que un pastel de calabaza a la Desoulières no hubiera estado verdaderamente exquisito!».
—¡Me asombra usted! —dije, y miré inquisitivamente al señor Maillard.
—¡Ja! ¡ja! ¡ja! —dijo aquel caballero—, ¡je! ¡je! ¡je! —¡ji! ¡ji! ¡ji! —¡jo! ¡jo! ¡jo! —¡ju! ¡ju! ¡ju! —¡muy bueno en verdad! No debes asombrarte, mon ami; nuestro amigo aquí presente es un ingenio, un drôle; no debes tomarlo al pie de la letra.
—Y luego —dijo otro de los reunidos—, luego estuvo Bouffon Le Grand, otro personaje extraordinario a su manera.
Se volvió loco por amor y se imaginaba poseído de dos cabezas. Una de ellas sostenía que era la cabeza de Cicerón; la otra se figuraba que era compuesta, siendo la de Demóstenes desde la parte superior de la frente hasta la boca, y la de lord Brougham desde la boca hasta la barbilla.
No es imposible que estuviera equivocado; pero os habría convencido de que estaba en lo cierto, pues era un hombre de gran elocuencia. Sentía una pasión absoluta por la oratoria y no podía reprimir su afán de exhibición. Por ejemplo, solía saltar así sobre la mesa del comedor, y—y—
Aquí un amigo, al lado del orador, le puso una mano en el hombro y le susurró unas pocas palabras al oído; tras lo cual dejó de hablar con gran repentinidad, y se dejó caer hacia atrás en su silla.
“Y luego —dijo el amigo que había estado cuchicheando—, estuvo Boullard, la pirinola. Lo llamo la pirinola porque, de hecho, le había dado por la extravagante, aunque no del todo irracional, manía de que se había convertido en una pirinola. Te habrías muerto de risa al verlo girar. Se pasaba las horas dando vueltas sobre un talón, de esta manera... así...”
Aquí el amigo al que acababa de interrumpir con un susurro, cumplió exactamente con el mismo cometido para consigo mismo.