por el giro que habían tomado los acontecimientos, y se vio obligado a soltar un par de sarcasmos sobre lo conveniente que sería que cada cual se metiera en sus propios asuntos.
—Déjale hablar —dijo Dupin, que no había creído necesario responder—. Déjale parlotear; eso le aliviará la conciencia. Me doy por satisfecho con haberlo derrotado en su propio castillo. Sin embargo, que haya fracasado en la solución de este misterio no es de ningún modo motivo de asombro como él se figura; pues, a decir verdad, nuestro amigo el prefecto es algo demasiado astuto para ser profundo. En su sabiduría no hay meollo. Es todo cabeza y nada de cuerpo, como los retratos de la diosa Laverna, o, a lo sumo, todo cabeza y hombros, como un bacalao. Pero, después de todo, es una buena persona. Me cae bien especialmente por una genialidad de la hipocresía con la que se ha ganado su fama de ingenio. Me refiero a ese método suyo de «de nier ce qui est, et d’expliquer ce qui n’est pas».