Μελλοντα ταυτα.
“Estas cosas están en el futuro cercano.”
¿«Nacido de nuevo»?
Sí, hermosísima y amadísima Una, «nacida de nuevo». Estas fueron las palabras en cuyo significado místico había meditado durante tanto tiempo, rechazando las explicaciones del sacerdocio, hasta que la Muerte misma me reveló el secreto.
¡Muerte!
¡Cuán extrañamente, dulce Una, repites mis palabras! Noto, además, una vacilación en tu paso, una gozosa inquietud en tus ojos. Estás confusa y abrumada por la majestad novedosa de la Vida Eterna. Sí, de la Muerte hablaba. Y cuán singularmente suena aquí esa palabra que antiguamente solía infundir terror en todos los corazones, ¡echando a perder todos los placeres!
¡Ah, la Muerte, el espectro que presidía todos los festejos!
¡Cuán a menudo, Monos, nos extraviábamos en especulaciones sobre su naturaleza! ¡Cuán misteriosamente obraba como un freno para la dicha humana, diciéndole: «hasta aquí, y no más allá»!
Aquel amor mutuo y ferviente, mi propio Monos, que ardía en nuestros pechos: ¡cuán vanamente nos engañamos, sintiéndonos felices en su primer brote, al creer que nuestra felicidad se fortalecería con sus fuerzas!
¡Ay! A medida que crecía, crecía también en nuestros corazones el pavor a aquella hora funesta que se apresuraba a separarnos para siempre!
Así, con el tiempo, amar se volvió doloroso. El odio habría sido entonces una clemencia.
¡No hables aquí de estas penas, querida Una; ¡mías, mías, para siempre ya!
Pero el recuerdo de la cuita pasada... ¿no es acaso gozo presente? Aún tengo mucho que decir de las cosas que han sido. Sobre todo, me arde el deseo de conocer los incidentes de tu propio paso por el oscuro Valle y su Sombra.
¿Y cuándo pidió la radiante Una algo a su Monos en vano?
Seré minucioso al relatarlo todo, pero ¿por dónde ha de empezar el extraño relato?
¿En qué punto?
Has dicho.
Monos, te comprendo. En la Muerte ambos hemos aprendido la propensión del hombre a definir lo indefinible. No diré, pues, que comiences con el momento del cese de la vida, sino que comiences con ese instante triste, tristísimo en que, habiéndote abandonado la fiebre, te hundiste en un sopor exánime e inmóvil, y yo te bajé los pálidos párpados con los dedos apasionados del amor.
Una palabra primero, mi Una, respecto a la condición general del hombre en esta época. Recordarás que uno o dos de los sabios entre nuestros antepasados —sabios en verdad, aunque no en la estimación del mundo— se habían atrevido a dudar de la propiedad del término «mejora», aplicado al progreso de nuestra civilización. Hubo períodos en cada uno de los cinco o seis siglos inmediatamente anteriores a nuestra disolución, en los que surgía algún intelecto vigoroso, que defendía audazmente aquellos principios cuya verdad hoy parece, a nuestra razón incapacitada, tan totalmente obvia; principios que habrían enseñado a nuestra raza a someterse a la guía de las leyes naturales, en lugar de intentar su control. A largos intervalos aparecían algunas mentes maestras, que consideraban cada avance en la ciencia práctica como una retrogradación en la verdadera utilidad. Ocasionalmente el intelecto poético —aquel intelecto que ahora sentimos que ha sido el más exaltado de todos—, ya que aquellas verdades que para nosotros eran de la más perdurable importancia solo podían ser alcanzadas mediante esa analogía que habla en tonos de prueba únicamente a la imaginación y para la razón desprovista de ayuda no tiene peso; ocasionalmente este intelecto poético daba un paso más en el desarrollo de la vaga idea de lo filosófico, y encontraba en la parábola mística que habla del árbol de la ciencia y de su fruto prohibido, productor de la muerte, una clara insinuación de que el conocimiento no era apto para el hombre en la condición infantil de su alma. Y estos hombres, los poéticos, viviendo y pereciendo en medio del desprecio de los «utilitaristas» —de rudos pedantes, que se arrogaban un título que solo podría haberse aplicado con propiedad a los despreciados—, estos hombres, los poetas, meditaron con añoranza, aunque no imprudentemente, sobre los días antiguos en que nuestras necesidades no eran más simples de lo intensos que eran nuestros goces; días en que la miríada era una palabra desconocida, tan solemnemente profunda era la felicidad; días santos, augustos y dichosos, cuando los ríos azules corrían sin diques, entre colinas sin tallar, hacia lejanos solitarios bosques, primigenios, olorosos e inexplorados.
