negar que nuestra atmósfera estaba radicalmente afectada; la conformación de esta atmósfera y las posibles modificaciones a las que pudiera verse sometida eran ahora los temas de discusión. El resultado de la investigación envió un escalofrío eléctrico de terror intensísimo a través del corazón universal del hombre.
Desde hacía tiempo se sabía que el aire que nos circundaba era un compuesto de gases de oxígeno y nitrógeno, en la proporción de veinticinco medidas de oxígeno y setenta y nueve de nitrógeno en cada cien de atmósfera.
El oxígeno, que era el principio de la combustión y el vehículo del calor, era absolutamente necesario para el sostenimiento de la vida animal y el agente más poderoso y enérgico de la naturaleza. El nitrógeno, por el contrario, era incapaz de sustentar tanto la vida animal como la llama.
Un exceso antinatural de oxígeno daría como resultado, según se había comprobado, precisamente esa elevación de los ánimos que habíamos experimentado últimamente. Fue la persecución, la prolongación de la idea, lo que había engendrado el pavor.
¿Cuál sería el resultado de una extracción total del nitrógeno?
Una combustión irresistible, devoradora de todo, omnipresente, inmediata;—el cumplimiento total, en todos sus menudos y terribles detalles, de las ardientes y aterradoras denuncias de las profecías del Libro Sagrado.
¿Por qué he de pintar, Charmion, la frenesí ya desencadenada de la humanidad? Esa tenuidad del cometa que antes nos había infundido esperanza, era ahora la fuente de la amargura de la desesperación. En su carácter gaseoso e impalpable percibimos claramente la consumación del Destino. Entretanto pasó otro día más, llevándose consigo la última sombra de Esperanza. Agonizábamos en la rápida modificación del aire.