No puedo expresaros muy bien el efecto de esta noticia sobre las gentes.
Durante unos breves días no quisieron creer una aseveración que su intelecto, empleado durante tanto tiempo en consideraciones mundanas, no podía comprender de ninguna manera.
Pero la verdad de un hecho de importancia vital se abre paso pronto en el entendimiento hasta de los más estólidos. Finalmente, todos los hombres vieron que el conocimiento astronómico no mentía, y aguardaron el cometa.
Su avance no era, en un principio, aparentemente rápido; ni su aspecto revestía un carácter muy inusual. Era de un rojo opaco y tenía una cola apenas perceptible. Durante siete u ocho días no observamos un aumento sustancial en su diámetro aparente, y apenas una alteración parcial en su color.
Entre tanto, los asuntos ordinarios de los hombres fueron abandonados y todos los intereses absorbidos por una creciente discusión, instituida por los filósofos, respecto a la naturaleza cometaria. Hasta los más burdamente ignorantes despertaron sus perezosas capacidades para tales consideraciones. Los eruditos consagraban ahora su intelecto —su alma— a cuestiones tales como calmar el miedo o sostener una teoría querida. Buscaban —ansiaban— puntos de vista correctos. Gemían por un conocimiento perfeccionado. La Verdad surgió en la pureza de su fuerza y su suprema majestad, y los sabios se inclinaron y adoraron.
Que del temido contacto resultaría un daño material para nuestro globo o para sus habitantes, era una opinión que perdía terreno a cada hora entre los sabios; y ahora se permitía libremente a los sabios gobernar la