“Estaba ya casi amaneciendo y creí que era el momento oportuno para emprender la marcha. Dejando caer al suelo un cigarro encendido como por descuido, aproveché la ocasión de agacharme a recogerlo para prender fuego en secreto al trozo de mecha lenta cuyo extremo, como dije antes, sobresalía muy poco más allá del reborde inferior de una de las barricas más pequeñas. Esta maniobra pasó totalmente desapercibida para los tres acreedores; y, saltando a la barquilla, corté de inmediato el único cordón que me ataba a la tierra y me complació comprobar que ascendía disparado con una rapidez inconcebible, cargando con toda holgura ciento setenta y cinco libras de lastre de plomo y con capacidad para haber llevado otras tantas. Al dejar la tierra, el barómetro marcaba treinta pulgadas y el termómetro centígrado, 19°. > > “Apenas había alcanzado una altura de cincuenta yardas, sin embargo, cuando, rugiendo y estrepitando tras de mí de la manera más horrible y tumultuosa, irrumpió un huracán tan denso de fuego, grava, madera ardiendo, metal llameante y miembros mutilados, que se me encogió el corazón y caí al fondo de la barquilla temblando de terror. En verdad, comprendí entonces que me había pasado de la raya por completo y que las principales consecuencias de la conmoción aún estaban por experimentarse. En consecuencia, en menos de un segundo sentí que toda la sangre de mi cuerpo se agolpaba en mis sienes y, acto seguido, una conmoción que jamás olvidaré estalló abruptamente en medio de la noche y pareció desgarrar el firmamento mismo. Cuando tuve después tiempo para la reflexión, no dejé de atribuir la extrema violencia de la explosión, en lo que a mí respecta, a su causa adecuada: mi situación justo encima de ella y en la línea de su
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La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall
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