Sin embargo, estas nobles excepciones al mal gobierno general no sirvieron sino para fortalecerlo por oposición. ¡Ay! habíamos caído en el más aciago de todos nuestros días aciagos. El gran «movimiento» —tal era el término de moda— continuaba: una conmoción enfermiza, moral y física. El Arte —las Artes— se alzaron supremas y, una vez en el trono, encadenaron al intelecto que las había elevado al poder. El hombre, al no poder menos que reconocer la majestad de la Naturaleza, cayó en un júbilo infantil ante su dominio adquirido y siempre creciente sobre los elementos de esta. Incluso mientras se paseaba como un Dios en su propia fantasía, una imbecilidad infantil se apoderaba de él. Como era de suponer por el origen de su trastorno, se contagió de sistematismo y de abstracción. Se envolvió en generalidades. Entre otras ideas extrañas, la de la igualdad universal ganó terreno; y frente a la analogía y a Dios —a pesar de la voz de alarma de las leyes de gradación que de manera tan visible impregnan todas las cosas en la Tierra y en el Cielo— se hicieron denodados intentos hacia una Democracia omnipresente. Sin embargo, este mal brotaba necesariamente del mal principal: el Conocimiento. El hombre no podía a la vez saber y sucumbir. Mientras tanto, surgieron ciudades inmensas y humeantes, innumerables. Las hojas verdes se marchitaron ante el aliento abrasador de los hornos. El hermoso rostro de la Naturaleza quedó desfigurado como por los estragos de alguna enfermedad repugnante. Y me parece, dulce Una, que incluso nuestro sentido adormecido de lo forzado y lo rebuscado podría habernos detenido aquí. Pero ahora resulta que habíamos labrado nuestra propia destrucción en la perversión de nuestro gusto, o más bien en el ciego descuido de su cultivo en las escuelas. Pues, en verdad, fue en esta crisis cuando el gusto únicamente —esa facultad que, ocupando una posición intermedia entre el puro intelecto y el sentido moral, jamás se habría podido ignorar sin peligro—, fue ahora cuando el gusto solo podría habernos guiado suavemente de regreso a la Belleza, a la Naturaleza y a la Vida. Pero ¡ay del espíritu puramente contemplativo y de la majestuosa intuición de Platón! ¡Ay de la μουσικη que él consideraba con razón como una educación más que suficiente para el alma! ¡Ay de él y de ella!, ya que ambos hacían más extrema falta cuando más entera y totalmente se les había olvidado o despreciado.
Pascal, un filósofo que ambos amamos, ha dicho, ¡con qué verdad!—“que tout notre raisonnement se réduit à céder au sentiment”; y no es imposible que el sentimiento de lo natural, de habérsele concedido tiempo, hubiera recuperado su antiguo ascendiente sobre la áspera razón matemática de las escuelas. Pero esto no había de ser. Prematuramente inducida por la intemperancia del conocimiento, la vejez del mundo se adelantó. Esto la masa de la humanidad no lo vio, o, viviendo con vigor aunque desdichadamente, fingió no verlo. Pero, por mi parte, los anales de la Tierra me habían enseñado a esperar la más vasta ruina como el precio de la más alta civilización. Había absorbido una presciencia de nuestro Destino al comparar la China simple y perdurable, con la Asiria arquitecta, con la Egipto astróloga, con la Nubia, más astuta que cualquiera de ambas, turbulenta madre de todas las Artes. En la historia de estas regiones encontré un rayo del Futuro. Las artificialidades individuales de las tres últimas fueron enfermedades locales de la Tierra, y en sus ruinas particulares habíamos visto aplicados remedios locales; pero para el mundo infectado en su conjunto no podía anticipar otra regeneración que la muerte. Para que el hombre, como raza, no se extinguitera, vi que debía “ nacer de nuevo ”.
