gran parte de un odio positivo. En una ocasión creo que se dio cuenta de esto, y en adelante me evitó, o fingió evitarme.
Por aquel mismo tiempo, si mal no recuerdo, a raíz de una violenta discusión con él —en la que perdió más de lo habitual la compostura y habló y actuó con una franqueza bastante extraña en su naturaleza—, descubrí, o creí descubrir, en su acento, en su apostura y en su aspecto general, algo que primero me sobresaltó y luego me interesó profundamente, al traerme a la memoria vagas visiones de mi más tierna infancia: recuerdos silvestres, confusos y avasalladores de una época en que la memoria misma aún no había nacido.
No puedo describir mejor la sensación que me oprimía que diciendo que apenas lograba sacudirme la convicción de haber conocido al ser que tenía ante mí en una época muy lejana, en algún punto del pasado incluso infinitamente remoto. El engaño, sin embargo, se desvaneció con la misma rapidez con que vino; y solo lo menciono para fechar el día de la última conversación que allí sostuve con mi singular tocayo.