El anciano lo tomó entonces del brazo y lo condujo más hacia la sombra del puente, unos pasos más atrás del torniquete. —Mi buen amigo —dijo—, me hago un punto de honor concederle esta ventaja. Espere aquí hasta que yo tome mi lugar junto al torniquete, para poder ver si lo cruza con elegancia y trascendencia, y si no omite ningún adorno del paso de paloma. Una mera formalidad, ya sabe. Diré “uno, dos, tres y fuera”. Procure salir a la palabra “fuera”. Llegado aquí, tomó su posición junto al torniquete, hizo una pausa de un momento como si estuviera en profunda reflexión, luego levantó la vista y, según me pareció, sonrió muy levemente, después ajustó los cordones de su delantal, miró fijamente y por un buen rato a Dammit y, por último, dio la señal tal como se había acordado:
¡Uno—dos—tres—y—fuera!
Puntualmente a la palabra «fuera», mi pobre amigo emprendió un fuerte galope. El vado no era muy alto, como el del señor Lord, ni tampoco muy bajo, como el de los críticos del señor Lord, pero, en suma, di por sentado que lo saltaría.
Y entonces, ¿y si no lo saltaba? —ah, esa era la cuestión—, ¿y si no lo saltaba?
«¿Qué derecho —dije— tenía el viejo caballero de hacer saltar a cualquier otro caballero? ¡El viejo cojo y majadero! ¿Quién es? Si me pide que salte, no lo haré, y punto, y no me importa quién diablos sea».
El puente, como digo, estaba arqueado y techado, de un modo muy ridículo, y había en él un eco de lo más incómodo en todo momento —un eco que nunca antes había observado con tanta atención como cuando pronuncié las últimas cuatro palabras de mi observación.