discusión entre los astrónomos. Apenas necesito decirte, amigo mío, que, incluso cuando nos dejaste, los hombres habían convenido en interpretar aquellos pasajes de las sagradas escrituras que hablan de la destrucción final de todas las cosas por el fuego, como si se refirieran únicamente al orbe de la tierra.
Pero en lo que respecta al agente inmediato de la ruina, las especulaciones habían fallado desde aquella época del conocimiento astronómico en que los cometas fueron despojados de los terrores del fuego. La muy moderada densidad de estos cuerpos había quedado bien establecida. Se había observado que pasaban entre los satélites de Júpiter, sin ocasionar alteración sensible alguna ni en las masas ni en las órbitas de estos planetas secundarios. Habíamos considerado durante mucho tiempo a los errantes como creaciones vaporosas de una tenuidad inconcebible, y totalmente incapaces de hacer daño a nuestro sólido globo, ni siquiera en caso