—Precisamente —respondí—, cerdo.
“Tienes tu fortuna que hacer, Thingum —reanudó el señor Crab—, y ese tutor tuyo es una piedra de molino alrededor de tu cuello. Debemos cortar por lo sano de inmediato”. [Aquí saqué mi cuchilla.] “Debemos cortarlo —continuó el señor Crab—, decidida y para siempre. No sirve, no sirve. Bien pensado, más te valdría darle una patada, o un bastonazo, o algo por el estilo”.
—¿Qué les parecería —sugerí modestamente— que primero le propine una patada, después lo muela a bastonazos y remate tirándole de las narices?
Mr. Crab me miró pensativamente durante unos instantes y luego respondió:
“Creo, señor Bob, que lo que usted propone resultaría bastante bien—de hecho, extraordinariamente bien—, es decir, hasta donde llega; pero a los barberos cuesta muchísimo cortarles el pelo, y creo que, en conjunto, después de haberle practicado a Thomas Bob las operaciones que usted sugiere, sería conveniente amoratarle con los puños ambos ojos, muy cuidadosa y concienzudamente, para evitar que vuelva a verle a usted jamás en los paseos de moda. Hecho esto, la