Y ahora fue, la más bella y la más querida, cuando envolvimos nuestros espíritus, a diario, en sueños. Ahora fue cuando, en el crepúsculo, disertábamos sobre los días venideros, en que la superficie de la Tierra, marcada por el Arte, habiendo sufrido esa purificación que sola podía borrar sus obscenidades rectangulares, se revestiría de nuevo con el verdor, las laderas montañosas y las aguas sonrientes del Paraíso, y sería convertida por fin en una morada digna para el hombre;—para el hombre purgado por la Muerte—para el hombre para cuya intelecto hoy exaltado no habría ya veneno en el conocimiento—para el hombre redimido, regenerado, dichoso y ya inmortal, pero aún material.
Bien recuerdo estas conversaciones, querido Monos; pero la época de la ardiente destrucción no estaba tan próxima como creíamos, y como la corrupción que señalas nos autorizaba ciertamente a creer.
Los hombres vivían; y morían individualmente. Tú mismo enfermaste y pasaste a la tumba; y hacia allí tu constante Una te siguió apresuradamente. Y aunque el siglo transcurrido desde entonces, y cuya conclusión nos reúne así una vez más, atormentó nuestros sentidos adormecidos sin impaciencia por la duración, sin embargo, mi Monos, fue un siglo todavía.
Digámoslo mejor: un punto en la vaga infinidad. Indudablemente, fue en la decrepitud de la Tierra cuando morí. Cansado en el alma de inquietudes que tenían su origen en la agitación y la decadencia generales, sucumbí a la fiebre implacable. Tras unos pocos días de dolor, y muchos de delirio ensoñador repleto de éxtasis —cuyas manifestaciones tomasteis por dolor, mientras yo ansiaba desengañaros, mas era impotente para hacerlo—, tras unos días sobrevino en mí, como habéis dicho, un sopor sin aliento y sin movimiento; y esto fue llamado Muerte por quienes me rodeaban.
Las palabras son cosas vagas. Mi condición no me privó de la sensibilidad. Me pareció poco disímil de la extrema quietud de aquel que, habiendo dormido larga y profundamente, yaciendo inmóvil y totalmente postrado en un mediodía pleno de verano, comienza a retornar lentamente a la conciencia, por la mera suficiencia de su sueño, y sin ser despertado por perturbaciones externas.
No respiraba más. Los pulsos estaban quietos. El corazón había cesado de latir. La voluntad no se había marchado, pero era impotente.
Los sentidos estaban inusualmente activos, aunque de un modo excéntrico, asumiendo a menudo las funciones de los otros al azar. El gusto y el olfato se confundían inextricablemente, y se convertían en una sola sensación, anormal e intensa. El agua de rosas con la que tu ternura había humedecido mis labios hasta el final, me afectaba con dulces fantasías de flores—flores fantásticas, mucho más hermosas que cualquiera de las de la vieja Tierra, pero cuyos prototipos tenemos aquí floreciendo a nuestro alrededor.
Los párpados, transparentes y sin sangre, no ofrecían un impedimento completo a la visión. Como la voluntad estaba en suspenso, los globos oculares no podían rotar en sus órbitas, pero todos los objetos dentro del alcance del hemisferio visual se veían con mayor o menor distinción; los rayos que caían sobre la retina externa, o en el rincón del ojo, producían un efecto más vívido que aquellos que golpeaban la superficie frontal o interior. Sin embargo, en el primer caso, este efecto era tan anómalo que lo apreciaba únicamente como sonido—sonido dulce o discordante según los asuntos que se presentaban a mi lado fueran claros u oscuros en su matiz—curvos o angulares en su contorno.
El oído, al mismo tiempo, aunque excitado en grado, no era irregular en su acción—evaluando los sonidos reales con una extravagancia de precisión, no menor que de sensibilidad.
El tacto había experimentado una modificación más peculiar. Sus impresiones se recibían tardíamente, pero se retenían con pertinacia, y resultaban siempre en el más alto placer físico. Así, la presión de tus dulces dedos sobre mis párpados, reconocida al principio solo a través de la visión, al fin, mucho después de ser retirados, llenó todo mi ser con un deleite sensual inmensimurable. Digo con un deleite sensual. Todas mis percepciones eran puramente sensuales. Los materiales proporcionados al cerebro pasivo por los sentidos no eran en lo más mínimo transformados en forma por el entendimiento difunto. De dolor había un poco; de placer había mucho; pero de dolor o placer moral en absoluto.
