hora—, sé que aquí, en mis circunstancias, nueve décimas partes de los hombres más exigentes se quedarían satisfechos. Este panorama es en verdad glorioso, y debería regocijarme en él de no ser por lo excesivo de su gloria. El gusto de todos los arquitectos que he conocido los lleva, en aras de la «perspectiva», a erigir edificios en las cimas de las colinas. El error es obvio. La grandeza en cualquiera de sus estados de ánimo, pero especialmente en el de la extensión, sobresalta, excita —y luego fatiga, deprime. Para la escena ocasional nada puede ser mejor; para la vista constante, nada peor. Y, en la vista constante, la fase más censurable de la grandeza es la de la extensión; la peor fase de la extensión, la de la distancia. Entra en conflicto con el sentimiento y con el sentido del aislamiento —el sentimiento y el sentido que buscamos complacer al «retirarnos al campo». Al mirar desde la cúspide de una montaña no podemos evitar sentirnos perdidos en el mundo. Los descorazonados huyen de las vistas distantes como de una peste.
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The Domain of Arnheim
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