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nydus/Short FictionPublic
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Los crímenes de la calle Morgue

realquilaba las habitaciones superiores a varias personas. La casa era propiedad de la señora L. Se descontentó con el mal uso que su inquilino hacía del local y se mudó ella misma, negándose a alquilar ninguna parte. La anciana estaba chocha. El testigo había visto a la hija unas cinco o seis veces durante los seis años. Ambas llevaban una vida sumamente retirada⁠—tenía fama de que poseían dinero. Había oído decir entre los vecinos que la señora L. echaba las cartas⁠—no lo creía. Nunca había visto entrar a ninguna persona por la puerta excepto a la anciana y a su hija, a un porteador una o vez o dos, y a un médico unas ocho o diez veces. > “Muchas otras personas, vecinos, rindieron testimonio en el mismo sentido. No se habló de nadie que frecuentara la casa. No se sabía si había parientes vivos de la señora L. y su hija. Las contraventanas de las ventanas delanteras rara vez se abrían. Las de la parte trasera estaban siempre cerradas, a excepción de la de la gran habitación trasera del cuarto piso. La casa era una buena casa⁠—no muy vieja. > “ Isidore Musèt, gendarme , declara que fue llamado a la casa alrededor de las tres de la mañana y encontró a unas veinte o treinta personas en el portal, que intentaban entrar. La forzó al fin con una bayoneta⁠—no con una palanca. Tuvo muy poca dificultad para abrirla debido a que era un portón doble o de hoja plegable, y no tenía pasadores ni arriba ni abajo. Los gritos continuaron hasta que se forzó el portón⁠—y entonces cesaron de repente. Parecían ser gritos de alguna persona (o personas) en gran agonía⁠—eran fuertes y prolongados, no cortos y rápidos. El testigo abrió el camino escaleras arriba. Al llegar al primer rellano, oyó dos

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