Así, tus salvajes sollozos flotaban en mi oído con todas sus fúnebres cadencias, y eran apreciados en cada una de las variaciones de su tono triste; pero eran suaves sonidos musicales y nada más; no transmitían a la razón extinta ninguna indicación de las penas que les dieron nacimiento; mientras que las grandes y constantes lágrimas que caían sobre mi rostro, revelando a los circunstantes un corazón que se rompía, estremecían cada fibra de mi cuerpo solo con éxtasis. Y esta era en verdad la Muerte de la que estos circunstantes hablaban reverentemente, en susurros bajos—tú, dulce Una, entre jadeos, con fuertes gritos.
Me ataviaron para el ataúd—tres o cuatro figuras oscuras que revoloteaban afanosas de aquí para allá. Al cruzarse en la línea directa de mi visión, me impresionaron como formas; pero al pasar a mi lado, sus imágenes me transmitieron la idea de alaridos, gemidos y otras lúgubres expresiones de terror, de horror o de aflicción. Tan solo tú, vestida con una túnica blanca, te movías musicalmente a mi alrededor en todas direcciones.
El día declinaba; y, a medida que su luz se desvanecía, me adueñó una vaga inquietud—una ansiedad como la que siente el durmiente cuando tristes sonidos reales llegan continuamente a su oído—leves y lejanos tonos de campana, solemnes, a intervalos largos pero iguales, y que se mezclan con sueños melancólicos. Llegó la noche; y con sus sombras, un profundo malestar. Oprimía mis extremidades con la opresión de algún peso sordo, y era palpable. Había también un sonido gemebundo, no desemejante a la lejana reverberación del oleaje, pero más continuo, que, comenzando con el primer crepúsculo, había crecido en intensidad con la oscuridad. De pronto trajeron luces a la habitación, y esta reverberación se vio interrumpida al punto en frecuentes y desfavorables estallidos del mismo sonido, pero menos lúgubres y menos distintos. La pesada opresión se alivió en gran medida; y, brotando de la llama de cada lámpara, (pues eran muchas), fluyó ininterrumpidamente hacia mis oídos una melodiosa y monótona melodía. Y cuando ahora, querida Una, acercándote a la cama sobre la que yacía tendido, te sentaste suavemente a mi lado, exhalando aroma de tus dulces labios y presionándolos sobre mi frente, surgió temblorosamente en mi pecho, y mezclándose con las sensaciones meramente físicas que las circunstancias habían suscitado, algo afín al sentimiento mismo—un sentimiento que, medio apreciando, medio respondía a tu sincero amor y dolor; pero este sentimiento no echó raíces en el corazón sin pulso, y parecía en verdad más una sombra que una realidad, y se desvanecía rápidamente, primero en una extrema quietud, y luego en un placer puramente sensual como antes.
Y ahora, de los escombros y el caos de los sentidos habituales, parecía haber surgido en mi interior un sexto sentido, perfecto en su totalidad. En su ejercicio hallé un deleite salvaje —empero, un deleite todavía físico, por cuanto el entendimiento no tenía en él parte alguna—. El movimiento en la estructura animal había cesado por completo. Ningún músculo temblaba; ningún nervio se estremecía; ninguna arteria latía. Mas parecía haber brotado en el cerebro aquello de lo cual ninguna palabra podría transmitir a la inteligencia meramente humana ni siquiera una concepción confusa. Permítaseme llamarlo una pulsación pendular mental. Era la encarnación moral de la idea abstracta del Tiempo que tiene el hombre. Por la absoluta ecualización de este movimiento —o de uno como este— se habían ajustado los ciclos de los orbes firmamentales mismos. Con su ayuda medí las irregularidades del reloj sobre la chimenea y de los relojes de los asistentes. Sus tic-tacs llegaban sonorous a mis oídos. Las más leves desviaciones de la proporción verdadera —y estas desviaciones eran omnipresentes— me afectaban tal como las violaciones de la verdad abstracta solían afectar, en la tierra, al sentido moral. Aunque ninguno de los relojes de la estancia daba los segundos individuales con exacta sincronía, no tuve dificultad alguna en retener firmemente en la mente los tonos y los respectivos errores momentáneos de cada uno. Y esto —este agudo, perfecto y autosuficiente sentimiento de la duración—, este sentimiento que existía (como el hombre jamás habría podido concebir que existiera) independientemente de cualquier sucesión de acontecimientos, esta idea, este sexto sentido, surgido de las cenizas de los demás, fue el primer paso obvio y seguro del alma intemporal en el umbral de la Eternidad temporal.
