aterradora. A veces jadeábamos buscando aire a una altura superior a la del albatros; a veces nos mareábamos con la velocidad de nuestro descenso hacia algún infierno acuoso, donde el aire se volvía estagnante y ningún sonido perturbaba el sueño del krakén.
Nos hallábamos en el fondo de uno de estos abismos, cuando un rápido grito de mi compañero rompió temiblemente la noche.
«¡Mira! ¡mira! —exclamó, chillando a mis oídos—, ¡Dios todopoderoso! ¡mira! ¡mira!».
Mientras hablaba, me percaté de un opaco y sombrío resplandor de luz roja que descendía por las laderas del inmenso abismo en el que yacíamos, arrojando una brillantez intermitente sobre nuestra cubierta.
Levantando los ojos hacia arriba, contemplé un espectáculo que heló la corriente de mi sangre. A una altura fantástica directamente sobre nosotros, y en el borde mismo del abismo precipitoso, se cernía un buque gigantesco de, tal vez, cuatro toneladas. Aunque alzado sobre la cresta de una ola que