!⁠—¡hipo!⁠—¡vive Dios! ¿Cómo te las arreglas?”

Aquí la lámpara de hierro comenzó a balancearse con violencia redoblada, y el diablo medio se incorporó de su asiento;⁠—sin embargo, con un leve suspiro, recuperó la compostura, limitándose a decirle a nuestro héroe en tono bajo: «Te diré una cosa, Pierre Bon-Bon, no debemos volver a decir groserías».

El anfitrión tragó otro trago, a modo de denotar absoluta comprensión y aquiescencia, y el visitante continuó.

—Vaya, hay varias maneras de arreglárselas. La mayoría de nosotros nos morimos de hambre; algunos se aguantan el apuro; por mi parte, compro mis ánimos vivente corpore, y en ese caso descubro que se conservan de maravilla.

“¡Pero el cuerpo!⁠—¡hip!⁠—¡el cuerpo!”

“El cuerpo, el cuerpo⁠—bien, ¿y qué hay del cuerpo?⁠—¡oh! ¡ah! Ya comprendo. Vamos, señor, el cuerpo no sufre alteración alguna con la transacción. He hecho innumerables compras de este tipo en mi época, y las partes jamás experimentaron inconveniente alguno.

Ahí estuvieron Caín y Nimrod, y Nerón, y Calígula, y Dionisio, y Pisístrato, y⁠—y otros mil, que jamás supieron lo que era tener alma durante la última etapa de sus vidas; sin embargo, señor, esos hombres fueron el ornato de la sociedad.

¿Por qué no mencionar a D⁠⸺, ahora, a quien usted conoce tan bien como yo? ¿Acaso no conserva intactas sus facultades, tanto mentales como corporales? ¿Quién escribe un epigrama más agudo? ¿Quién argumenta con mayor ingenio? ¿Quién⁠—pero, un momento! Tengo su contrato en mi cartera”.

Así diciendo, sacó una cartera de cuero rojo y extrajo de ella una serie de papeles. En algunos de estos, Bon-Bon alcanzó a divisar las letras Machi⁠—Maza⁠—Robesp⁠—, acompañadas de las palabras Calígula, Jorge, Isabel. Su Majestad seleccionó una tira estrecha de pergamino y leyó en voz alta las siguientes palabras:

“En consideración a ciertas dotes mentales que es innecesario especificar, y en consideración adicional a mil luises de oro, teniendo yo un año y un mes de edad, por la presente cedo al portador de este acuerdo todo mi derecho, título y pertenencia sobre la sombra llamada mi alma. (Firmado) A. [...]”

(Aquí Su Majestad repitió un nombre que no me sentí con derecho a indicar de manera más inequívoca).

—¡Un tipo listo ese! —reanudó él—; pero, como usted, Monsieur Bon-Bon, se equivocaba respecto al alma. ¡El alma una sombra, a fe mía! ¡El alma una sombra! ¡Ja, ja, ja!; ¡je, je, je!; ¡ju, ju, ju! ¡Póngase a pensar en una sombra al ajillo!

“¡Imagínese —¡hip!— una sombra fricasé!”, exclamó nuestro héroe, cuyas facultades se estaban viendo muy iluminadas por la profundidad del discurso de su Majestad.

“¡Solo pensar en un hipo! —¡sombra fricasé!! ¡Ahora, maldita sea! —¡hipo! —¡humph! ¡Si yo hubiera sido un —¡hipo! —¡zopenco! Mi alma, señor —¡humph!”

—¿Su alma, Monsieur Bon-Bon?

“Sí, señor⁠—¡hip!⁠—, mi alma es⁠—”

—¿Qué, señor?

“¡Ni una sombra, maldita sea!”

“¿Quería decir⁠—”

“Sí, señor, mi alma está—¡hip!—¡hum!—sí, señor”.

—¿No pretendía usted afirmar⁠—

“Mi alma está⁠—¡hip!⁠—cualificada de manera peculiar para⁠—¡hip!⁠—un⁠—”

—¿Qué, señor?

“Estofado.”

¡Ja!

“Soufflée.”

“¡Eh!”

“Fricassée.”

¡En efecto!

“Ragú y fricandó, y mire usted, mi buen amigo: se lo voy a dejar —¡hip!— a precio de ganga”.

Aquí el filósofo dio una palmada en la espalda a su Majestad.

—No se me ocurriría tal cosa —dijo este último con calma, al tiempo que se levantaba de su asiento. El metafísico se quedó atónito.

—Por el momento estoy provisto —dijo su Majestad.

«¡Hipo!⁠—¿e-h?», dijo el filósofo.

“No tengo fondos disponibles.”

¿Qué?

—Además, muy feo de mi parte—

“¡Señor!”

“Para aprovechar⁠—”

¡Hipo!

“Su actual situación repugnante y poco caballerosquera”.

Aquí el visitante hizo una reverencia y se retiró —de qué manera no se pudo precisar exactamente—, pero en un intento bien coordinado de disparar una botella contra «el villano», se rompió la delgada cadena que pendía del techo, y el metafísico quedó postrado por la caída de la lámpara.

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