Era medianoche; y tú aún te sentabas a mi lado. Todos los demás se habían marchado de la cámara de la Muerte. Me habían depositado en el ataud.
Las lámparas ardían vacilantes; esto lo sabía por la tremulosidad de las notas monótonas. Pero, de repente, estas notas disminuyeron en nitidez y en volumen. Finalmente cesaron. El perfume en mis fosas nasales se desvaneció. Las formas dejaron de impresionar mi visión. La opresión de la Oscuridad se alzó de mi pecho.
Una sacudida sorda como la de la electricidad invadió mi estructura, y fue seguida por la pérdida total de la idea de contacto. Todo aquello que el hombre ha llamado sentido se fundió en la conciencia única de la entidad, y en el único sentimiento perdurable de la duración. El cuerpo mortal había sido al fin golpeado por la mano de la mortífera Putrefacción.
Aun no había partido toda sensibilidad; pues la conciencia y el sentimiento restantes suplían algunas de sus funciones mediante una intuición letárgica.
Apreciaba el cambio terrible que obraba ahora en la carne, y, así como el soñador a veces es consciente de la presencia física de alguien que se inclina sobre él, así, dulce Una, seguía sintiendo vagamente que te sentabas a mi lado.
Así también, cuando llegó el mediodía del segundo día, no fui ajeno a aquellos movimientos que te apartaron de mi lado, que me encerraron en el ataúd, que me depositaron en la carroza fúnebre, que me llevaron a la tumba, que me bajaron a ella, que amontonaron pesadamente la tierra sobre mí, y que así me dejaron, en la negrura y la corrupción, a mis tristes y solemnes sueños con el gusano.
Y aquí, en la casa prisión que pocos secretos tiene que revelar, rodaron los días, las semanas y los meses; y el alma observaba atentamente cada segundo en su vuelo, y, sin esfuerzo, tomaba nota de su huida, sin esfuerzo y sin objeto.
Pasó un año. La conciencia de ser se había vuelto cada hora más difusa, y la de la mera localidad había usurpado en gran medida su lugar. La idea de entidad se fundía en la de sitio. El estrecho espacio que rodeaba inmediatamente lo que había sido el cuerpo, crecía ahora hasta convertirse en el cuerpo mismo. Por fin, como le ocurre a menudo al durmiente (por el sueño y su mundo únicamente es simbolizado la Muerte)—por fin, como a veces sucedía en la Tierra al profundo durmiente, cuando alguna luz fugaz medio lo sobresaltaba hacia el despertar, dejándolo sin embargo medio envuelto en sueños—así a mí, en el estricto abrazo de la Sombra, llegó aquella luz que sola habría podido tener el poder de sobresaltar: la luz del amor perdurante. Los hombres trabajaban en la tumba en la que yo yacía en la oscuridad. Arrojaban la tierra húmeda. Sobre mis huesos en descomposición descendió el atúd de Una.
Y ahora de nuevo todo era vacío. Aquella luz nebulosa se había extinguido. Aquella débil palpitación se había apagado al vibrar. Muchos lustros habían sobrevenido. El polvo había vuelto al polvo. El gusano no tenía ya alimento. El sentido del ser se había desvanecido por fin por completo, y reinaba en su lugar —en lugar de todas las cosas—, dominante y perpetuo, el autómata de la Place y del Time 1.
Para aquello que no era —para aquello que no tenía forma—, para aquello que no tenía pensamiento—, para aquello que no tenía sensibilidad—, para aquello que carecía de alma, aunque de ello no formaba parte la materia—, para toda esta nada, y sin embargo para toda esta inmortalidad, la tumba era todavía un hogar, y las horas corrosivas, compañeras.
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N. del T.: Se conservan en cursiva y con sus términos originales en inglés los conceptos personificados de "Place" (Lugar) y "Time" (Tiempo) para respetar la resonancia metafísica del original. ↩