Alcohol!— y a la postre incluso Pluto, que ahora se estaba volviendo viejo y, por consiguiente, algo Cascarrabias —incluso Pluto comenzó a experimentar los efectos de mi mal carácter.
Una noche, al volver a casa, bastante embriagado, de uno de mis antros habituales por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia.
Lo agarré; entonces, ante el susto por mi violencia, me infligió una leve herida en la mano con sus dientes.
La furia de un demonio se apoderó de mí al instante. Ya no me reconocía. Mi alma original pareció abandonar mi cuerpo de golpe y una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser.
Saqué del bolsillo de mi chaleco una navaja, la abrí, agarré al pobre animal por el garguero ¡y le arranqué deliberadamente un ojo de la órbita!
Me sonrojo, ardo, me estremezco mientras pongo por escrito tan maldita atrocidad.
Cuando la razón regresó con la mañana —cuando hube dormido los vapores de la orgía nocturna—, experimenté un sentimiento mitad de horror, mitad de remordimiento, por el crimen de que me había hecho culpable; pero era, a lo sumo, un sentimiento débil y equívoco, y el alma permaneció inalterable. Me sumergí de nuevo en los excesos y pronto ahogué en vino todo recuerdo del acto.
Entre tanto el gato se fue recuperando lentamente. La cuenca del ojo perdido presentaba, es verdad, un aspecto espantoso, pero ya no parecía sufrir dolor alguno. Andaba por la casa como de costumbre, pero, como era de esperarse, huía con terror extremo a mi acercamiento. Me quedaba aún lo bastante de mi antiguo corazón como para sentirme afligido al